El sueño de la razón produce monstruos

lunes, 25 de enero de 2016

LA TRADICIÓN MÍSTICA GRIEGA (VI)

                             Continuación LA TRADICIÓN MÍSTICA GRIEGA (V)


              A. Los misterios de Dioniso
            Los misterios de Dioniso se pierden en la Antigüedad, se anticipan a un tiempo anterior a lo que se pensaba. De generación en generación, los griegos mantuvieron que los misterios dionisíacos eran originarios de Oriente, de la Tracia, acaso del culto al dios telúrico-mistérico Sabacio (gr. Σαβάζιος), del legendario Oriente, en un tiempo mítico, en ese tiempo inmemorial anterior al tiempo en el que aparecen los mitos, con su verdad en sí mismos, porque son esencialmente simbólicos. La "necesidad y originalidad" del mito, su simbología y sus imágenes, por su carácter de "lengua natural" que es "leída" en las manifestaciones sensibles del mundo, siempre implicarán un vinculo de unidad entre el "alma humana"  y la naturaleza[i].

            Las orgías báquicas están atestiguadas en Hesíodo, que habla del rey Escilas como un iniciado, cuya participación en las orgías no estaban bien vistas[ii]. Eurípides escribe la tragedia Las Bacantes dedicada a la llegada del dios y su culto desde Oriente a Grecia. El poeta trágico pone en escena las dificultades de Dioniso para que su culto fuera aceptado en su ciudad de Tebas, en la Beocia, de donde era oriunda su madre, Sémele, ante la oposición de su primo Teseo, rey de Tebas y sucesor de Cadmo. Luego nos habla del triunfo de Dioniso en Tebas y el terrible castigo que infligió a su adversario.

            El conflicto entre la religión tradicional, defendida por Penteo, Cadmo y Tiresias, con una concepción del mundo muy reglamentada, y el nuevo culto que trae Dioniso, en el que lo mágico y lo irracional son fundamentales, late en toda la obra. Y, para sorpresa de todos Penteo, el defensor de la razón, actúa de un modo más irracional e insensato que Dioniso, cuya calmosa actitud contrasta, en toda la tragedia, con la desaforada del rey de Tebas.

            B. Los ritos órficos.

            Se fundamentan en las aventuras de Orfeo en el Más Allá y en la existencia supuesta de unos "textos sagrados" que el propio poeta y otros sagrados y míticos cantores, como Museo, escribieron para los iniciados. Tales "libros sagrados" no existen en el culto de Dioniso. Además mantienen que los hombres nacen con una culpa que tenía que ser expiada.

            Platón relaciona los misterios órficos con Dioniso (Platón, Fedro 265b, 2) y considera que éste los presidía. Su base mitológica se halla en la historia de Dioniso Zagreo, el primer Dioniso malogrado, cuyo destino era suceder a su padre Zeus, de la tercera generación, y regir el reino divino. Pero Dioniso, de la cuarta generación, siendo niño, es descuartizado, cocido, asado y devorado por los malvados Titanes; de él solo se salva el corazón.

            El desarrollo de los misterios de Orfeo tienen mayor calado que el culto a Dioniso, precisamente porque se transmiten en "textos sagrados". Estos faltan en el culto dionisiaco. Esos textos, cuya procedencia se remontaba a Orfeo y Museo, fueron reorganizados y sistematizados por Onomatocrito en tiempos de Pisístrato, finales del siglo IV a. C., constituyendo un auténtico corpus sagrado. Tal vez el trabajo de Nono de Panópolis sea el primer intento, aunque tardío, siglo V d. C., de recopilar una especie de "Biblia" dionisíaca con todos los mitos relacionados al dios.

            El descubrimiento en Salónica (1962) del papiro de Derveni o de las placas de hueso de Olbia, donde se lee claramente ΛΙΟΝ, la abreviatura de Dioniso, han hecho pensar en un orfismo asociado con la figura de Dioniso, en pleno siglo V a. C.

            En los textos órficos, el mito de Dioniso Zagreo, el dios que muere y es descuartizado y devorado por los Titanes, constituye una doctrina clave. Su relato presenta importantes implicaturas de carácter antropológico y religioso que luego influirán en el cristianismo: el dios que muere cuyo cuerpo se come en una asamblea iniciática, etc.

            En época de Platón, orfismo conlleva ciertas connotaciones de desprestigio a causa de las prácticas de chamanes y magos. En la época romana, renacen los ritos órficos con vigor, pudiéndose habar de orfismo como una religión viva. Burkert hablará de "testimonios incontrovertibles" de ὀρφικα καὶ βακχικά, misterios órficos-báquicos orientados sobre todo a una condición de bienaventuranza después de la muerte. Desde los tiempos más remotos, aparecen ambos misterios aunque el culto de Dioniso nunca tuvo un corpus doctrinal sagrado sino una tradición predominantemente oral; el dionisismo acaso pudo participar de los mitos esenciales con el orfismo. Con todo, lo único seguro, en medio de tanta duda y mezcolanza que relaciona orfismo y dionisismo, es el mito de Dioniso Zagreo según aseveración de Hernández de la Fuente, David[iii].

            El mito de Dioniso Zagreo en Nono

            Poco después, el mismo Hernández de la Fuente pasa a glosar el mito de Dioniso Zagreo tal y como nos lo transmite Nono de Panópolis en sus Dionisíacas, obra llena de noticias órficas y dionisíacas que son indicios evidentes de una religiosidad pagana en un periodo en el que ya ha triunfado en cristianismo. Nono nos brinda bastantes testimonios sobre el culto y la figura mítica de Dioniso y elabora toda una epopeya al modo homérico[iv].

            Dejando al lado la adscripción religiosa del poeta, la historia de Dioniso Zagreo es la versión del mito más amplia y detallada que tenemos y a través ella podemos suponer el papel esencial que desempeñó el mito para los misterios órficos y báquicos.

            El Canto VI de las Dionisíacas de Nono se centra aún en los preliminares de la verdadera gesta del dios. Se trata de un episodio profético que anticipa la apoteosis del segundo Dioniso (Canto XLVIII). Pero hasta llegar allí, antes nos relata la lucha primigenia entre Tifón y Zeus (Cantos I y II), las peripecias de Cadmo hasta la fundación de Tebas (Cantos III y IV), su asentamiento en la ciudad fundada y el inicio de la extirpe de Cadmo (Canto V); en ese Canto V, también anuncia la figura de Sémele y la pasión de Zeus por la misma, con la intención del dios de engendrar un nuevo Dioniso, tras la muerte de Zagreo por los Titanes.

            Y es partir de este momento (Canto VI) cuando comienza la historia de Zagreo, el primer Dioniso, e incluye la cólera de Hera. A la sazón, la encantadora Perséfone es deseada por muchos pretendientes; esa rivalidad amorosa entre dioses por Perséfone nunca fue atestiguada antes, aunque bien pudiera tratarse de una creación de Nono. Cada dios ofrece lo mejor que posee para seducirla: Hermes, su caduceo; Apolo, su lira; Hefesto, un hermoso collar; Ares, su lanza y su coraza, pero será Zeus, por medio de su astucia, quien se une a ella tras espiarla en el baño[v]. Deméter rechaza la unión de Perséfone con el padre de los dioses y encierra a su hija en una cueva. Pero el oráculo se cumple tal y como estaba predestinado: la concepción y el nacimiento de Dioniso Zagreo, κερόεν βρέφος 'retoño cornudo', el cabritillo, el primer Dioniso, el que se opone al Baco (Βάκχος) clásico, que en el texto de Nono representa la perfección frente al niño malogrado, que será sacrificado por envidia de Hera a manos de los Titanes. De modo que, según la versión de Nono, Dioniso[1] [ fue engendrado de forma incestuosa por Zeus y Perséfone (padre e hija). Esta genealogía dionisíaca puede provenir de los poemas órficos de incierta datación, pues alude a la maternidad de Perséfone, significativamente la diosa de los muertos.

            El incesto, por otro lado, es un tema recurrente en Nono; algunos han visto en ello una cierta desmesura sexual, propia de los mitos que cuenta. También se descubre el lugar de la unión entre Zeus y Perséfone, un locus amoenus apto para la teogonía muy del gusto órfico: la gruta oscura guardada por dragones, que Nono sitúa en Sicilia, siguiendo al poeta Claudiano (mediados del IV-principios del V d. C.) en el De raptu Proserpinae[vi].

            En cuanto al lugar mítico, Nono lleva la cueva de Perséfone, donde nacerá el dios niño y se iniciarán sus misterios a Sicilia, lugar marcado por la actividad ctónica de los volcanes. En cambio, la tradición predominante sitúa la acción en Creta siguiendo el mito cretense de Diodoro, en el que Demeter sobrevuela la cueva y la montaña de Dicte, donde fue escondido Zeus y se crió, y no habla del estrépito de los coribantes, en sus danzas orgiásticas, al son del entrechoque de sus escudos. Aquí Nono mezcla el mito de Dioniso Zagreo y el de Zeus Cretense, que tuvo su culto en la polis de Olimpia como dios serpiente, al parecer, el Zeus Cretogenes.

            La sima mistérica es pieza clave como el lugar ctónico donde el dios-padre-esposo sedujo ocultamente a su propia hija-madre-esposa, Perséfone.. El dios serpiente cumple su objetivo procreando el retoño cornudo, estableciéndose así el sistema de la generación circular. Dioniso Zagreo será la encarnación de un dios nacido sobre el que se va a consumar un terrible crimen, con el que se obstaculiza el asunto de la sucesión dinástica, aunque la figura del dios del vino nuevo, símbolo de la muerte de la vegetación en invierno y de su renacimiento en primavera, saldrá fortalecida en su reencarnación.

            Nono, a continuación, introduce una digresión con poco sentido aparente, el telar de Perséfone, similar al de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, de las artes y de la artesanía, que se entretiene tejiendo. Esta actividad de la madre de Dioniso Zagreo tiene resonancias órficas, pues en el orfismo, el telar es símbolo del cosmos, de la creación, que anticipa un nuevo orden cosmológico. Nono nos dice que Perséfone se afanaba con la rueca antes de ser violada por su padre Zeus; se encontraba tejiendo el tapiz de las estaciones, cuando de repente se manifiesta el dios-serpiente y mientras que la está violando, se detiene el ciclo natural y repetitivo de la naturaleza. Se trata de una tela cósmica y circular, como los giros o las vueltas que va dando la rueda del telar, que encierra en sí todo el universo, una imagen específica del orfismo. Todos esos símbolos nos llevan al ciclo vital de la naturaleza, y es entonces cuando se introduce la serpiente, que obstaculiza por un instante el orden cósmico para engendrar al que habrá de ser el dios rey de la cuarta generación. Además, esa unión está fatalmente predestinada. Dionisio moría cada invierno y renacía en la primavera; para sus adeptos, este renacimiento cíclico, acompañado de la renovación estacional de los frutos de la tierra, encarnaba la promesa de la resurrección de los muertos.

            El Dioniso de Nono es resultado de la integración de varias figuras divinas, de orígenes y tradiciones míticas distintas, cuya resultante es una configuración trina del dios: Zagreo, por ser un dios malogrado; Dioniso (entre los romanos Baco[vii]), el nacido de Sémele, y Iaco, el Dioniso mistérico, el dios de los iniciados. Esta tríada dionisíaca, según nuestro poeta épico de la edad tardía, es similar a otras tríadas de otros cultos orientales que penetraron en el Imperio.

            Dioniso es un dios de gran complejidad y antigüedad, quizás tanta como Zeus y unido a él desde la Edad de Bronce, como señala Burkert[viii], lo que contradice la idea tradicional de un "dios que llega" de Oriente. Los griegos aseguraban que de Tracia, del culto de Sabacio. Es presumible su origen creto-micénico. En las tablillas micénicas aparece como di-wo-ni-so-jo, "de Dioniso" (Xa 102), o di-wo-nu-si-jo; éste es su nombre más usual, del que surgen varias etimologías, entre ellas la popular "hijo de Zeus". También aparecen otras referencias al dios, con otros nombres, tal vez como advocaciones, como nombres teóforos, por ejemplo e-re-n-te-re (Cn 3, 1-2). Eleuterio, el que libera; Sabacio, con connotaciones orientales, adoptado posiblemente en Atenas en época de Demóstenes; Euboleo, nombre parlante que tenía Dioniso entre los órficos. Luego están los clásicos epítetos-advocaciones del dios: Lieo el Liber de los romanos, el libertador; Bromio (del gr. βρεμειν, 'rugir'), el ruidoso o bullicioso, el bramador; Evio, el del 'evohé' o grito del culto de las ménades o bacantes para invocar a Baco; Irafiotes[ix], el Cabritillo ritual; Ditirambo (Puerta de la vida y la muerte); Lysiponos, el que libera las penas,  etc.

            Con respecto a Iaco (del gr. ant. ἼIakkhos), otro de los epítetos de la trinidad dionisiaca en Nono, está relacionado con los misterios de Eleusis, ciudad agrícola a treinta kms. al noroeste de Atenas, dedicados al culto de las diosas Deméter y su hija Perséfone, la que fuera secuestrada por Hades, el dios de la muerte y el inframundo. Iaco es la estrella de los misterios eleusinos; un Dioniso noctámbulo, mistérico y festivo, propio de la iniciación. Parece relacionado con la luz, característico de las procesiones con antorchas. Y Zagreo[x], el nacido de Zeus, metamorfoseado en serpiente, y de Perséfone, antes de ser raptada por Hades, representa el último de la trinidad en Nono. Los Titanes, malmetidos por Hera, mataron a Zagreo y echaron sus miembros en un caldero; Palas Atenea rescató su corazón, que entregó al nuevo Dioniso. El epíteto Zagreo relaciona la divinidad con un acto ritual de caza. Se trata de la visión cazadora del dios, que es activa y pasiva, un dios salvaje, que domina los animales. El tema de la muerte está presente en esta simbología dionisíaca; es inherente al nombre Zagreo la caza del animal vivo, acción previa al "despedazamiento de la víctima[xi]", el sparagmós o σπαραγμός, fase de la muerte ritual de la víctima propiciatoria, a la que siguen la omophagia o comunión con la carne cruda y la vida nueva subsiguiente. Eurípides y Esquilo relacionan a Zagreo con lo subterráneo, con lo ctónico; es el dios nocturno, myktélios; y además, con la gruta del Ida. Zagreo es el nombre apropiado para el mito del nacimiento del niño-dios en una gruta, una especie de locus amoenus para el alumbramiento divino, y lúgubre mazmorra para el crimen, un lugar de gozo y de miedo para los iniciados, que han de experimentar el mismo sufrimiento que el dios sacrificado (pathéma del gr. πάθημα, ατος, τό, 'lo que se siente').

                Después del nacimiento, Nono narra cómo Dioniso Zagreo se convierte en señor del universo. En fragmentos órficos, queda claro que la sucesión fue querida porZeus, pero Nono no lo dice. El recién nacido adopta enseguida todos los atributos paternos, el trono celestial y el trueno y se convierte así en la cuarta generación en el orden cosmogónico. Tras Urano, Crono y Zeus, Dioniso Zagreo representa para los órficos la venida del dios salvador, conocido también como Oinos (del gr. ant.  οἶνος, "el vino"). Este es un tema que se recoge y desarrolla en la teología órfica.

            Luego Nono se aparta de la teología órfica en el episodio de Ampelo: Dioniso enamorado del sátiro Ampelo (del gr. ant. Αμπελος, 'cepa de vid'), metáfora de "la viña", se dirige a Zeus y rechaza el poder que le entregó a Zagreo, y le dice que se lo entregue a otro, a Hefesto acaso. Y afirma que prefiere el amor de Ampelo, joven que simboliza la viña salvadora del hombre porque aleja las penas. Este dato, Nono lo recuerda continuamente en las Dionisíacas con significativos epítetos como lysiponos, "que alivia las penas". Y es que el autor de las Dionisíacas está mezclando varias tradiciones.

            En el episodio de Zagreo, los atributos de rey de dioses le van a durar poco al joven dios, pues la envidia de Hera favorecerá la destrucción del nuevo dios a manos de los Titanes[xii], criaturas ancestrales, "nacidos de la Tierra", que pertenecen a un tiempo anterior del mundo, símbolos de esa fuerza primigenia que emana, tal vez, de su madre la tierra.



[1]. Dioniso (de Διώνυσος Diônysos o Διόνυσος, 'hijo de dios', del gr. ant. Δίος +  en lengua tracia-frigia νυσος, 'hijo')



[i]- Mariño Sánchez, D., Injertando a Dioniso, 2014, Madrid, Siglo XXI.
[ii]. Herodoto, Hist. 4, 78-80, citado por Hernández de la Fuente, op. cit., Madrid, 2002.
[iii]. Hernández de la Fuente, David, op. cit, 2002, pág. 22.
 
[iv]. Además de las Dionisíacas, extenso panegírico del dionisismo, se le atribuye también una Paráfrasis al Evangelio de San Juan, similar en la forma a la primera, en hexámetros épicos y usando epítetos homéricos para caracterizar a Cristo, Marta o María, pero de inspiración cristiana; Nono, como parafraste del Evangelista, se aparta del lenguaje sencillo del Evangelio y usa alusiones y vocabulario dionisíaco.
            Se ha calificado desde antiguo a Nono como el último poeta pagano, aunque se ha podido testimoniar que en Egipto cristianos y paganos convivieron durante largo tiempo. La provincia de la Tebaida fue la cuna del monasticismo en ciudades como Panópolis. Los restos arquitectónicos hallados mezclan los motivos del arte copto y del paganismo clásico. Cf. Hernández de la Fuente, D., op. cit., 2002, pág. 24.
 
[v]. Nono compara la pasión de Zeus con el deseo incestuoso, la atracción física y sexual que sintió por Afrodita mientras se bañaba en la isla de Chipe: en su frustrado intento Zeus arrojó su semen sobre la tierra, y de ella nacieron los centauros.
 
[vi]. Diodoro, en su versión cretense, no cuenta lo que relato Nono y es que Zeus se une a la diosa en forma de serpiente. La serpiente y el incesto es un elemento arcaico que aparece en otros mitos teogónicos. En la interpretación "psico-mitológica" de los mitos de R. F. Newbold se ve en la serpiente un claro simbolismo sexual. Cf. Hernández de la Fuente, D., op. cit., 2002, pág. 28.
 
[vii]. Posee una doble naturaleza: una como dios de la vegetación, específicamente de los frutos de los árboles, especialmente los racimos de uvas; su segunda caracterización apunta a una divinidad del arrebato místico que inspiraba cultos orgiásticos, de los que son ejemplo las ménades o bacantes.
            Dionisio era bueno y amable con quienes lo honraban, pero llevaba la locura y la destrucción a quienes lo despreciaban a él o a los rituales de su culto. Su séquito está formado por seres divinos, sátiros, silenos y ninfas, y adoradores humanos, llamados basárides, "portadores de piel", por la forma de su indumentaria ritual con pieles de ciervo, y finalmente ménades o lenas (literalmente, "mujeres locas"). Toda esta cohorte seguía a Dionisio entrando en un estado de enajenación mediante  la danza extática y el uso del vino; eran capaces de realizar milagros, haciendo surgir del suelo fuentes de leche o vino; poseían una fuerza extraordinaria, capaz de despedazar con sólo las manos cabras, toros y seres humanos (sparagmós, descuartizamiento de la presa); el fuego no los quemaba ni las armas los herían; pero a pesar de su violencia sentían una profunda simpatía por las crías de los animales, especialmente los cabritos y los cervatillos. El nombre romano de Baco se refiere a los fuertes gritos con los que se adoraba al dios en las bacanales, frenéticas celebraciones en su honor.
 
 
[viii]- W. Burkert, op. cit., pág. 109, citado por Hernández de la Fuente, 2002.
 
[ix]. Irafiotes, 'el cabritillo' es de oscuro significado. Probablemente "el joven macho cabrío"; cf. W.F. Otto, op. cit., pág. 124, atestiguado en el Himno Homérico 33, citado por Hernández de la Fuente, 2002, pág. 34.
[x]. Según el orfismo, los hombres nacieron de las cenizas de los Titanes fulminados por Zeus porque habían descuartizado y comido a Zagreo, el niño-dios de Creta. De ahí la doble naturaleza del ser humano, mezcla del mal, por el lado de los Titanes, y del bien, por parte del dios. La purificación predicada por el orfismo les permite liberarse de la parte mala; les da la oportunidad de sucesivas reencarnaciones hasta la purificación final.
 
[xi]. Como representación simbólica de las individualizaciones que se generan desde la Unidad primordial , y también del impulso irresistible de la Tierra a ser fecundada con la sangre, cuando la fuerza del sol disminuye. Cf. Nietzsche, Friedrich, El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo, Edición de A. Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 2007. pág. 19.
 
[xii]. Para Hesíodo, Océano, hijo de Urano y Gea, es el primogénito de los Titanes, que junto a Tetis, Téthys, su hermana, símbolo femenino de la potencia fecunda del mar (femenina), constituyen una pareja. Según la cosmogonía órfica, primero fue el Caos, después Océano, tercera la Noche y cuarto Urano. Cfr. Guthrie, W.K.C., Orfeo y la religión griega. Traducción de Juan Valmard, Madrid, Siruela, 2003, pág. 156.
            Hesíodo lo denomina "el ilustre río". Aristóteles lo identifica con el Atlántico. Anteriormente, en el tiempo mítico, es un anillo que circunda el disco plano de la Tierra, idea asumida por Homero, cuya función primordial es constituir el límite entre la tierra habitada y el Más Allá.
            La teogonía de las Rapsodias órficas empieza con el Tiempo (Krónos). De él surgieron Éter, Caos y Érebo. Tiempo con Éter forman un huevo, que se divide en dos y emerge Fanes. De Fanes brota la Noche y, con ella, engendró a Gea y Urano, los padres de los Titanes: Crono (Krónos), Rea, Océano, Tetis (Téthys) y los demás. Cf. Guthrie, 2003, pág. 130.
 

sábado, 23 de enero de 2016

LA TRADICIÓN MÍSTICA GRIEGA (V)

    Algunas noticias neoplatónicas sobre los misterios de Orfeo

          Siguiendo a A. Bernabé[i], un texto del filósofo neoplatónico Olimpiodoro el Joven (c. 495-570) hace referencia al mito de Dioniso y los Titanes. Esta fuente tardía pudiera remontarse al texto de las Rapsodias, la única teogonía órfica que parece citarse en los primeros años de Imperio Romano de Oriente, Bizancio, tras el decreto de Justiniano que cerró la Academia de Platón en Atenas[1]. El texto citado nos relata que, según Orfeo, tras los reinados de Urano, Crono y Zeus, llega el de Dioniso, y que por causa de Hera, los Titanes, sus guardianes, desmembraron a Dioniso, lo cocinaron y lo ingirieron como alimento. Enfurecido Zeus, los fulminó y de sus hollines, surgieron los hombres... El texto conecta la muerte de Dioniso con el origen de la humanidad; su afirmación del origen del hombre a partir de las cenizas de los Titanes es fiel al de las Rapsodias.
            Damascio, el último escolarca de la escuela de Atenas, que fue perseguido por Justiniano I, principios de siglo VI, también coincide con Olimpiodoro, cuando nos relata, en síntesis, que Dioniso se sienta en el trono de Zeus; los Titanes conspiran contra Dioniso, son castigados y los hombres son creados de los restos de los cuerpos fulminados de los titanes. Por eso, en el hombre hay una parte titánica y otra dionisiaca. En todo el pasaje Damascio, sigue como Olimpiodoro las Rapsodias. También aparece en otros textos de Proclo en que se asegura que los hombres proceden de los Titanes.
                                  Nono de Panópolis y sus Dionisíacas
            En este parágrafo seguimos esencialmente la investigación de Fernández de la Fuente, David[i]; sus análisis se centran en las Dionisiacas de Nono de Panópolis, poema épico griego de época imperial, siglo V.
            En el Canto sexto se puede leer una versión del nacimiento y muerte de Dioniso Zagreo, un mito fundamental para la religión mistérica griega, tanto la órfica como la dionisíaca. Hernández de la Fuente analiza el mito tal y como aparece en las Dionsiacas y lo confronta con lo que se sabe de la religión órfica y dionisíaca, y todo desde la perspectiva de Nono, un poeta entre pagano y cristiano, cuyas auténticas convicciones religiosas se desconocen.
            Como hemos visto anteriormente, la relación entre el culto a Dioniso y los misterios órficos es asunto muy controvertido en la historia de la religión griega. Si la vieja escuela filológica hasta Wilamowitz defendía que se trata de dos realidades completamente independientes, actualmente ha habido mudanza a la luz de los hallazgos arqueológicos tales como las laminillas de oro órficas con inscripciones, aparecidas en Olbia (Escitia), antigua colonia griega de Mileto; el papiro de Derveni y su glosa a la teogonía órfica, etc.[ii].
            En el orfismo y dionisismo, todo apunta a las relaciones que se establecen entre el culto de Dioniso, un dios contradictorio, advenedizo y antiquísimo, y el culto de Orfeo, pues ambos aseguran una recompensa en el Más Allá (metafísica).
            Dioniso, llamado también Baco, es fundamentalmente un dios vital de la naturaleza y del delirio místico; Fue educado por las ninfas del monte Nisa en el Helicón y allí inventó el vino. Dioniso, dios del vino y de la inspiración, era festejado mediante procesiones de agitadas y desordenadas multitudes, con figurantes enmascarados que aludían a los genios de la Tierra y la fecundidad. De estos cortejos, surgieron la comedia, la tragedia y el drama satírico. Baco, en el mito, se transmuta en: cabritillo, muchacha, león, toro, pantera... Y en la edad adulta, a pesar de su afeminamiento por la intervención de las ninfas en su educación, fue reconocido por Hera como hijo de Zeus y lo enloqueció, siguiendo distintas peripecias. Para las gentes de la antigüedad griega, Baco es garantía de nueva vida y simboliza la vida cíclica de la naturaleza, la primavera, la vid, la cosecha, el vino, el sacrificio... Representa una vida indestructible  evidente en la naturaleza y en la interacción del hombre con ella.
            En el anhelo de comprender la vida humana e insertarla en esos ciclos naturales, Dioniso simboliza un dios de salvación, que asegura al hombre que su vida no está limitada al nacimiento y muerte, porque también ellos se integrarán en la fuerza creadora y destructora de los ciclos de la vida, de la ζωή, de esa existencia indestructible que se opone a la vida terrena y caduca del βίος, según terminología de Kerényi[iii].
         También Orfeo, ese cantor que va y viene del reino de la muerte, lleno de enigmáticos secretos, es un personaje que actúa en la misma concepción religiosa. El secretismo de su culto se asemeja al del dios del vino, del delirio místico y del sacrificio. Los misterios se apartan de la religión oficial, aislados de la presencia del profano y aseguran a los iniciados la felicidad metafísica, a condición de conocer y guardar las reglas, seguir un βίος establecido.
                                                                                             A.T.T.







[i]. Fernández de la Fuente, David, "Elementos órficos en el Canto VI de las Dionisíacas: El Mito de Dioniso Zagreo en Nono de Panópolis" en 'Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, vol. 7 (2002): 19-50.
[ii]. Burkert, W., De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega, Barcelona, 2001, cap. III: "Orfismo redescubierto", pág. 85. Destacan también los trabajos de A. Bernabé y Ana Isabel Jiménez San Cristóbal, "Las laminillas órficas de oro", en op. cit., Madrid, 2008, págs. 495 y ss., y Bernabé, A., "Las laminillas de Olbia" en op. cit., Madrid, 2008, págs. 537 y ss.
[iii]. Kerényi, Introducción a su libro Dioniso, raíz de la vida indestructible, Barcelona, 1998, págs. 13-16, citado por Hernández de Fuente, op. cit., 2002.


[1]. Olimpiorodo fue el último pagano que mantuvo la tradición platónica en Alejandría; tras su muerte, la escuela de Alejandría pasa a manos de cristianos aristotélicos y se traslada a Constantinopla.
 




[i]. Bernabé, A., "El mito de Dioniso y los Titanes", Bernabé, A. y Casadesús, F., op. cit., 2008, págs. 591 y ss.

viernes, 22 de enero de 2016

LA TRADICIÓN MÍSTICA GRIEGA (IV)


              Ritos órficos y misterios de Dioniso

            Señala Jiménez San Cristóbal, Ana Isabel que uno de los problemas más espinosos del orfismo es su relación con otros movimientos religiosos de carácter mistérico y catártico. Establecer límites seguros entre el orfismo, el dionisismo, el pitagorísmo o los misterios de Eleusis es una tarea de difícil empeño por el conocimiento limitado que tenemos de estos grupos. Lo conocido hasta ahora solo nos permite hablar de influencias mutuas o de rasgos compartidos, con aspectos completamente independientes. Así Heródoto y Eurípides relacionan lo órfico y lo báquico en determinados pasajes, pero hay algunos rituales báquicos, como el que aparece en las Bacantes de Eurípides que poco tienen que ver con el orfismo. Además, existen diversidad de opiniones entre los investigadores a la hora de atribuir los testimonios antiguos al orfismo o al dionisismo.

            Con respecto a las relaciones entre Dioniso y Orfeo, la tradición atribuye a Orfeo muchas obras en que Dioniso juega un papel fundamental, como por ejemplo, el desmembramiento del niño dios (Dioniso Zagreo) aparece en uno o varios textos sagrados (ἱεροὶ λὸγοι 'doctrina teórica´) que luego se celebraban en ritos concretos, en las τελεταί. Es muy frecuente atribuir a Orfeo tanto la composición de los textos sagrados como las celebraciones rituales (τελεταί), y todo esto se remonta al menos hasta el siglo V a. C., pues la muerte del niño dios se relataría en las teogonías antiguas como la de Eudemo, atribuida a Orfeo. El estadista y strategos ateniense Aristides, del siglo V a. C., nos da la noticia de que Orfeo y Museo fueron los poetas por antonomasia de la poesía dionisíaca.
 
 
Por otro lado, se ha atestiguado que Dioniso aparece en varios pasajes del mito de Orfeo, ora como instigador de su muerte y posteriormente despedazado por las ménades, ora afligido por la desaparición de su sacerdote que vela por la protección de sus restos. Según el historiador griego Pausanias, s. II d. C., un oráculo de Dioniso procedente de Tracia advirtió a los libetrios de que su ciudad sería destruida si los restos de Orfeo, que allí se guardaban, los sacaban a la luz del sol.
            Entre las coincidencias de ambos mitos, el de Diosino y Orfeo, está la ciudad Tracia, patria común de las dos figuras mitológicas. Hay quien sostiene que Tracia había sido la cuna de la religión de Dioniso y del dionisismo extático; en la actualidad el origen se localiza en la cultura minoicocretense[i].  En una de las versiones de la muerte de Orfeo, éste es atacado por las basárides, las bacantes tracias, que celebran a Dioniso Basareo. También nos llevan a Tracia algunos testimonios que relacionan a Dioniso con cultos órficos y allí tiene su origen el Dioniso Sabazio del que también aparecen alusiones en fragmentos órficos[ii].
            Además se ha relatado que tanto Dioniso como Orfeo descendieron al Hades; el primero, en busca de su madre Sémele a través de la laguna Alcionia que se encuentra en Lerna, en la Argólida, península del Peloponeso; por fin, logró que habitase en el Olimpo, transformada en inmortal, junto a los dioses. La catábasis o descenso de Dioniso se asemejaría al que aparece en las láminas de oro, al sumergirse en el regazo de la Reina del Mundo subterráneo para renacer después a la verdadera vida. Orfeo, en cambio, por su descenso al Hades por el amor a su esposa Eurídice, logró un conocimiento privilegiado que lo convirtió mensajero de las verdades del Más Allá y, por tanto, en mediador entre los dioses y los hombres, cuya misión sería enseñar a éstos la conducta adecuada que debían seguir para logar una vida plena y feliz.
            Pero lo más llamativo de esas coincidencias entre los mitos de Dioniso y Orfeo es que los dos personajes míticos mueren desmembrado; la muerte del primero, a manos de los Titanes, mientras que el poeta murió a manos de las ménades, cuyo antecedente son las bacantes o basárides de Esquilo, mujeres griegas adoradoras de Baco que emulan a las ménades. Las causas de estos desenlaces similares, según cuenta Proclo, es que Orfeo acabó desmembrado por haberse convertido en guía de los rituales dionisíacos, en los que el desmembramiento del propio Dioniso constituyera todo un valor simbólico con el que los dionisíacos manifestaran sus desacuerdos con las innovaciones de los órficos, defensores del sacrificio incruento, el vegetarianismo y el ascetismo. Nilsson (1935), citado por la profesora Jiménez San Cristóbal, no cree que esta versión sea invención de Esquilo, sino que con el desmembramiento de Dioniso los órficos condenarían los ritos de las bacantes como crímenes, lo que explicaría la hostilidad del dios hacia Orfeo por blasfemo y su castigo, sería semejante al de Penteo, en las Bacantes de Eurípides, el otro adversario radical de los ritos dionisíacos.
            Además, desde la óptica de un iniciado báquico, Orfeo representa una gran afinidad con Apolo: la música, la magia, su descendencia de una Musa. Orfeo, hijo de Calíope, la más elevada de las nueve musas, es el cantor por excelencia, el músico y el poeta, que toca la lira y la cítara; sabía entonar cantos tan dulces que las fieras le seguían, las plantan y los árboles se inclinaban hacia él, y suavizaba el carácter de los hombres más ariscos; cuando desciende a los Infiernos en busca de Eurídice, con los acentos de su lira encanta no solo a los monstruos del Tártaro, sino también a dioses infernales, hasta el punto que Hades y Perséfone acceden a su deseo aunque con una condición insoslayable. Para los seguidores báquicos, las actividades de Orfeo representaba una auténtica apostasía en favor de Apolo. Su muerte por la violenta pasión de las mujeres tracias, inspirada por Afrodita, no queriendo cederlo mutuamente, lo destrozaron; esta muerte por despedazamiento simboliza la muerte total de la condición precedente y resulta apropiada para una religión que sostiene la alternancia vida-muerte-vida y ofrece a sus seguidores una vivencia iniciática en que los rituales (τελεταί) se configuran como imitatio y preparan para la muerte.
            Frente a Dioniso que representa el salvajismo, la degeneración orgiástica, lasciva y material, que enloquece a su seguidores, Orfeo simboliza los aspectos propios del héroe civilizador, que posee el don de tranquilizarlos. Mediante la transmisión de doctrinas y ritos, Orfeo proporcionó a los griegos instrumentos esenciales de civilización. Y aunque es probable que algunas similitudes y coincidencias entre los mitos de Dioniso y Orfeo se articularan en época tardía, no es menos cierto que determinados elementos en los que Orfeo y Dioniso caminan por vías paralelas, como el descenso a los Infiernos y el desmembramiento o la función de mediadores ante los dioses del Tártaro, aparecen ya en las variantes más antiguas del orfismo y del dionisismo.
                                                                     A.T.T.

[i]. Jiménez San Cristóbal, Ana Isabel, op. cit., 2008, pág. 700, n. 18.
[ii]. Jiménez San Cristóbal, Ana Isabel, op. cit., 2008, pág. 700, n. 22,  cita lo siguiente: "Cuentan algunos que había otro Dioniso muy anterior al que acabamos de mencionar. Pues dicen que nació de Zeus y Perséfone el Dioniso que algunos llaman Sabazio,  cuyo nacimiento, ofrendas y honras se celebran de noche y de forma oculta por la vergüenza que provoca la interrelación de sexos" : la participación de hombres en los ritos es más propia de los cultos órficos que dionisíacos y además Diodoro coincide con Demóstenes en que se trata de celebraciones nocturnas [...] "Terpando el lesbio dice que Nisa [la niñera que cuidó al joven Dioniso en el monte Nisa]  había criado a Dioniso, llamado Sabazio por algunos, nacido de Zeus y Perséfone que fue luego despedazado por los Titanes"; [...]
 
 

miércoles, 20 de enero de 2016

LA TRADICIÓN MÍSTICA GRIEGA (III)

El mito órfico de Dioniso* y los Titanes
 
      *En la tradición órfica a Dioniso también se le llama Zagreo, "el que vaga por la noche", Dioniso "nocturnal", el nacido de Zeus y Perséfone, cuyo culto se celebraba de noche y de forma oculta por la vergüenza que provocaba la interrelación de sexos. La coincidencia más llamativa entre los ritos de Dionisio y Orfeo es que ambos perecen desmembrados. La muerte de Dioniso a manos  de los Titanes, mientras que el bardo Orfeo murió a manos de las ménades, divinidades femeninas, que se encargaron de la crianza de Dioniso, porque aquél había rechazado el culto dionisíaco, según una de sus versiones. La partición de hombres en los ritos es más propia de los cultos órficos que dionisíacos. Cf. Jiménez San Cristóbal, Ana Isabel, "Orfismo y Dionisismo", en Bernabé y Casadesús, op. cit., 2008, pág. 710-11,. Cap. 32.

         Continuación del artículo anterior.
         El llamado El mito órfico de Dioniso y los Titanes, relataría  lo siguiente, siguiendo al profesor Bernabé Pajares:
       Zeus[i] había recibido el trono divino de su padre, Crono, al cabo de una serie de transmisiones del poder en el que no habían faltado episodios violentos. Igual que en la Teogonía hesiódica, Urano, no deja nacer a sus hijos, para mantenerse en el trono, pero fue castrado por Crono, su hijo y padre Zeus, con ayuda de la esposa de Urano, Gea. Luego Crono, con el mismo propósito de no ser destronado, engullía a sus descendientes a medida que iban naciendo, pero su pareja, Rea, ocultó a uno de ellos, Zeus, en una cueva y le dio a su esposo una roca envuelta en pañales para que la devorase. A partir de aquí, la versión órfica se apartaba de la hesiódica en varios detalles. Primero, refería que cuando Zeus creció, castró a su padre y tomó el poder sobre los dioses (OF 225), mientras que Hesíodo cuenta que los dioses le ofrecieron el poder (He. Th. 883-885) y no habla de castración; después, la tradición órfica añadía que Zeus cometió incesto con su madre Rea, y tuvo como hija a Perséfone (OF 276). Luego que se unió también a su hija y como resultado de esa unión nació Dioniso[1] (OF 280-283). Hesíodo tampoco dice una palabra sobre esta serie de incestos. A partir de este momento, hay una serie de episodios que aparecen solo en la versión órfica: Zeus decidió transmitirle su cetro a Dioniso cuando era solo un niño, pero Hera, la esposa de Zeus, que no veía con buenos ojos a un hijo nacido de otra diosa, aprovechó la envidia de los Titanes por la dignidad regia concedida a Dioniso, para instigarlos a que atacaran al niño (OF 296-300). Los Titanes eran hermanos de Crono y por ello pertenecían a las generaciones primigenias de dioses que habían sido privados del poder y no acababan de resignarse a su suerte. Dispuestos a tomar venganza del niño, los Titanes lo engañaron con diversos juguetes para matarlo, lo desmembraron, lo cocieron y lo devoraron (OF 301-317). El sacrificio de Dioniso se convierte así, en la doctrina órfica, en paradigma del sacrificio cruento, que, como sabemos, rechazaban. Zeus, como castigo, los fulminó con el rayo y de la mezcla del fuego del rayo, de las cenizas y de la sangre de los Titanes con la tierra en que cayeron, surgieron los seres humanos.

       Del origen de los hombres, que de este relato se desprende, y en esto seguimos al profesor Bernabé[i], se pueden sacar varias consecuencias: a) dado que los hombres proceden en parte de los dioses (Dioniso y los Titanes lo son) y en parte de la tierra, adoptan una doble naturaleza, una inmortal y divina, el alma, y la otra mortal y corruptible, el cuerpo; b) también el alma humana tiene un componente divino positivo, de origen dionisíaco, y otro negativo, herencia de los soberbios y poderosos titanes, los que precedieron a los doce dioses olímpicos, los que capitaneados por Zeus fueron vencidos en la Titanomaquia o guerra de los Titanes/Titánides; c) el alma de los hombres, anterior a la génesis de la especie, fue contagiada por el crimen de los titánidas, una gravísima mancha que los hombres reciben de sus progenitores y que debía ser expiada por medio de algún sacrificio. La purificación del alma humana, por la magnitud del crimen cometido, durará un largo espacio de tiempo, que excede el trayecto de una sola vida. De ahi que la incorporación del alma a un cuerpo, la expiación y purificación a la muerte de éste, sea repetitiva por cuantas veces sean necesarias hasta alcanzar la liberación; se trata de la metempsícosis o transmigración de las almas que van y vienen del Más Allá a nuestro mundo y viceversa. El alma, en sus existencias terrenales, los cuerpos en los que se encarnan son como sepulcros, hasta que alcanzan definitivamente la liberación.
            Para los órficos, todo hombre debe ser iniciado en los misterios dionisíacos, llevar una vida de rigurosa pureza sin contaminarse con seres muertos y participar en determinados ritos hasta lograr la liberación final y poder llevar una vida dichosa y llena de felicidad (εὐδαιmon o plenitud de ser) en el Más Allá. Los ritos religiosos órficos (τελεταί) son actos de desagravio por los daños causados por los Titanes/las Titanides, por un lado, a Perséfone, hija de Zeus y de Deméter, que fue raptada por su tío Hades, con la complicidad de su padre Zeus, y se convirtió en reina del Inframundo, y por otro, al mismo Dioniso[1], descuartizado, cocido, asado y devorado por los Titanes, dios que tuvo que volver a nacer, parido por Zeus de su propio muslo.
            A principios del siglo XX, se pone en cuestión la existencia de este mito que fundamentaba las creencias órficas, aunque posteriormente se rectificó[ii].
                                                                A.T.T.
Nota del autor.
Uno de los amores de Zeus fue Ío, que era sacerdotisa precisamente de la diosa Hera en Argos. Se dice que, para seducirla sin que se diera cuenta su esposa, Zeus se metamorfoseó en nube. Después Zeus, temiendo los celos de Hera, convirtió a Ío en ternera blanca. Pero, a pesar de todas estas precauciones, Hera sospechó y le exigió a su esposo que le entregara aquel precioso animal. Una vez en su poder, para que Zeus no se volviera a acercar a su amante, la sometió a la férrea vigilancia del guardián Argos, el de los cien ojos, quien siempre tenía abiertos cincuenta, mientras los cincuenta restantes dormían. Pero esta situación no duró mucho, porque Zeus, apiadado de la joven, envió al mensajero de los dioses para que matara al guardián. Hermes consiguió matar a Argos tras haberle dormido con su mágico caduceo los cincuenta ojos que permanecían vigilantes.
            Hera, al enterarse de lo ocurrido, rindió un último homenaje a su fiel servidor colocando sus cien ojos en la cola del pavo real, animal consagrado a la diosa. Y, por otro lado, hizo que un tábano persiguiera a la pobre ternera-Ío, que, huyendo del insecto, fue a parar a Egipto, donde finalmente cesaron sus tormentos y pudo dar a luz al hijo concebido con Zeus: Épafo, futuro rey de Egipto. Épafo se casó con Menfis, hija del río Nilo, y juntos engendraron a Libia, que tuvo un hijo con Poseidón: Agénor

            El rapto de Europa: Agénor y su esposa Telefasa reinaron en Fenicia y tuvieron cinco hijos: Cadmo, Fénix, Cílix, Taso y Europa. Todo iba bien hasta que un día la princesa Europa, jugando en la playa de Tiro con sus amigas, vio un precioso toro blanco y manso en la orilla y se subió a su grupa. El toro, que no era otro que Zeus metamorfoseado, se lanzó al mar sin que a Europa le diera tiempo a reaccionar y no le dejó bajar hasta que llegaron a la isla de Creta, donde la dejó embarazada de Minos, Radamantis y Sarpedón. Cuando el rey Agénor supo de la desaparición de su hija, ordenó a sus cuatro hijos varones que fueran en su busca y que no regresaran con las manos vacías.

            Cadmo y la fundación de Tebas: El primogénito, Cadmo, partió en dirección a Grecia y buscó infructuosamente a su hermana durante muchos años. Desesperado y agotado, decidió acudir al oráculo de Delfos, para preguntarle a Apolo dónde se hallaba Europa. Para su sorpresa la Pitia no respondió exactamente a su consulta, sino que le aconsejó que, al salir del oráculo, siguiera la primera vaca que viera y que allí donde ésta se desplomara por agotamiento fundara una ciudad. Algo aturdido por la respuesta, salió del templo y vislumbró una vaca que se había alejado del rebaño. Ni corto ni perezoso empezó a seguir al animal, como le había ordenado la Pitonisa. La vaca recorrió toda la Fócide y prácticamente toda Beocia sin detenerse, pero, de pronto, cayó desplomada. Cadmo envió a sus sirvientes a por agua a la fuente más cercana, para poder purificarse y realizar los ritos fundacionales, pero, al observar que sus hombres no regresaban, se dirigió él mismo a la fuente. Allí se encontró con un panorama desolador, un dragón hijo del dios Ares había devorado a sus sirvientes, pero Cadmo le hizo frente y consiguió matarlo. La diosa Atenea se le apareció inmediatamente a Cadmo y le aconsejó que le arrancara los dientes al dragón y los sembrara en la tierra. El hijo de Agénor obedeció y, al instante, nacieron de la tierra los “Espartoi”, es decir, los “Hombres sembrados”. ¡Sorprendente nacimiento!

            Eran hombres tan violentos y fuertes, que, en cuanto se vieron las caras, empezaron a matarse los unos a los otros. Cadmo, atónito, intentó poner paz entre ellos, pero sólo consiguió salvar a cinco: Equión, Udeo, Ctonio, Hiperenor y Peloro. Por fin Cadmo, con la ayuda de estos “espartoi”, pudo fundar una ciudad, Tebas, y construir su ciudadela o acrópolis, a la que llamó la Cadmea. Sin embargo, antes de reinar en ella hubo de expiar la muerte del Dragón de Ares poniéndose al servicio del dios durante ocho años. Una vez cumplida esta penitencia, los dioses, para compensarlo de tantos sufrimientos, le dieron por esposa a la bella Harmonía, hija de Afrodita y Ares, y ambos, por fin, pudieron reinar en Tebas. Cadmo y Harmonía tuvieron seis hijos: Autónoe, Ino, Ágave, Sémele, Polidoro e Ilirio.

            Zeus y Sémele: Pero, una vez más, todos los problemas comenzaron cuando Zeus se enamoró de Sémele. En cuanto Hera se enteró de que su esposo visitaba a la joven todas las noches, se hizo pasar por anciana y le aconsejó que desconfiara de su amante, que, si de verdad era un dios, se lo demostrara. Sémele, que hasta el momento no había dudado de la palabra de su amado, empezó a recelar. Cuando esa misma noche se presentó Zeus en su casa, ella le pidió que se le mostrara como dios. Zeus intentó negarse, pero tal fue la insistencia de la muchacha, que no le quedó más remedio que mostrarse en todo su esplendor. Como era el dios de los rayos y de los truenos, la pobre Sémele cayó fulminada por uno, pero Zeus consiguió al menos salvar a la criatura que la princesa llevaba en su seno: le abrió el vientre, extrajo el feto de siete meses y se lo introdujo en su propio muslo, para que allí pudiera completar la gestación…Y, en efecto, dos meses después, del muslo de Zeus nació el pequeño Dioniso.

            Pero los primeros años de vida de Dioniso no fueron fáciles. Para protegerlo de los celos de Hera y de la maledicencia de sus tías, que habían extendido el rumor de que el amante de Sémele había sido un simple mortal, Zeus envió al pequeño fuera de Grecia. A medida que fue creciendo, lo fueron reconociendo como dios en toda Asia, pero, deseoso de ser reconocido en su patria, se dirigió a Tebas.

            Durante su ausencia, Polidoro, el hijo de Cadmo, había sucedido en el trono a su padre y, tras su muerte, su sobrino Penteo, hijo de Ágave y el “espartós” Equión, ocupó la regencia, pues Lábdaco, hijo de Polidoro y sucesor legítimo, era demasiado pequeño.

            En cuanto Dioniso llegó a Tebas, las mujeres, incluída Ágave, hermana de Sémele y madre de Penteo, cayeron rendidas a su poder y, en trance, empezaron a celebrar los ritos báquicos en el monte Citerón. Luego el dios haciéndose pasar por extranjero intentó convencer a Penteo de que le rindiera culto, pero éste se negaba. Mas, cuando Penteo se enteró de lo que sucedía por las noches en el monte, no pudo evitar  ir a espiar y Ágave, que se hallaba en éxtasis báquico, al verlo, lo confundió con un animal y descuartizó a su hijo con sus propias manos. Esta terrible historia nos la recrea Eurípides en una impresionante tragedia: Bacantes. [...]

            Cf. Tenorio Tenorio, Alejandro, La aniquilación de casa de los Labdácidas en Antígona, Madrid, Trabajo de Investigación de Doctorado, texto inédito, dirigido por Dra. Dña. Eva Aladro Vico,  Facultad de Ciencias de la Información, UCM, 2010.





 
 
 
 




     



[1]. Se han señalado tres variantes del mito esencialmente en lo referente a la muerte y vuelta a la vida de Dionisio.



[i]. Bernabé, A., op. cit., 2011, págs. 146-14.
[ii]. Entre otros, Wilamowitz-Moellendorff, 1931; Linforth, 1941; Dodds, 1951. Posteriormente volverán a defender la existencia del orfismo Burkert, 1985, 297 s. y Sorel, 1995, entre otros, todos citados por Bernabé, "El mito órfico de Dioniso y los Titanes", en Bernabé, A. y Casadesús, F., op. cit.,  2008, págs. 591 y ss. Cap. 27.