Para Schopenhauer la
filosofía y la religión son respuestas a la “necesidad metafísica”[1]
del hombre, diferenciándose entre sí como discursos diferentes dirigidos a
clases de gentes diversas.
La mayoría de los hombres, que sienten la necesidad
metafísica, no encuentran respuesta ni satisfacción en la verdad desnuda que
aporta la filosofía. La religión les satisface por medio de alegorías y mitos
debido a superficial desarrollo intelectual. En consecuencia, la religión y la
filosofía tienen el mismo origen y representan reflexiones diferentes sobre los
aspectos negativos de la existencia.
La razón y el intelecto humano se da cuenta de toda la
tristeza de su situación, de la precariedad de la existencia y de cómo su
origen y destino (de dónde venimos y adónde vamos) dependen del puro azar. Su
vida es un acontecimiento demasiado breve y fugaz entre dos tiempos infinitos;
su persona es pura insignificancia en el espacio infinito y entre seres innumerables;
su misma razón, que le lleva a ocuparse y preocuparse del futuro después de la
vida, tampoco le brinda respuestas satisfactorias. El hombre anhela comprender
todo esto y conocer su relación con ese todo que le rodea y en el que se
encuentra inmerso.
Una sola metáfora, una simple alegoría, no funciona para
todos los hombres por sus diferentes niveles de formación. Por eso los hombres
y las sociedades encuentren esos dos
tipos diversos de metafísica: la religión y la filosofía.
La religión encuentra su justificación fuera de sí; está
destinada a la mayoría de los hombres, esencialmente a aquellos que no son
capaces de pensar, sino de creer. Las
religiones son sistemas metafísicos populares. En cambio, la filosofía, a
diferencia de la religión, tiene su justificación en sí misma. Los sistemas
filosóficos únicamente son accesibles a una pequeña élite de hombres, solo
aquellos que son capaces de pensar.
Las religiones aparecen en todos los pueblos y
civilizaciones y sus fundamentos son extrínsecos: revelación, signos, milagros…
Sus argumentos se convierten, muy a menudo, en amenazas y penas eternas, a
veces también terrenas, con las que atemorizan a los incrédulos y/o escépticos.
La última ratio theologarum es el
patíbulo, la hoguera o los autos de fe.
Schopenhauer restringe la religión a su aspecto mítico
capaz de revelar la verdad solo sensu
allegorico, quedando, pues, devaluado y desprestigiada en el plano racional
o intelectual. Por el contrario, la filosofía pretende alcanzar la verdad sensu proprio, tratando de verificar sus
principios y postulados por medio de la razón y de la experiencia. Su objetivo
es llegar a la verdad fuera del mito y del símbolo. La experiencia y la razón
expresan una verdad que revela, para Schopenhauer, EL MUNDO COMO VOLUNTAD pero por medio de imágenes e historias de EL MUNDO COMO REPRESENTACIÓN. En los mitos
y en las alegorías simbólicas, la verdad metafísica, la verdad metafísica se
presenta limitada en el tiempo y en el espacio.
Las religiones, como la filosofía, son el resultado del
esfuerzo de la Humanidad por desvelarse a sí misma el sentido de su existencia.
En el caso concreto de las religiones, se pone en funcionamiento la capacidad de
la cognición mitopoética del hombre (< gr. mitopoiesis o creación de mitos),
lo que no garantiza liberarse del error y la ilusión.
El conocimiento mitopoiético es la primera forma de
representación de la realidad en la mente humana como grupo social; la
información se procesa por medio de asociaciones, de modo tal que las entidades
y procesos empiezan a significar no por lo que son en sí, sino por medio de las
características esenciales que los representan; así las Furias, en mitología
griega, serán las divinidades antiguas del castigo y las catástrofes: Alecto,
de la guerra; Tisífone, de las enfermedades infecionas, y Megera, de las
condenas a muerte; o Asmodeo, en el
Antiguo Testamento (Tobias, 3, 8), representa el demonio de la vida
matrimonial, que despierta en los cónyuges el deseo de contacto sexual con
otras personas; o, mientras las Gracias son las diosas de la benevolencia y la
gratitud, las Parcas son las diosas del destino de cada uno de los individuos:
Cloto hilaba el hilo de la vida; Laquesis lo devanaba y Atropos lo cortaba; o
en la mitología hindú, Maya es la diosa de la energía vital, esposa de Brahma,
que simboliza la ilusión maternal y el sueño perpetuo; es el velo que cubre
nuestra naturaleza real y la naturaleza real del mundo. Es incomprensible y no
sabemos por qué existe, ni su origen; solo deja de existir con el conocimiento
verdadero.
Nuestro mundo, en Schopenhauer, está
labrado del mismo material que el de los sueños, el VELO DE MAYA de los hindúes. La voluntad el la única forma cósmica
que existe; de ella proceden los estrellas, crecen las plantas, nacen y mueren
los hombres sinfín. El hombre se mueve en la paradoja: por un lado, no pueden
resistirse a los impulsos de la voluntad ciega e irracional que rige su propio
cuerpo (naturaleza), lo que a menudo le acarrea sufrimiento; y, por el otro,
desea liberarse de esos impulsos.
Los dos formas de liberarnos del
sufrimiento son dos: la muerte, que es un modo ilusorio y engañoso, porque
cuando nosotros acabamos la naturaleza pondrá otro nuevo ser que nos sustituirá
y continuará esa tarea sin fin, perdurando así el sufrimiento; de ahí que el
suicidio sea un acto ridículo y sin sentido; y el segundo es seguir la vía de
los místicos y los ascetas, que al aniquilar y anular los impulsos de su
voluntad, logran el triunfo sobre la naturaleza, consiguiendo rasgar el velo de maya y conocer “más allá”. Para
Schopenhauer este es el único camino que llevará al triunfo.
Schopenhauer, con todo, reconoce en
las religiones un poso de verdad, que se hace guía de la vida. Esa verdad de
las religiones, oscura e incompleta a través de los mitos, las metáforas y las
alegorías simbólicas, ha de tener luego una reflexión racional por la filosofía
en sentido propio.
La verdad filosófica no puede
presentarse al pueblo; tan solo las alegorías de la religión se adaptan al
entendimiento vulgar de la mayoría de los hombres, pues estos no pueden ni
concebir ni comprender intelectualmente la verdad filosófica. La religión
ofrece, en cambio, un necesario consuelo a los duros sufrimientos de la vida y
esta sustituye a una metafísica verdadera y objetiva. Las religiones, pues, y
en eso radica su gran valor, desde la perspectiva de Schopenhauer, elevan al
hombre inculto por encima de sí mismo y de su miserable existencia terrena.
Para Schopenhauer, la razón es la
facultad de los conceptos abstractos, únicos en los que la verdad puede
presentarse sensu proprio, Sin
embargo, reconoce la capacidad mitopoietica de los creadores de mitos como una
fuerza genial de la fantasía religiosa y es esa experiencia de los mitos y del
arte la que la filosofía tienen que conceptualizar. Por eso dilucidar esos
elementos de verdad y hacerlos resaltar y resplandecer en su pureza, más allá
del mito, es la misión de la filosofía, a la que la religión debe subordinarse.
En la experiencia religiosa de sus
creadores, dirá Schopenhauer, hay elementos de autenticidad como la conciencia
de la identidad del propio ser con todas las cosas del universo y de la unidad
más allá de lo múltiple que subyace a la negación de la voluntad. Esa
sensibilidad se produce al margen de una autoridad externa revelada, y de la
que brotan los símbolos y los mitos como imágenes que nunca agotan aquello que
las trasciende.
[1]. Para este
artículos, seguimos esencialmente a SCHOPENHAUER (1998), El Dolor Del Mundo y El Consuelo De La Religión (Paralipomena
134-182), estudio preliminar,
traducción y notas de Diego Sánchez Meca, Madrid, Alderabán Ediciones.
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