El sueño de la razón produce monstruos

sábado, 21 de abril de 2012

Baltasar Gracián: antecedentes politicos y religiosos (II)


Martín Lutero (vid. *31 de octubre de 1517: Martín Lutero manifiesta sus tesis sobre la reforma de la Iglesia) tuvo intención de hacerse abogado, pero a los 21 años decidió hacerse fraile empujado por el terror, la agonía y el pánico que le inspiraba la idea del castigo de Dios después de la muerte. Cuando en 1507 fue ordenado sacerdote y celebró su primera misa, se vio completamente inundado por un espantoso sentimiento de culpa, un temor al castigo de Dios y una desesperación absoluta al darse cuenta de que jamás podía vivir una vida tan perfecta como para agradar a Dios.
      En 1509, a los 26 años fue trasladado desde Erfurt al monasterio agustino de Wittemberg, en Sajonia, uno de los más o menos trescientos estados (algunos casi diminutos) que componían el Sacro Imperio Romano. Este Imperio era en realidad el Imperio Alemán, se había creado siglos atrás y, según sus creadores, era una continuación del Imperio Romano. Cada uno de sus estados principales estaba gobernado por un príncipe, siete de los cuales, los llamados Electores, se encargaban de elegir al Emperador que gobernaba el Imperio entero.
      En la época de Lutero el emperador era Maximiliano, al que sucedió en 1519 su nieto Carlos, que ya era rey de España. La propia Sajonia estaba gobernada por el elector Federico el Sabio, cuyo apoyo, y el de sus sucesores, los electos Juan y Juan Federico, así como el de otros príncipes, influyó tanto en el éxito de Lutero y en la expansión de la Reforma.
      Visitó Roma y quedó escandalizado. Muerto Juan Stanpitz, le sucede Lutero, ya doctor en teología. Se dedicó a estudiar las cartas de San Pablo, la Carta a los Romanos y la Carta a los Gálatas; anteriormente había aprendido griego y hebreo, por lo que podía leer tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento en las lenguas en que fueron escritos, en vez de utilizar la traducción al latín de la Vulgata.
     Cada vez que leía a los Romanos, volvía a luchar contra su espantoso terror a Dios. En el capítulo I, versículo 17, decía: “Porque en él (el evangelio) se revela la justicia de Dios, pasando de una fe a otra fe, según está escrito: el justo vive de la fe”.Lutero odiaba esa frase, “la justicia de Dios” porque pensaba en un Dios justiciero que castigaba a los hombres por sus pecados. Pero un día leyendo ese versículo de los Romanos (“el justo vive de la fe”), lo interpretó como que Pablo quería decir que no era que los cristianos tuvieran que esforzarse continuamente intentando ser buenos, sino que si de verdad tenían fe en Dios y confiaban en El, Dios les salvaría. Por consiguiente, tanto la fe del hombre como la justicia de Dios son regalos que Él nos ha entregado y no pueden ganarse ni por medio de las buenas obras, ni ayunando, ni dando dinero a los pobres y ni siquiera rezando o recibiendo los sacramentos de la Iglesia. Esta es la fe que, a partir de entonces, dominaría la vida de Lutero y que quiso compartir con el resto de la Iglesia. (O´Neill, Judith, 1984, págs. 8 y ss.).
    Lutero no era sólo catedrático en la universidad, sino que predicaba también en la iglesia parroquial de Wittenberg. Ahora que había cambiado sus miedos por una nueva fe y confiaba en Dios, empezó a criticar algunas prácticas de la Iglesia y en particular el abuso frecuente que se hacia de las bulas.
    En 1507, el Papa León X decretó una bula especial de jubileo para la reconstrucción de la basílica de San Pedro, en roma, y en 1513 volvió a repetir la operación. La mitad del dinero de la venta de bulas en Alemania iba a parar directamente al Papa y la otra, también iba al Papa, como pago de la enorme deuda contraída con él por el joven arzobispo Alberto de Maguncia (de 24 años), príncipe y hermano del electo de Branderburgo, por las dispensas especiales que el Papa le había otorgado para que mantuviera tres de los principales arzobispados de Alemania a la vez. Los banqueros Fugger le prestaron el dinero a cambio de unos intereses. Así pues, el arzobispo Alberto estaba ansioso por vender todas las bulas para quitarse las deudas e intereses y designó al fraile dominico Juan Tetzel.
    Lutero estaba seguro de que el perdón de Dios era absolutamente gratuito y no podía ver como la Iglesia se enriquecía a costa del miedo de la gente al castigo divino. Tetzel encendía los ánimos en las llamas del purgatorio (vid. il. nº. 10 del Anexo I). En 1517, Lutero decidió protestar por la venta de bulas y para ello envió al arzobispo Alberto una lista de la Noventa y cinco tesis (o argumentos) contra las bulas; luego cogió otra copia y la clavó en la puerta de Wittenberg el 31 de octubre del mismo año. Ellas fueron la chispa que inició la Reforma, aunque las causas de la Reforma son muy numerosas y complejas.
    El punto principal expuesto por Lutero era que sólo Dios, y no el Papa ni los sacerdotes, podían perdonar los pecados, y que el perdón de Dios no se lograba con dinero. Las tesis estaban escritas en latín y pronto se tradujeron al alemán y se imprimieron centenares de copias en las imprentas recién inventadas y en pocas semanas, el nombre de Lutero y sus ideas ya las conocían toda Alemania.
     Las autoridades eclesiásticas en Roma se sintieron alarmadas, y tras un informe del arzobispo Alberto, Roma pidió a los agustinos que se ocuparan de él y los dominicos, con Tetzel a la cabeza, le acusaron formalmente de herejía ante el tribunal de Roma. Antes, Tetzel le contestó en enero de 1518, con sus antítesis defendidas en la Universidad de Francfort del Oder, quien había predicado previamente, respecto a las indulgencias, una doctrina que defendía “que tan pronto como el dinero entraba en el cepillo, el alma a la que se dedicaba la indulgencia salía del suplicio”. La polémica alcanzó una expectación increíble; los estudiantes de Wittenberg, calurosos partidarios de Lutero, quemaron calurosamente las antítesis de Tetzel. Roma ordenó a Federico el Sabio (elector de Sajonia) que permitiera a los agustinos arrestar a Lutero pero no aceptó y Lutero fue interrogado en Augsburgo por el cardenal Cayetano, legado del Papa; más tarde, en 1519, y en Leipzig, se enfrentó al doctor Juan Eck que le acusó de apoyar las ideas del famoso hereje de Bohemia Juan Huss, quemado en la hoguera 100 años antes
     En 1520, Lutero publica tres manifiestos considerados hoy los tres documentos más importantes de la reforma:
         1º. “A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana”. En él se dice que todos los cristianos eran iguales y que los obispos y monjes no tenían un estatuto espiritual más elevado que el resto de la gente; también decía que el Papa no tenía ningún derecho a decidir el significado de la Biblia, pues, según él, este derecho pertenecía a toda la comunidad cristiano. Decía, además, que había que permitir que los sacerdotes se casaran y que había que reformar las universidades para que, en vez de la filosofía de Aristóteles, los estudiantes aprendieran las lenguas de la Biblia (griego y hebreo), matemáticas e historia, y que los niños aprendieran la Biblia en la escuela. En él también designaba al papa como Anticristo.
         2º. “Sobre el Cautiverio Babilónico de la Iglesia”, que trata de los sacramentos. Lutero pensaba que la Iglesia estaba esclavizada por el complicado sistema de normas y prácticas sacramentales, así como por los clérigos que los administraban, y los comparaba con la época que los israelitas habían tenido que pasar en el exilio, cautivos en Babilonia. Niega los siete sacramentos católicos, y los reduce a tres: bautismo, penitencia y el pan (Santa Comunión o la Cena del Señor, como acabaron llamándolo los reformistas. Mas tarde, decidió que la penitencia tampoco era un sacramento, aunque sí una práctica valiosa. Insistía en que Jesús solo había ordenado dos sacramentos, “el bautismo y el pan”, pero el más importante era el bautismo; para él, el bautismo era una señal de que Dios estaba siempre dispuesto a perdonar; el bautismo significa dos cosas:”la muerte y la resurrección”; esa es una justificación plena y completa.
         3º. “Respecto a la Libertad Cristiana”. Volvía a exponer su gran descubrimiento de los Romanos; decía que los cristianos, si tenían fe en Jesucristo, recibían libremente la bondad de Dios y que lo único que tenían que justificar era la fe. Este grito de “sola fide” (solo a fe) es una de las claves del pensamiento luterano y también de la revolución que encabezó contra la Iglesia Católica. Creía que la Iglesia, con inmenso poder en el mundo occidental, había aprisionado el perdón de Dios en un rígido sistema de reglas, leyes y poder político, y él quería volver a lo que estaba seguro que era el sencillo mensaje de esperanza del Nuevo Testamento: que la gente no tenía que “ganarse” la salvación por medio de las “buenas obras”, ni tampoco ayunando o siguiendo reglas. Primeramente venía a la fe, luego el libre perdón de Dios y a esto le seguían de manera natural las “buenas obras”. Según escribió: “De la fe surge el amor y la alegría en el Señor”, y del amor nace un espíritu alegre, servicial y libre, dispuesto siempre a servir a sus vecinos con libertad... “Yo me entregaré como un Cristo a mi vecino, al igual que Cristo se ofreció a mí”.
     Las gentes que leían la doctrina de Lutero en estos tres manifiestos, uno sobre la igualdad de los cristianos, otro sobre los sacramentos y otro sobre la justificación por la fe, se sentían lieberados. Mas tarde, las iglesias luteranas y reformistas se cargaran de nuevo de ansiedad y restricciones.
     1520 será también el año de la bula romana contra Lutero, la Exurge Domine (mayo); pero también el de la coronación de Carlos V (octubre), y que había de preceder naturalmente a una intervención imperial contra Lutero. En agosto, Eck llevaba la bula Exurge Domine a Alemania. La impopularidad de Eck, como rival de Lutero, provocó que no solo Universidades como Wittemberg y Erfurt se opusieron a su cumplimiento, sino que incluso hizo vacilar a prelados como el arzobispo de Salzburgo y a nobles tan arraigadamente católicos como los duques de Baviera. En este ambiente, Lutero quemó públicamente la bula pontificia el 20 de diciembre del mismo año ante un gran gentío, en Wittemberg, considerándose como elegido de Dios para luchar contra Roma: “Porque tú has contristado al Santo del Señor, así te contriste y consuma a tí el fuego eterno”. Era la abierta ruptura con Roma. Al Papa sólo le quedaba poner su defensa en manos del nuevo emperador. Pero Carlos V, coronado recientemente en Aquisgrán, no podía actuar sin plantear el problema en la primera Dieta de su Imperio, la de Worms (vid.  1521 * enero: Inauguración de la Dieta de Worms, Anexo II de este trabajo). Por otra parte, también Lutero había acudido a él, esperando conseguir su apoyo frente a León X, confiado quizá en la enemistad que el papa había manifestado contra Carlos durante las elecciones imperiales. 
     Pero Carlos V, educado en el ambiente piadoso de su tía Margarita, con su preceptor y teólogo Adriano de Utrecht -luego Adriano VI- , tenía my presentes sus deberes para con la Iglesia, como jefe supremo del Sacro Imperio Romano Germánico. El nuncio pontificio Alcander consiguió de Carlos V que en los Países Bajos se cumpliese inmediatamente la bula pontificia contra Lutero y sus escritos, quemándose públicamente los libros luteranos en Lovaina y en Lieja. Sin embargo, las acciones del Emperador en Alemania fueron menos eficaces porque su poder se vería limitado por la Dieta y los príncipes. Aun así, intentó poner remedio en la cuestión luterana en la Dieta de Worms.(Fernández Álvarez, 1996, pág. 734).
     Ni la dieta de Worms (1521), ni la de Spira (1529), ni la de Augsburgo (1530), ni el Concilio de Trento, ni la victoria de Muhlberg (1547) pudieron restablecer la unidad política y espiritual de Alemania. En 1555, la paz de Augsburgo tuvo que reconocer la existencia de dos confesiones (la luterana y la católica) y sancionar las secularizaciones llevadas a cabo antes de 1552. (Bennassar, M.B. et al., 1994, pp. 181 y ss.).

Baltasar Gracián: antecedentes literarios y religiosos (I)


               Baltasar Gracián: antecedentes literarios y religiosos (I)

                   Humanismo y Renacimiento
            El movimiento humanístico se había iniciado en Italia en el siglo XIV, con el impulso genial de Petrarca. Se extiende en el siglo XV y Europa sufrirá hondas conmociones en el siglo XVI con la Reforma protestante y con el Humanismo.  Por otra parte, los grandes humanistas italianos (Petrarca, Valla, Poliziano, etc.), junto con Erasmo, que escriben normalmente en latín, aunque algunos componen obras en su lengua materna, son los maestros intelectuales de Europa. (Lázaro Carreter, F. y Tusón, V., 1988, págs.78 y 79).
            El Renacimiento es un movimiento europeo que a lo largo del s. XVI, aplica los ideales difundidos por los humanistas a todas las actividades culturales (bellas artes, literatura, historia, filosofía, etc.) e incluso políticas; significará  el redescubrimiento de la cultura clásica y la formación de una concepción antropocéntrica de la realidad. Los grandes viajes y descubrimientos -América en 1492- van acompañados de inventos fundamentales como la imprenta, la brújula y la pólvora: estas dos últimas hicieron en verdad posible tanto la llegada al Nuevo Mundo como su conquista por los españoles. Es una época de optimismo, en que se piensa que el hombre es la medida de las cosas. El universo y la naturaleza parecen estar a disposición del hombre, el cual, con la ciencia y la técnica se cree capaz de dominarlos primero y de organizarlos después racionalmente. El racionalismo, pues, será un rasgo distintivo de la nueva época, y al lado de ello, de acuerdo con el individualismo y el personalismo burgueses, el psicologismo del uomo singolare. Surge el gran tema de la “dignidad del hombre”, que representa el paso del dogmatismo medieval al relativismo renacentista, y de la secularización de la sociedad y de la cultura. El intelectual renacentista se halla, por un lado, poseído del orgullo y la conciencia de su valor, y si bien por una parte se inclina en su interés hacia el pueblo, como indican sus defensas y usos de la lengua vulgare o de los refranes populares, por otra se siente muy superior a todos por sus conocimientos clásicos, filosóficos, etc.
            El espejismo de un imperio humanista, que el erasmismo ejemplifica de un modo tan claro, hace que los intelectuales apoyen con decisión a Carlos V y lo que el representaba al principio. El desengaño se produce al comprobar que el Imperio no es ni será lo que ellos pensaban, sino que actúa más y más sus características absolutistas y centralizadoras. El humanista se refugia entonces en una torre de marfil erudita y científica, en una ensoñación marginada: en 1516 aparece la Utopía de Tomás Moro, a la que seguirán otros textos confusamente socializantes. La exaltación de la vida del campo es un fenómeno semejante y supone un contraste idílico y falaz de la vida urbana, brutal y también deshumanizadora.
             Pax et unanimitas
            El humanista del siglo XVI más influyente fue el holandés Erasmo de Rotterdam (1467-1536), de cuyas obras más famosas se hicieron centenares de ediciones en el siglo XVI. En España, poco después de la muerte, en 1538, del Gran Inquisidor erasmista, Manrique, sus libros quedaron prohibidos e incluidos en el Index de 1559, a pesar de que anteriormente sus ideas y doctrinas tuvieron una gran influencia; las traducciones de sus obras fueron abundantísimas, su fama y popularidad alcanzaron límites insospechados, y el asunto llegó incluso al campo de las frases proverbiales: “El que habla mal de Erasmo, o es fraile o es asno”. Príncipes de la Iglesia, el Inquisidor General Manrique, intelectuales, cortesanos, se agruparon en torno a la ideología renovadora del holandés.
            Hijo natural de un clérigo, se hizo fraile sin especial  inclinación monástica, aunque siempre irreprochable cristiano. Se educó con los llamados “Hermanos de la vida común”, una organización laica caracterizada por la vuelta a la pureza evangélica. Ingresó en un convento de agustinos y en 1492 fue ordenado sacerdote. Eludió luego el claustro para vagar por los centros de estudio -sólo en 1515 consigue regularizar su exclaustración-; viajó por toda Europa y llevó una vida errante.
            La época humanística, editorialmente hablando, era más dada a los manuales, a las síntesis y a los “digestos” que a los grandes tratados sistemáticos -las viejas sumas-: Erasmo acierta en 1500 (París), con sus Adagia, colección de 800 proverbios latinos comentados con gran exhibición de saberes clásicos. En sucesivas ediciones los Adagios llegarán a ser más de cuatro mil: era un “best-seller” de uso necesario para todo hombre de letras.
            Su segundo éxito es el breve Enchiridion milithis christiani (1504) -Manual del caballero cristiano-, que en griego significa a la vez “manual” y “puñal”; 30 ediciones en 20 años alcanza esta obrita; guía del caballero cristiano, escrita a petición de una señora que deseaba enderezar discretamente a su marido. En sus 22 reglas -más moralizantes que fervorosas- Erasmo usa, junto a los ejemplos de santos, los de paganos virtuosos: la gran novedad es que su modelo de vida cristiana ya no es la monástica, “monachatus non est pietas”, aunque todavía no use el concepto de “secularidad”.
            Defensor de una religiosidad pura y escueta, desprovista de ceremonias exteriores y de hipocresías, Erasmo propugnaba, simplemente, la secularización del cristianismo, un humanismo tan clásico como cristiano, que sirviera, al propio tiempo, para llevar a cabo una auténtica reforma política y social, conducente, en fin, a la construcción de un estado universal y pacífico: Pax et unanimitas (“Paz y concordia o armonía” podría ser el lema erasmista).
            Este tema formará parte de su tercer gran éxito, el también breve Moriae enkomion, id est stultitiae laus (“Elogio de la locura, esto es, Encomio de la Estulticia, 1509), tomando Moria en juego de palabras con el apellido del dedicatorio de la obra, Thomas More (Tomás Moro), autor de la Utopía. Allí el personaje Stultitia afirma ser la sal de la tierra, y va poniendo en solfa una serie de costumbres y estamentos -incluidas las creencias en reliquias: “El prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma y en Burgos, y también en Nuestra Señora de Anversia... Pues de palo de la cruz dígoos de verdad que si todo lo que dicen que hay della en la cristiandad se juntase, bastaría para carga una carreta. Dientes que mudaba Nuestro Señor cuando era niño, pasan de quinientos los que hoy se muestran solamenta en Francia. Pues leche de Nuestra Señora, cabellos de la Magdalena, muelas de San Cristóbal, no tienen cuento.” (Blanco Aguinaga, Carlos, et al., 1978, pág.207) y milagros, así como los teólogos y los frailes mendicantes-, para culminar su no muy rectilínea trayectoria con la exaltación de la “locura” de la cruz, en términos de San Pablo. Se ha dicho que esta obra contribuyó mucho a preparar la Reforma.
            En 1516 Erasmo publica una versión latina del Nuevo Testamento, junto con el texto griego cuidadosamente depurado. Para entonces Erasmo es ilustre universalmente, invitado a todas partes; recibe y rechaza la propuesta de trasladarse a España, a la universidad de Alcalá de Henares recientemente fundada por el Cardenal Cisneros y donde en 1517 se termina la Biblia Políglota Complutense con la colaboración de Nebrija y todo un equipo de doctos en que abundaban los erasmistas; “Non placet Hispania”, manifestó. A pesar de ello, sus ideas y doctrinas continuaron desarrollándose poderosamente en España, llegando a influir en la mística heterodoxa de los alumbrados y atrayendo la sensibilidad de los conversos peninsulares.
            En 1517, Erasmo se instala en Lovaina y se acercará a la corte de Carlos de Gante, luego Carlos I de España y futuro emperador a quien dedicó algunas de sus obras de carácter educativo. Todo parece sonreír a Erasmo y a sus ideas de renovación y concordia universal, al tiempo en que Lutero comienza su labor de la Reforma. Sus cartas serán acontecimientos que enorgullecen a sus destinatarios entre los cuales está el Papa: Erasmo no se dignó aceptar luego el capelo cardenalicio. Así del mismo 1517 es la famosa carta a Capito en que expresa su optimismo ante el momento histórico, no sólo porque los reyes de la cristiandad parezcan haber encontrado la paz, sino por el florecimiento de las letras en sentido humanístico.
            De 1516 es la primera edición de los Colloquia, en que, bajo la apariencia ligera de unos ejemplos de conversación para ejercitarse en latín, va presentando Erasmo temas de gran interés para la mente de su tiempo, con tono mesurado salvo cuando ataca a los barbari escolásticos con su uso abstracto del latín; uno de los Colloquia se titula Merdardus, que con tan maloliente nombre bautiza a un fraile imaginado como figurón ridículo.
            En la siguiente década, Erasmo se va encontrando ante una nueva situación: el humanismo bíblico se transforma en libre interpretación. Todavía con Melanchton el humanista luterano, le será fácil prolongar la buena relación, pero con el propio Lutero, aunque al principio le defiende y, a la vez, le quiera envolver suavemente con su habitual espíritu de tolerancia y de paz -Querela pacis (“Demanda de paz”), era una de sus últimas obras-, cuando llegan a discutir de lo esencial, en torno al tema del “libre albedrío”, se encuentra con una discrepancia radical, un auténtico diálogo de sordos. Erasmo en su vejez, se encuentra apedreado por los dos bandos y desbordado por la marcha de los tiempos, que no puede entender. (Valverde, José María, 1984, págs. 556 y ss.; Blanco Aguinaga, Carlos et al., 1978, págs. 198 y ss.).
             Erasmo y España
             Los vínculos entre España y Flandes eran todavía recientes cuando Carlos se convirtió en duque de Borgoña primero, y en rey de Castilla y Aragón después. Vínculos basados en intereses económicos (la lana de Castilla), tanto o más que sobre una alianza dinástica por los matrimonios arriba mencionados. La influencia de la Universidad de Lovaina, fundada en 1425, se extendió rebasando los límites de los Países Bajos. En Flandes surge en el siglo X el movimiento de los Hermanos de la vida común que defendían una profunda reforma -antes de la Reforma luterana- de la práctica religiosa y de la espiritualidad.
            En el XVI, Erasmo de Rotterdam, el príncipe de los humanistas, influyó en el pensamientos de los humanistas europeos, tales como el español Luis Vives, establecido en Brujas y que introdujo sus ideas a la península. La influencia de Erasmo, cuyas obras principales -los Coloquios, el Enquiridión- se traducen al castellano en los años 1523-1530. La ideas del humanista holandés gozan entonces de una protección casi oficial: el canciller Gattinara, el secretario Alfonso de Valdés, el mismo emperador, los arzobispos de Toledo y de Sevilla, este último siendo al mismo tiempo inquisidor general, se muestran partidarios entusiastas de sus libros, hasta tal punto que el erasmismo da entonces la impresión de estar a punto de transformarse en la doctrina oficial de España: llamamiento a una reforma de la Iglesia por iniciativa del emperador, cristianismo interior, reforma del clero son temas que se comentaban entre los humanistas y en la joven Universidad de Alcalá de Henares. Pero con motivo de la persecución contra los alumbrados (seguidores del iluminismo: cristianismo interiorizado, negación del libre albedrío, antiintelectualismo, un cristianismo en el que Cristo ocupa un lugar secundario, sin sacramentos ni culto exterior; todo lo reducen a abandonarse a Dios) y la muerte de los principales amigos que contaba Erasmo en las altas esferas gubernamentales  (Gattinara, Valdés...), a partir de 1535, el erasmismo ya no goza de la protección oficial de la corona. (Pérez, J., 1998).

                 Los alumbrados
            Para comprender el carácter del erasmismo español hay que verlo también en un movimiento espiritual más vasto, que la Inquisición trató de contener: el de los “alumbrados, dejados o perfectos”; en este movimiento se ve al erasmismo mezclado con el iluminismo de forma inextricable, de modo tal que el iluminismo se hace mucho más comprensible a la luz del movimiento erasmista. Las tendencias de los alumbrados ofrecen analogías evidentes con las de la gran revolución religiosa que conmueve por entonces a Europa, tendencias que de forma engañosa suelen resumirse con términos como protestantismo o reforma.
            Al leer el Edicto inquisitorial de 1525 contra los alumbrados de Toledo, se registra el rumor público que acusa a los alumbrados de formar conventículos y de distinguirse del común de los fieles. El iluminismo español es, en sentido amplio, un cristianismo interiorizado, un sentimiento vivo de la gracia. Se expresa de distintas formas y surgen tendencias rivales como la del recogimiento. El iluminismo, en sus distintas ramas,  invocaba la inspiración divina e iba en contra del formalismo religioso; desestimaba el culto de las imágenes, como signo de idolatría, y la adoración de la cruz; además defendían una gran libertad de juicio respecto a la vida monástica, rechazaban las bulas de las indulgencias, las excomuniones, los ayunos y abstinencias y la confesión auricular; si se piensa que el evangelismo decisivo de los alumbrados margina la doctrina de los santos, pretendiendo conocer nada más que la Sagrada Escritura, se comprende que la Inquisición se alarmara de la propaganda de los “alumbrados o dejados”. (Bataillon, Marcel, 1966, págs.173 y ss.) y la del alojamiento. Tanto los recogidos como los dejados tienen en común que dan la espalda a la devoción triste, inquieta, que evoca con todo detenimiento los sufrimientos del Crucificado para llorar por ellos. “Quitar el temor y poner seguridad” es uno de los rasgos que enlaza el iluminismo con el luteranismo.
            Una de las características sociales que más destaca en el iluminismo es el papel capital que en él desempeñan algunas mujeres, como la Beata de Piedrahita, hacia 1509; estas mujeres tienen fama de estar alumbradas por el Espíritu Santo; si no tienen éxtasis como aquélla, todos admiran la profundidad con que comentan la Escritura sin saber latín ni teología; estas “siervas de Dios” llevan a cabo verdaderas curaciones espirituales.
            El iluminismo, hacia 1525, según todos los documentos encontrados, dice Bataillon, podrá ser cualquier cosa menos una aberración espiritual o una doctrina esotérica. Tanto el iluminismo como la revolución religiosa tiene sus raíces en la devotio moderna de la última Edad Media; el iluminismo continúa la espiritualidad que floreció bajo el patrocinio de Cisneros.
            Las persecuciones tardaron años en gestarse y coinciden con la partida de la Corte para la coronación de Bolonia; pero no fueron una consecuencia de una condena  lanzada por la Inquisición contra el pensamiento de Erasmo.  Defienden a Erasmo, o mejor dicho, la verdad cristiana, todos los teólogos de Alcalá entre los que se encuentra Carranza. Francisco de Vitoria fue encargado de exponer los textos sospechosos. La disolución de la asamblea de Valladolid es, si no una victoria definitiva para los erasmistas, sí al menos un fracaso para sus adversarios. Más de una vez los lectores de Erasmo, denunciados a la Inquisición, defenderán a su autor preferido diciendo que sus escritos han sido examinados por una comisión de teólogos en Valladolid y nada herético han encontrado en ellos; y algunos no dejaran de invocar las cartas cambiadas entre Erasmo y el Emperador. (Bataillon, M., 1966, 242 y ss.). Cada erasmista está a merced de una denuncia por iluminismo o por luteranismo porque recoge alguna palabra  imprudente dicha por ellos y hacerla coincidir con esas herejías ya condenadas era muy fácil. Pensemos en el arzobispo Carranza. (Bataillon, Marcel, 1966, 166 y ss. y 432 y ss.).



jueves, 19 de abril de 2012

Con la Virtud fingida, ¿Delenda est Monarchia?

Uno de los conceptos que unen ostentación y disimulación es el hacer parecer. Así el parecer es un sema común a la ostentación y a la disimulación, que a la vez se conexiona con la importante oposición de parecer y ser.
El texto: “las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen” aparece con otras redacciones en la obra de Gracián.
Bajo esa misma afirmación podemos leer: “no te aborrecen a tí por ser malo, que no por cierto, sino porque lo pareces” (El Criticón, I, ObrCpl pág. 479a).
Ese mismo pensamiento es ampliado con una explicación, que no es más que una valoración a favor del ser: “dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo, que esto no es murmurar, sino hazer justicia” (El Criticón, III, ObrCpl pág.702a).
Es evidente la complejidad que se establece entre parecer y ser cuando se constata: “hay tales ocasiones que el mejor saber consiste en mostrar no saber; no se ha de ignorar, pero sí afectar que se ignora” (Oráculo Manual, CCXL).
Gracián trata de concertarlos (parecer y ser) de forma que no estén en oposición uno de otro. El jesuita luego intenta solucionar la oposición de el parecer y el ser cuando se pregunta: “¿De qué servirá la realidad sin la apariencia?” (El Discreto, ObrCpl, pág. 324b) o en la formulación paradójica “para ser sabio, no basta parecerlo, menos parecérselo: aquél sabe que piensa que no sabe” (Oráculo Manual, ObrCpl, pág. 400b CCI).
A veces no se igualan estos dos conceptos sino que llegan a una relación de semejanza como en: “son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen” (Oráculo Manual, ObrCpl, pág. 400b CCI; El Criticón, II, pág. 349) o en formulaciones como “los más que parecen hombres, no lo son, sino diptongos” (El Criticón, III, ObrCpl pág. 729ª).
De ahí se explican frases como “los varones cuerdos aspiran antes a ser grandes que a parecerlo” (El Discreto, ObrCpl, pág. 410b) y postulados como “distingue luego entre realidades o apariencias” (El Discreto, ObrCpl pág. 338a) o “aspire antes a ser heroico que a sólo parecerlo” (Oráculo Manual, ObrCpl, pág. 419b, CCXCV).
Sin embargo el jesuita escribirá “hállanse de ordinario ser muy otras las cosas de lo que parecían” (Oráculo Manual, ObrCpl, pág. 388b CXLVI).
Esto se hace evidente en el concepto de virtud. Critilo, durante su permanencia en el reino de la Virtud aparente, pregunta: “con esta virtud fingida ¿podemos nosotros conseguir la felicidad verdadera? (El Criticón, II, ObrCpl, pág. 627a).
Al inicio de la siguiente crisi se da la respuesta: “a la virtud aparente no le corresponde premio solido ni verdadera” (El Criticón, II, ObrCpl, pág. 629b). En esta ocasión ser y apariencia son dos oposiciones que se excluyen. Sin embargo, aquí no se ha cometido “El error Bereguer”. Hay que esperar..., aunque no mucho.

lunes, 9 de abril de 2012

"El Criticón" de Gracián y la Risala "El Filósofo autodidacto" de Abentofail

Comenta AYALA, Jorge Manuel[1] que los críticos de Gracián han creído ver una dependencia entre El Criticón y la novela filosófica El Filósofo autodidacto (“Risala Hayy ibn Yaqzan”) de Abentofail, filósofo musulmán español del siglo XII (Guadix, en la provincia de Granada).

Por ejemplo, Menéndez Pidal, en el Prólogo a la primera traducción española de la Risala (=cuento filosófico) de Abentofail, realizada por Francisco Pons y Bohigues y publicada en Zaragoza (1900), escribe más o menos lo que sigue: […] los primeros capítulos de El Criticón de Gracián presentan una semejanza tan grande con el cuento El Filósofo autodidacto de Abentofail que no puede aceptarse que sea una mera coincidencia.

Pero esa creencia más o menos generalizada se disolverá con la “indiscutible aportación” del arabista español Emilio García Gómez cuando publica “Un cuento árabe fuente común de Abentofail y de Gracián” (Rev. de Archiv., Bibliot. y Museos. Madrid, XLVIII, 1926).

García Gómez, mientras busca datos para un estudio de la leyenda de Alejandro Magno (Dulcarnain para los árabes) en la España musulmana, encontró al azar en la Biblioteca del Escorial un manuscrito morisco del s. XIV y cuyo contenido eran dos cuentos titulados, respectivamente: “Historia del Dulcarnain Abumaratsid el Himyari” y “Cuento del ídolo y del rey y de su hija”.

El “Cuento del Ídolo y del rey y de su hija”, estudiado por García Gómez y Klaus Heger, es considerado como la fuente común de inspiración de El Filósofo autodidacto de Abentofail y El Criticón de Gracián. Se trata de un cuento anónimo, exótico en la España musulmana por sus constantes alusiones a Mesopotamia, muy anterior, por tanto, al siglo XII, época en que vivió Abentofail. Además es más que probable que Gracián no tuviera conocimiento de la existencia de la Risala “El Filósofo autodidacto” ni de su autor, aunque cinco siglos después de Abentofail encontró también el “Cuento del Ídolo y del rey y de su hija”.

El manuscrito del Escorial es del siglo XVI y su letra denota clara procedencia aragonesa, en cuyo interior se halla una hoja en aljamiado que así lo corrobora, ya que la literatura aljamiada se da en la época del mudéjar (ss. XV y XVI), expresión cultural propia de Aragón. Tan seguros estaban de su fe religiosa los moriscos y se sentían tan libres e integrados entre los cristianos, que se atrevían a transcribir sus textos religiosos y folklóricos a la lengua castellana, aunque fuera con escritura árabe. Los moriscos aragoneses, a diferencia de lo que sucedía en otras regiones, hablaban el castellano tanto o más que el árabe. Seguramente no sabían escribirlo, por eso empleaban la grafía árabe (aljamiado=castellano escrito en letra árabe) para escribir las palabras castellanas de sus textos tradicionales.

Las pruebas que aporta García Gómez son tan contundentes que han obligado a abandonar casi definitivamente el hipotético parentesco entre las obras de Abentofail y Gracián.

El “Cuento del ídolo y del Rey y de su hija”, anónimo o poco conocido, de factura oriental, deja entrever la antigüedad del mismo. Abentofail y Gracián aprovechan algunos elementos narrativos del Cuento para juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención; y los dos obraron así por su común carácter de filósofos alegorizantes.

Abentofail aprovecha el relato del Cuento como el mejor molde donde vaciar sus teorías filosóficas. Por las peculiares circunstancias históricas española, cinco siglos más tarde Gracián encuentra el mismo relato de Abentofail, y el jesuita lo utiliza al ver en él el más deslumbrador arranque para expresar una serie de alegorías morales.

El relato del nacimiento de Andrenio, cuyos padres desconoce, y de su crianza por una fiera es una isla deshabitada, forma parte de la literatura legendaria que Gracián y Abentofail usan libremente por ser de dominio común.

El Filósofo autodidacto y El Criticón tienen una estructura novelística que descansa sobre símbolos de inagotables sentidos. Las dos obras están escritas, respectivamente, con una intención filosófica y moralizante.

La filosofía de Abentofail conduce a una mística racionalista. El “solitario” de Abentofail (Hayy), siguiendo los impulsos de su propia razón natural, se eleva a la contemplación de los principios puros y a la degustación intuitiva de la esencia inmutable.

En cambio, el proyecto filosófico de El Criticón es moral: se parte de un conocimiento realista del hombre de su época y termina configurando un hombre paradigmático que reúne en sí todas las excelencias que implica “ser persona” en un mundo donde el engaño está a la entrada del mundo y a la salida y con un ambiente social en el que la vulgaridad ha suplantado al deseo del triunfo y de inmortalidad. La ciencia que se deduce de El Criticón es la ciencia del “saber vivir”, cuyo objeto coincide con la ética o la moral.

Estamos, pues, ante dos filosofías: metafísica la de Abentofail y filosofía moral la de Gracián. Gracián pensó que la filosofía había de tener por objeto enseñar a los hombres a vivir. Por eso, su reflexión sobre la vida tiene carácter pragmático, porque por entonces lo importante era saber vivir.

Se puede constatar cómo la filosofía en que se sustentan ambas obras están separadas años luz. Y los que creyeron ver un paralelismo entre Hayy y Andrenio, por una parte, y Asal y Critilo, por otra, no tiene fundamento alguno.

El solitario de Abentofail, Hayy, es un hombre reflexivo, seguro de sí mismo, capaz de llegar al éxtasis intelectual por propio impulso racional. En cambio, Andrenio, el solitario de Gracián, es pura fragilidad; un hombre que siente pero que no piensa, ni juzga con criterio propio. Por eso cae constantemente en el engaño, porque no sabe distinguir entre la apariencia y la realidad. Necesita constantemente de un mentor, de Critilo.

El compañero de Hayy, Asal, es un hombre que proviene del mundo social pero que va en busca de la soledad, huyendo del vulgo. Está totalmente decepcionado de los hombres. Critilo, en cambio, el hombre, que náufrago, llega a la isla donde se halla Andrenio, es un hombre social, que ha vivido en el mundo y que no renuncia a él porque considera el mundo como el ámbito natural donde el hombre ha de desarrollar sus dotes naturales. Critilo, firme a base de experiencia, sabe cómo hacer frente a las dificultades de la vida social.

Hayy y Andrenio son dos grandes solitorias pero viven la soledad de distinta manera. Para Hayy la soledad expresa un estado bondadoso de la naturaleza no altera aún por la civilización; por eso mismo la razón natural es capaz de elevarle por sí misma a las más altas cumbres especulativas. Para Andrenio, en cambio, la naturaleza física es adversa, y la naturaleza humana, aunque nace muy imperfecta, sin embargo, es perfectible a base de esfuerzo y de experiencia. Hasta que el hombre no aprende a hablar y con la lengua asume la cultura, el hombre permanece en una completa imperfección:

Es el hablar efecto grande de la racionalidad, que quien no discurre no conversa”. “Entre aquellas bárbaros acciones rayaba como en vislumbre la vivacidad de su espíritu, trabajando el alma por mostrarse; que donde no media el artificio, toda se pervierte la naturaleza.” (El Criticón, I, 1).

Gracián centra toda su obra en la descripción de la vida individual y social. Acata la vida como problema y como objeto de captación intelectual. Están tan empapado del pesimismo respecto a la naturaleza d los hombres y a la sociedad que sólo analiza las acciones humanas, sus intenciones y el posible dominio de las mismas.

En un mundo en que todo anda trucado y en el que podemos ser víctimas de sus malvadas intenciones, Gracián propone que no nos queda más remedio que armarnos de virtudes combativas: la cautela y la prudencia. “Conocer a los demás y que nadie te abarque”, son las virtudes que sintetizan la tecnificación de la moral graciana[2].



[1]. AYALA, Jorge Manuel (1886), “El Criticón de Gracián y El Filósofo autodidacto de Abentofail” en Gracián y su época, Actas de la I reunión de Filólogos Aragoneses, Zaragoza, Instituto Fernando el Católico.

[2]. AYALA, ibídem, págs. 263 y ss.