El sueño de la razón produce monstruos

viernes, 6 de abril de 2012

EL CRITICÓN de Baltasar Gracián, un buen libro de cabecera para el periodista de hoy.

Todas las obras de Gracián se caracterizan por una condensación semántica, cargada de significados, y por una simplicidad sintáctica en su construcción, especialmente El Criticón.

Esta obra "total" remite a multitud de saberes, alegoriza el sentido de la existencia humana y se alza como una compleja arquitectura donde todo está en todo y donde el todo es mucho más que la suma de las partes. Aristóteles en su Metafísica, obra escrita después de la Física, ya lo resumió concisamente: "El todo es mayor que la suma de las partes." Andrenio, uno de sus personajes, necesitó la ayuda de muchos guías para descifrar el "mundo como libro".

El "texto literario" no se puede desligar del contexto vital e ideológico de su autor. Gracián nos hace pensar y ese hecho lo universaliza como filósofo pensador. Gracián solo viajó por España y recorrió Europa a través de los libros y la imaginación. Sus lagunas y limitaciones sobre lo que estaba pasando en Europa se deben a que cuando los centros de la cultura, la política y la economía se desplazaban al norte de Europa, Gracián seguía pensando aún en Roma y en el humanismo renacentista italiano. A pesar de esto, Gracián nos sorprende por la modernidad de sus planteamientos estéticos, morales y filosóficos al dejar de lado la escolástica y alcanzar o quizás sobrepasar con su pensamiento la talla de Blaise Pascal.

Alonso Fernández, Santos (1981)[1] defiende la tesis de que la esencia del arte de Gracián consisten en su afán de aumentar la carga significativa de las palabras. En el Prólogo de esta obra, el profesor don Rafael Lapesa asegura que en Gracián todos los elementos lingüísticos y estilísticos llegan al límite para emitir alusiones, semejanzas y contrastes que el oyente o el lector tienen que captar con doble esfuerzo de fantasía y reflexión. El plano fónico, denotaciones y connotaciones, función gramatical, estructuras sintácticas y figuras retóricas obedecen al mismo impulso.

El mismo Lapesa dice que la lengua literaria del Barroco no es una excepción a las distorsiones que experimenta el arte: "en casi todo el siglo XVI domina el criterio de naturalidad y selección; la literatura barroca del XVII se basa en el ornato y el artificio."[2]

La brevedad de las obras publicadas por Gracián no pueden confundirnos: su densidad en contenidos es tan intensa que justificaría cualquier estudio literario. Y aunque sus obras presentan diferencias, sin embargo expresan, matizan o complementan reiteradamente numerosas ideas: escribe sobre las cualidades que el hombre debe poseer para alcanzar la excelencia y la inmortalidad y también hace desesperadas reflexiones sobre el vivir humano, la sagaz observación y la atormentada visión del mundo.

Para algunos críticos, la intención didáctica de Gracián es fundamental en sus obras; es decir, trata de la educación del hombre hasta alcanzar la completa formación de la persona:

- El Héroe (Huesca, 1637): busca la formación del hombre perfecto, del héroe, del ser único e irrepetible en prendas y cualidades.

- El Político (Zaragoza, 1640): sobre la formación del hombre políticamente ideal a imagen y semejanza de Fernando el Católico.

- El Discreto (Huesca, 1646): acerca de la formación del hombre eminente en su relación social.

- Oráculo Manual y Arte de Prudencias (Huesca, 1647): de la formación del hombre completo, resumen y paradigma de todas las demás prendas.

- Agudeza y Arte de Ingenio (Huesca, 1648): sobre la formación del hombre intelectual.

- El Comulgatorio (Zaragoza, 1655): acerca de la formación del hombre religioso.

- El Criticón (1ª parte, Zaragoza, 1651); (2ª. parte, Huesca, 1653), y (3ª. parte, Madrid, 1657) versa sobre la formación del hombre inmortal que pervive su fama por la memoria de sus obras.

Desde otra perspectiva, el lector atento puede ver al escritor apasionado por el lenguaje y sus posibilidades estilísticas, por una estricta condensación sintáctica que se corresponde con una amplia intensificación o amplificación significativa. Desde este punto de vista se pone en duda la intención didáctica de Gracián y se ve en él un marcado interés por el juego lingüístico y la ironía; el logro de una expresión sorprendente; el anhelo de hacer solo literatura lo más hermética posible para poner a prueba al lector.

La amplificación semántica mediante el nombre, por ejemplo, es patente en las acumulaciones. Los nombres forman auténticas enumeraciones. Parece sugerirnos la insuficiencia semántica de un único hombre, por lo que Gracián trata de completarla añadiendo más; sin embargo no es así: Gracián intenta abarcar toda una realidad lo más completa posible, por ello que use todos sus componentes:

"-¿No veis -exclamó la Fortuna- lo que pasa?

Conocieron todos la verdad, y valióle. Sólo el soldado volvió a replicar, y dijo:

- Muchas cosas hay que no dependen de los hombres sino que tú absolutamente las dispensas, las repartes como quieres, y se quejan que con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo es que todos viven descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres, los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin hijos, los pobres cargados de ellos, los valientes porque desdichados, los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que a nadie tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro, todos son aguados. Hasta la misma Naturaleza se queja o se excusa con que en todo te le opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el mundo: si la una echa por un cabo, la otra por el otro. Por el mismo caso que la Naturaleza favorece a uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú las desluces y las malogras, que vemos infinitos perdidos por esto, grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrique Cuarto muerto a puñaladas, un marqués del Valle pleiteando, un rey don Sebastián vencido [...], un príncipe don Bartasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el mundo."

(GRACIÁ, Baltasar, El Criticón II, c. 6, págs. 154 y 155[3])

La amplitud ideológica en Gracián es inmensa, obsesiva e irrepetible: sabiduría, ciencia, erudición, genio, ingenio, agudeza, galantería, discreción, gusto, prudencia, espera, reparo, sagacidad, reconsejo, recelo, despejo... Pero también lo es el uso constante de los mismos recursos expresivos y estilísticos, a pesar de los diversos estilos que presentan las obras entre sí.

Gracián es un escritor del Barroco. La evolución del Renacimiento del XVI al Barroco del XVII es gradual, pero el contraste entre uno y otro fue desmedido. El optimismo renacentista se distorsiona en el Barroco y en el arte los ideales se deforman, se vacían de contenido, se quiebra la seguridad y el arte se desequilibra y retuerce. El pesimismo barroco sustituye a la serenidad renacentista y el escritor se refugia en el arte por el arte, en el artificio por el artificio, en el juego verbal, aunque tras esa exuberancia brillante se esconden realidades angustiosas. El desdén por lo vulgar y la facilidad como vicio estético hace que el artista se dirija a la minoría que pueda entender el objetivo estético.

A.T.T.



[1]. ALONSO FERNANDEZ, Santos (1981), Tensión semántica (Lenguaje y estilo) de Gracián, Prólogo de Rafael Lapesa, Zaragoza, Institución "Fernando el Católico".

[2].LAPESA, Rafael (1981), Historia de la Lengua española, 9ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Gredos.

[3].Edición crítica de Evaristo Correa Calderón, Madrid, Espasa-Calpe, 1971.

sábado, 31 de marzo de 2012

Goya (VII) tras la Huelga General (29-M): amnistía fiscal (30-M)

La última comunión de San José de Calasanz
Francisco de Goya, 1780
öleo sobre lienzo - Prerromanticismo
250 cm *180 cm
Museo de la Residencia de Calasanz, Madrid





Cristo en el huerto de los olivos
Francisco de Goya, 1819
Pintura al óleo -Prerromanticismo
47 cm * 35 cm
Escuelas Pías de San antón, Madrid

En Goya atendido por Arrieta (1820), no es la única vez que en estos años el pintor aborda el tema de la muerte. En comparación con éste, un cuadro también magnífico, La última comunión de San José de Calasanz (1819, Madrid, Capilla de San Antón), resulta excesivamente expresivo y consolador.



Con Cristo en el monte de los Olivos (1819, Madrid, Escuelas Pías), donado por el artista a esta comunidad, es la obra cumbre de Goya en el ámbito de la pintura religiosa. Prescinde de los aspectos retóricos del acto religioso y se concentra en la vivencia existencial del individuo, en un caso extremo. Una sensibilidad profundamente moderna, que destaca los rasgos individuales sobre los institucionales y eclesiales.


Goya pintó ambos cuadros antes de caer enfermo. También poco antes, el 27 de febrero de 1819, adquiere una propiedad con diez hectáreas de terreno a la orilla derecha del río Manzanares, desde la que se podrá ver el mismo paisaje que pintara en el boceto para cartón titulado La pradera de San Isidro (1788, Madrid, Prado). Goya encontró en esta quinta apartada -derribada años después- refugio y retiro. La situación política, su avanzada edad, su eventual relación íntima, y por tanto escandalosa, con Leocadia Weiss, las suspicacias de la Inquisición... son otras tantas razones para explicar ese retiro.

Pero la situación no se solucionó. Nada sabemos de la vida privada de Goya en 1821 y 1822, bien poco lo que se refiere a 1823, año en el que dona (17 de septiembre) la Quinta a su hijo Mariano. Para esa fecha ya se había producido la invasión de «Los Cien Mil Hijos de San Luis» (7 de abril), que habían tomado Madrid (23 de mayo) y reinstaurado la monarquía absoluta de Fernando VII. Cádiz caerá poco después, el 30 de septiembre, intensificándose la represión fernandina. Tras la ejecución de Rafael de Riego, el Deseado entra triunfalmente en Madrid el 13 de noviembre de 1823. Nunca una entrada real fue tan humillante y canallesca: recibido con los gritos de Muera la Constitución, Viva la Inquisición, el monarca extendió el terror más cruel por todo el reino. Goya temió por su seguridad y se refugió en casa de José Duaso y Latre a finales de enero de 1824, y en ella permaneció hasta mediados de abril, poco antes de que se promulgara un decreto de amnistía general (el 1 de mayo). No sabemos las razones que movieron al artista a ocultarse y algunos historiadores han sospechado que no temía tanto por sí mismo como por Leocadia, de conocidas convicciones antiabsolutistas, uno de cuyos hijos, Guillermo, había formado parte de la milicia de Madrid y había huido a Francia.

Nada más promulgarse el decreto de amnistía, Goya solicita permiso para trasladarse a Francia con licencia de seis meses. El motivo: “tomar las aguas minerales de Plombières para mitigar las enfermedades y achaques que le molestan en su avanzada edad”. Comoquiera que sea, el monarca accede a la petición y el 24 de junio el subprefecto de Bayona comunica al ministro del Interior el paso de Goya por esta ciudad camino de París. Se detiene tres días en Burdeos y marcha luego a la capital francesa, en la que permanece desde el 30 de junio al 31 de agosto. La policía está atenta a sus movimientos y hace informes que han permitido a los historiadores obtener los datos fundamentales. Quizá se deba esta vigilancia a la posible relación de Goya con los círculos de emigrados, entre ellos Joaquín María Ferrer, considerado en esos informes como un “temible revolucionario”. Pinta su retrato Joaquín María Ferrer- y el de su esposa Manuela Álvarez Coiñas de Ferrer (ambos 1824, Roma, Marquesa de la Gándara)- y hace algunos dibujos. Visita los monumentos y pasea por los lugares públicos, es posible que fuera al Louvre.

El 1 de septiembre marcha a Burdeos, donde se instala con Leocadia Weiss y sus hijos hasta 1828, año en el que muere. En estos cuatro años logra renovar su licencia y hace dos viajes a Madrid (en 1826 y 1827), en el primero de los cuales obtiene su jubilación con todo el sueldo y es retratado por Vicente López. En Burdeos no sólo continúa pintando, dibujando y grabando al aguafuerte, también realiza litografías que imprime Cyprien-Charles-Marie-Nicolas Gaulon, que posiblemente fue también su maestro en esta técnica (Goya la había iniciado en Madrid en el taller litográfico de José M." Cardano, 1819) y del que hizo un soberbio retrato litográfico: Retrato de Gaulon (1824-25, Middletown, Davison Art Center). Litografías son también las series de Los toros de Burdeos (1825), que posiblemente hiciera temeroso de su situación económica y con el afán de remediarla.