El sueño de la razón produce monstruos

miércoles, 17 de octubre de 2012

Simón Bolivar: contexto político, social y militar (I)

Terremoto del 26 de marzo de 1812: tenía Bolivar 28 años



La España del siglo XVIII participó en casi todos los conflictos coloniales internacionales lo que no pudo por menos que afectar también a América española; con todo, las colonias hispanoamericanas durante el siglo XVIII fueron prácticamente las mismas. Así España intervino en las siete grandes guerras del siglo y en otras de menor alcance:
            a) La Guerra de Sucesión Española (entre 1702 y 1714), tras la muerte de Carlos II en noviembre de 1700. El conflicto dinástico se internacionaliza y se extiende desde España hasta Francia, Alemania meridional, Países Bajos y el mar del Norte. Carlos II, en 1700, en testamento anula la designación del archiduque Carlos de Austria (hijo del emperador Leopoldo I) como heredero de la corona española con América y los Países Bajos, y nombra heredero universal de la misma a Felipe de Borbón, duque de Anjou, por presiones de su abuelo Luis XIV, del Consejo de Castilla y de la Curia romana (Inocencio XII). En 1701 llega Felipe V a Madrid y es proclamado rey por las Cortes y aceptado por el pueblo. Matrimonio con la princesa María Luisa de Saboya (13 años). Ante esto, se produce la Alianza de Inglaterra, Holanda, Austria, Prusia, Hannover y el Imperio contra los Borbones. Con la  Paz de Utrecht (1713) se produce un nuevo reparto de las posesiones españolas; Felipe V es reconocido rey de España y de las colonias americanas, pero los territorios europeos de la monarquía pasan a Austria; Sicilia a los Saboya y las fortalezas de Bélgica a los Países Bajos; Inglaterra obtiene Gibraltar y Menorca y el monopolio del comercio de esclavos con América (Tratado de asiento de negros). Con la toma de Barcelona por Felipe V (1714), el emperador Carlos VI acepta el nuevo ordenamiento de Utrecht por la paz de Rastatt y Baden. Inglaterra se convierte en el árbitro de Europa y en la mayor potencia marítima del mundo.

            b) La Guerra de la Oreja de Jenkins o la Guerra del Asiento se inicia en 1739 entre Gran Bretaña y España (ayudada en esta ocasión por Francia que envió una flota de guerra al Caribe). Inglaterra trata de burlar los acuerdos del Tratado de Utrech, que permitían el comercio británico con las colonias españolas de América (por medio del derecho de asiento y navío de permiso), pero con fuertes restricciones. Descontentos los comerciantes británicos, empiezan con el contrabando; en 1731, el contrabandista Robert Jenkins, al mando del Rebecca, fue capturado por un barco español amparado en el derecho de visita. El capitán pirata inglés se vio obligado a entregar su cargamento y luego, en castigo, le cortaron una oreja. Se repitieron hechos similares y el tema fue debatido en el Parlamento británico en 1738; al año siguiente, el primer ministro británico, Robert Walpole, presionado por la Cámara de los Comunes, envían una escuadra a Gibraltar y Felipe V suspende el derecho de asiento y declara la guerra a Gran Bretaña. Las hostilidades duraron desde 1739 a 1741, especialmente en el continente americano, en que se enfrentaron las flotas y tropas coloniales de España y Gran Bretaña. A partir de 1742 aquella contienda se convirtió en un episodio de la Guerra de Sucesión Austríaca o Guerra del Rey Jorge en el escenario americano (1740-1748), tras la muerte del archiduque de Austria Carlos VI y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, desencadenado por las rivalidades sobre los derechos hereditarios de la Casa de Habsburgo.

            c) La Guerra de los Siete Años (1756-1763). Entre 1740 y 1763, las tensiones entre las naciones europeas darán lugar a las guerras de Sucesión Austriaca y a la de los Siete Años. Esta última es causada por la lucha que se produce entre Austria (del antiguo imperio austrohúngaro) y Federico II el Grande de Prusia al querer controlar ambas potencias Silesia   (región de Europa central que abarcaba el suroeste de Polonia, algunas áreas de de la actual Moravia Septentrional y de los estados de Brandeburgo y Sajonia, en Alemania). También contribuyeron a la Guerra de los Siete Años, poderosamente, las rivalidades entre Inglaterra y Francia con el fin de lograr la supremacía colonial en América del Norte y en la India. Las principales potencias europeas se dividieron en dos bloques; por un lado, Prusia, Gran Bretaña y Hannover y, por otro, Austria, Sajonia, Francia, Rusia, Suecia y España.
            En territorio norteamericano se llamó Guerra Francesa e India, en la que participaron Gran Bretaña y sus colonias contra Francia y sus aliados algonquinos[1] por el control y dominio del territorio norteamericano. La victoria de Gran Bretaña hizo que Francia perdiera todas sus posesiones en América del Norte. En Asia, los británicos logran el dominio de la India tras las Guerras de Carnatic, que se libraron en un territorio situado en la costa este del sur de la India.
           
            d) La Guerra de Independencia de los EE.UU. A finales del siglo XVIII los Estados Unidos eran solo una franja de colonias situadas entre la costa del Atlántico y un enorme territorio inexplorado por el oeste. Gran Bretaña, la principal potencia económica, militar y política del mundo, dominaba los mares. La victoria de las 13 colonias inglesas (el 2 de julio de 1776, el II Congreso Continental declara la independencia) fue posible por la ayuda que recibieron de los enemigos de Gran Bretaña, puesto que ésta había socavado, tras la Guerra de los Siete Años, la presencia de Francia y España en América del Norte y Central. Las coronas borbónicas de España y Francia se alían con los independentistas para debilitar a Gran Bretaña. Así el militar francés, amigo de George Washington, el marqués de La Fayette, luchó junto a los colonos rebeldes y en la campaña de Virginia hizo que los británicos se rindieran en Yorktown. España, por otro lado, realizó préstamos indirectos al ejército emancipador; en los puertos de Cuba se repararon barcos norteamericanos y, lo más importante, fue la victoria española en la Batalla de Pensacola (1781) por la que España recupera temporalmente la Florida, al tiempo que el sur queda liberado de la presión anglosajona. Posteriormente, en 1787, se redacta la Constitución, que fue jurada por el primer presidente George Washington; aquel texto constitucional inspiraría las guerras de independencia de las colonias hispanoamericanas.

            e) La Guerra de los Pirineos o del Rosellón, también llamada de la Convención  (1793-1795). En esta se enfrenta España a la Francia revolucionaria durante Convención Nacional o Asamblea constituyente (1792) formada durante la Revolución Francesa (abolió la monarquía, proclamó la I República y, al año siguiente, condenó a muerte a Luis XVI). Manuel Godoy, después de la ejecución de Luis XVI (21 de enero de 1793), el hombre fuerte del gobierno español, firma una alianza antifrancesa con Gran Bretaña (1795). Las tropas españolas al mando del general Antonio Ricardos Carrillo de Albornoz toman el Rosellón (uno de los condados de la Alta Edad Media que formaron parte del territorio de la Marca Hispánica) y la flota angloespañola ayuda a los realistas en Tolón (capital de la Provenza, junto al mar Mediterráneo). Sin embargo, los republicanos penetraron en Cataluña, el País Vasco y Navarra y ocupan Miranda de Ebro. Godoy se vio obligado a firmar la Paz de Basilea (1795), sin contar con los aliados, por la que España reconocía la República Francesa, cedía a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo[2] a cambio de devolver los territorios invadidos en la Península por los republicanos y se restablecían las relaciones comerciales. Por aquel tratado Godoy fue nombrado Príncipe de la Paz. Desde entonces la política exterior española quedó condicionada a los intereses franceses frente a Gran Bretaña.

            f) La Guerra con Inglaterra (octubre de 1796). Tras firmar el I Tratado de San Ildefonso (agosto de 1796), alianza ofensiva y defensiva a perpetuidad entre España y el Directorio francés, entra en Guerra con Gran Bretaña. La flota española, al mando de Cordova es derrotada por la inglesa de Jerwis, frente al cabo de San Vicente, saliente rocoso al sur de Portugal, en el Atlántico.

            g) La Guerra de las Naranjas (1801). Se enfrenta Portugal contra Francia y España. Napoleón I Bonaparte, por el II Tratado de San Ildefonso (1800)[3], impele, por medio de España, a Portugal a que rompa con Inglaterra y a que cierre sus puertos al comercio británico. Ante la negativa portuguesa a someterse a las presiones franco-españolas se desencadena este breve conflicto bélico; terminó con el Tratado de Badajoz (1801) por el que España obtiene la plaza de Olivenza, actual municipio de Badajoz.
            Un año después, 1802, se firma la Paz de Amiens entre España, Francia, Inglaterra y Holanda. España e Inglaterra permutan las islas de Trinidad y Menorca. Poco después se reanudan las hostilidades entre Francia e Inglaterra; Godoy busca la neutralidad, pero es obligado por Francia a firmar un tratado de subsidios (1803) por el que tiene que ayudar económicamente a Napoleón.

            h) La Guerra contra Inglaterra (1804). Ante la agresión de la flota inglesa Carlos IV declara la guerra a Inglaterra. Nueva Alianza hispano-francesa. El 21 de octubre de 1808, en el cabo de Trafalgar (Cádiz),  la escuadra franco-española fue derrotada por la flota británica al mando del almirante británico Horatio Nelson. En el contexto de las llamadas Guerras Napoleónicas esta derrota supuso el declive del poderío naval español y, por contra, la superioridad británica en los mares, desbaratando para siempre el proyecto del emperador Napoleón I Bonaparte de invadir Gran Bretaña.
                                                                                                               A.T.T.

[1]. Estos indios ocupaban gran parte del territorio canadiense al sur de la bahía de Hudson entre las montañas Rocosas y el océano Atlántico.

[2] . Ant. La Española o Hispaniola, isla de las Antillas, la segunda más grande del Caribe, actualmente divida en dos países: Haití y La República Dominicana.

[3]. Por ese segundo tratado España entrega a Francia la Luisiana y recibe como contrapartida la creación por Francia  del reino de Etruria en Italia para el duque de PARMA, yerno de Carlos IV. Se mantiene la alianza antibritánica.

martes, 16 de octubre de 2012

Baltasar Gracián en Toledo


     El Greco, Laocoonte (1614). National Gallery of Art, Wshintong.
Libre interpretación con Toledo 
      al fondo del grupo escultórico griego Laocoonte y su hijos.   
Sobre todo, El Greco pintó imágenes religiosas. Resulta extraño encontrarnos  en su producción una escena mitológica como la de Laocoonte.

            Antonio Gracián, tío paterno del jesuita universal, era capellán en la iglesia de Toledo, Capilla de San Pedro de los Reyes. Con él se crió en Toledo, según confiesa en su Agudeza.
             Se supone que allí cursó sus primeros estudios, los de humanidades, en el Colegio de la Compañía de Jesús. Su estancia en la Imperial Ciudad le dejó una huella imborrable. En El Criticón elogia la casa de Buenavista, que fue del cardenal Sandoval y Rojas, situada en la vega del Tajo. Allí acudían los más altos ingenios de la época. Tampoco olvidó una de las maravillas modernas de la época, el celebrado artificio de Juanelo, situado sobre el Tajo para abastecer de agua a la ciudad. Y de la Catedral recordó siempre los dos maravillosos coros.
            El Toledo de la infancia de Gracián era el del Greco, el de Fray Hortensio Félix Paravicino, el de Góngora. En 1611, coincidieron allí estos tres grandes ingenios en la tertulia del conde de Saldaña. Años más tarde, sobre todo en la Agudeza, abundan los elogios a Góngora, culterano, y a Paravicino, uno de los mejores representantes de la oratoria religiosa que, junto con la barroquización de la Ratio Studiorum o plan de estudios de los jesuitas, tanto influyeron en sus obras.
            Su entrada en la Compañía de Jesús debió de decidirla en Toledo y, en el curso 1618-1619, ingresa en el colegio de la Compañía en Zaragoza.

       Laocoonte y sus hijos. Museo Pío Clementino. Ciudad del Vaticano



           Laocoonte era sacerdote de Apolo en la ciudad de Troya, y se opuso a la entrada en la misma del caballo que había aparecido en las playas cercanas cuando los griegos se habían retirado, tras varios años de guerra. Cogió una lanza y la clavó en el enorme caballo de madera para advertir a sus conciudadanos de lo nefasto de esa aparición. En ese momento salieron dos serpientes marinas que mataron a Laocoonte y sus hijos. Los troyanos interpretaron el hecho como una ofensa del sacerdote a los dioses, por lo que metieron el caballo en la ciudad, que fue invadida por los griegos, vencedores finales de la larga guerra. 
       Las serpientes habían sido enviadas por Apolo como castigo a Laocoonte por haberse casado con Antiope y haber tenido hijos.

viernes, 12 de octubre de 2012

El Barroco, un arte de crisis

   José de Ribera, El patizambo o El niño cojo (1662). Museo del Louvre, París


               Representa a un joven con el pie deforme; no puede pisar con el talón. Muestra su sonrisa al espectador que puede apreciar la falta de dientes. En la mano tiene un cartel en el que pide, en latín, limosna por el amor de Dios (DA MIHI ELEMO/SINA PROPTER AMOREM DEI). Este papel era necesario para poder ser reconocido en Nápoles por las autoridades como un pordiosero, con derecho a poder mendigar. Con el mismo brazo sujeta la muleta en la que se apoyaría al andar, y que lleva apoyada en el hombro para divertirse.

La conciencia social de crisis es específica del hombre del siglo XVII. Y esa imagen del mundo y del hombre les aporta una cosmovisión donde reina un desorden íntimo generalizado.
El hombre barroco en europa es un hombres triste; vive un pesimismo inspirado por las calamidades y los desastres de la guerra: hambrunas, pestes, desórdenes militares y muerte por campos y ciudades.
La conciencia del mal y del dolor la expresa Céspedes con una frase excelente:
"No vio el orbe más depravado siglo".
Fueron décadas durísimas que crean y difunden el desencanto, la desilusión. En Francia, se hablará de chagrin; R. Brurton  escribe Anatomy of melancholy (1621), y la acedía es un estado de ánimo que revelan reiteradamente las letras españolas. Se ve al hombre atacado de gran locura. La filie est général escribirá Mathurin Régnier, Quevedo llega observa Los delirios del mundo que hoy parece estar furioso. Diego Saavedra Fajardo denuncia las locuras de Europa.
En el teatro se introduce la figura del gracioso, como ejemplo de la figura del loco: Que loco a este loco excede, a escribir Lope de Vega en su comedia Lo cierto de lo dudoso. Otro reflejo de la locura del mundo es la repulsiva costumbre de la Corte española de servirse de bufones como errores de la naturaleza, dirá Saavedra Fajardo (Empresa LXXII).
De todo esto surgirán los tópicos de El mundo al revés, El mundo como mesón, La venta del mundo o El mundo como teatro, grandioso tópico este que Calderón llevó a su cénit, como bien señala Maravall.

A.T.T.

domingo, 7 de octubre de 2012

Calderón, El gran teatro del mundo, alegoría y símbolo

Alberto Durero (1498), Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Grabado


EL MUNDO COMO TEATRO

         Este es uno de los grandiosos tópicos del Barroco que Calderón de la Barca llevó al punto más alto de su teatro.
         Calderón hace un uso magistral del símbolo y de la alegoría como instrumentos para comunicar fácilmente determinados contenidos y para plantear problemas universales de la existencia humana.
         Serán muchos los personajes calderonianos en los que cohabita la fe y el espíritu crítico, la credulidad y el escepticismo, siendo así que una de las notas esenciales de las obras de Calderón es el enfrentamiento irreductible de contrarios: el determinismo y el libre albedrío; el caos del mundo (telón de fondo del XVII, el Barroco: guerras, pestes, hambrunas y miseria, muerte) y la providencia divina; la vida como esperanza y la existencia como castigo…
         Muchos personajes calderonianos son seres lanzados a un mundo ignoto, inexplicable y que aparecen aplastados por un destino contra el que luchan y se rebelan; viven al borde del nihilismo. Y cuando están a punto de caer en la nada, al reconocer la incapacidad de explicar el mundo por la razón, el orden del mundo se justifica recurriendo a la existencia de un ser superior. La razón servirá solo para juzgar problemas de conciencia, cuya complejidad maneja Calderón con gran maestría, en sus dramas trágicos y, especialmente, en los autos sacramentales como El gran Teatro del Mundo.
         La imagen del gran teatro del mundo quiere significar mucho: a) el carácter transitorio del papel asignada a cada uno que sólo se disfruta o se sufre durante una representación; b) su rotación en el reparto, de modo que lo que hoy es uno mañana lo será otro; c) la condición de apariencia, nunca de sustancia, con lo que aquello que se aparenta ser –sobre todo para los estamentos inferiores- no afectan a la esencia de la persona, sino que queda en la apariencia, en flagrante contradicción con el ser y el valer profundos de cada uno (Maravall, J. A., La cultura del Barroco, 2008: 320 y ss.)
         Todas estas implicaturas del tópico del gran teatro del mundo se transforman en el arma más eficaz para defender el inmovilismo. No hay que luchar violentamente, ni protestar, ni desesperar por la suerte que a cada uno le haya caído en suerte porque en el plano de la ficción dramática, similar a la del mundo, tan fugaz una como la otra, los cambios están asegurados, vendrán solos.
         Este doble juego del simbolismo barroco que, a la vez, desvaloriza el mundo, sus pompas, sus riquezas, su poderío y tiranía autoritaria, permitirá a sus usufructuarios a no desprenderse de sus privilegios y a defenderlos a sangre, fuego y espada.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Gemma Cuervo, La Celestina / Teatro Fernán Gómez de Madrid

  Francisco de Goya, La maja desnuda (1790-1800). Museo del Prado, Madrid.

Gemma Cuervo sí puede con La Celestina: los gestos de su cara, la voz quejumbrosa de la edad, la expresión corporal, la mirada de sus ojos cuando recuerda su juventud...  Todo en ella nos da unas cartografías del alma de la mujer imborrables. Es un privilegio contemplarla en escena en un papel tan difícil; transmite una humanidad en carne viva. 
Nos recuerda a Honores y horrores de Vejecia de Gracián, que anda, como Jano, con dos caras: jovial la una, sombría la otra. Y esto Gemma Cuervo lo borda con un hilado de oro excepcional.
¡Mis más calurosas felicitaciones, Señora de la escena y a todo el plantel...!

                Excelente puesta en escena de una obra inmortal, quizás con demasiadas elipsis pero con una interpretación magistral de Gemma Cuervo en el papel de Celestina y un reparto estupendo de personajes, destacando la hermosura de Areúsa (Natalia Erice), los encantos de Elicia (Rosa Merás), el genio bufonesco de Pármeno (Santiago Nogués), la envidiable astucia de Sempronio (Juan Calot), la dulzura de Lucrecia (Irene Aguilar)... y la extraordinaria interpretación Melibea (Olalla Escribano) en un lento proceso de  philocaptio inducido por el conjuro a Plutón de la hechicera.
               La simplificada escenografía y el atrezo reflejan con gran habilidad y acierto indudable el complejísimo asunto del cronotopo de la tragicomedia de Rojas. Son dos horas continuadas para el goce de los sentidos y la filosofía moral se capta fieramente en el plauto final de Pleberio (Jordi Soler). La intención de los dos autores fue enseñar a vivir en un mundo social lleno de peligros que al final pasa factura de muerte a todos aquellos que se doblegan a los deseos y mandatos de un Calixto en descomposición moral, dejándose arrastrar por las pulsiones más primarias, contra el que no dudarán en rebelarse sus criados con tal de sacar provecho.
              El retrablo de la avaría, la lujuria, la deslealtad y la muerte que representan todos ellos en las tablas hacen de esta función una delicia para los sentidos y un juego intelectual sobre el arte de prudencia con que mujeres y hombres  deben conducirse si quieren sobrevivir en un mundo golpeado por las calamidades y los males.
                                                  A.T.T.