El sueño de la razón produce monstruos

sábado, 13 de noviembre de 2010

¡Solidaridad con el pueblo saharaui...!

El maridaje de Las Armas y las letras

0. Introducción

El maridaje de Las armas y las letras constituye un viejo tópico que está grabado en nuestra memoria colectiva, unas veces como conceptos antagónicos, y otras como artes que debía cultivar el individuo español.

Los antecedentes los podemos encontrar en las disputas[1] del clérigo y el caballero, procedente de la lírica provenzal, llamados recuesta, tensó o partiment; similar a este género, surgen los debates, muy difundidos por la Europa cristiana. La similitud entre un debate de Elena y María y el de Las Armas y Las Letras son puramente formales, pues se trata de contenidos totalmente distintos. El hombre de letras en la Edad Media tenía un gran prestigio social si era eclesiástico; en el Libro de los Estados, don Juan Manuel los llama oradores, cuando analiza la estructura social de la sociedad de su tiempo y nos habla de los tres estamentos básicos de la sociedad: defensores, oradores y labradores, aunque lo primero que tiene que hacer el clérigo es lidiar con armas contra los moros, que son nuestros enemigos, teoría formulada a principios del siglo XI por dos obispos, Adalberón de Laón y Gerardo de Cambray, según señala Alain Demurger (Las órdenes militares..., p. 65).

Sin embargo, el precedente remoto lo podríamos situar en el nacimiento de las Órdenes militares. En 1099 se fundan los Estados latinos de Oriente: Edesa, Antioquia, el reino de Jerusalén y, luego, Trípoli. Esta fue la consecuencia de la primera Cruzada. Los peregrinos cristianos que iban a Tierra Santa, desde Acre o desde Jaffa hasta los Santos Lugares, se encontraron caminos muy peligrosos. En 1120, un grupo de caballeros en torno a Hugo de Payns quieren garantizar la protección armada de los peregrinos bajo las directrices de un instituto religioso que les imponía los votos de obediencia, castidad y pobreza, así como seguir una regla como los monjes benedictinos o, luego, los cistercienses y los cartujos. Más tarde se implicarían en la defensa de los Estados Latinos contra los infieles. Balduino II, rey de Jerusalén, les dona uno de sus palacios situados en la Mezquita de Aqsa (considerado el antiguo Templo de Salomón) y así nace la Orden de los Pobres caballeros de Cristo del Templo de Salomón o caballeros templarios.

El reconocimiento real y la sanción del patriarca de Jerusalén no bastaba; era necesario la aprobación del Papa. Es entonces cuando surge una fuerte polémica sobre la experiencia de estos monjes-soldados al preguntarse si era lícito ejercer el oficio de las armas vistiendo el hábito de religioso.

En el siglo XI se había redactado la teoría de las tres estamentos en la sociedad cristiana: oratores (los que rezan), bellatores (los que luchan y mandan) y laboratores (los que trabajan), tres grupos jerárquicos y solidarios entre sí. Fundamentado en esta doctrina, Hugo de Payns erige su instituto religioso en el que se integran hombres que rezan y luchan, el Evangelio y la espada. El caballero guerrero es de este modo cristianizado porque su misión es indispensable en los ejércitos feudales. La sacralización de la guerra al servicio de la Iglesia se hizo realidad con las órdenes militares por la Cruzada y por la protección de Jerusalén ante los ataques musulmanes, cuyo objetivo era la unificación de la Cristiandad. El caballero se convierte en soldado de Cristo (miles Christi), religioso pero monje al no poder recibir la ordenación sacerdotal.

La tradición no violenta del cristianismo y el rechazo del derramamiento de sangre en nombre de Cristo, provocó grandes resistencias, y muchos se unieron a la Iglesia bizantina, contraria a la Cruzada y defensora de que la guerra y el ejercicio de la violencia quedara en manos del poder político laico. A pesar de aquellas disensiones y controversias, en 1139 la bula Omne datum optimum del papa Eugenio III, legitima la iniciativa de Hugo de Payns, previamente afirmada su regla en 1129 por el Concilio provincial de Troyes, con la presencia y aprobación de San Bernardo (1090-1153), monje francés del monasterio cisterciense de Cîteaux, a pesar de sus resistencias iniciales. Aquella bula papal otorgaba a la Orden grandes privilegios y queda bajo la autoridad directa y exclusiva del Papa.

En los siglos XII y XIII, tras el reconocimiento de la primera orden militar del Temple, se crearon otras similares, todas vinculadas a la Cruzada. Después del reconocimiento del Temple, se fundó la Orden de los Hospitalarios o de San Juan de Jerusalén, cuyo origen en Tierra Santa, anterior a la primer Cruzada y a la conquista de Jerusalén, estuvo vinculado a la labor de alojar y curar a los peregrinos en un hospital próximo al Santo Sepulcro. Tras la toma de Jerusalén por los cruzados, aumentaron sus actividades y aquel Hospital se convirtió en casa madre de la orden, llamada también la Orden del Hospital, sumando a su labor humanitaria la militar. En el siglo XII, la Reconquista en la Península Ibérica sufrió un retroceso con la llegada de los almorávides, y, posteriormente, de los almohades. Los reinos cristianos trataron de buscar ayuda entre los templarios pero declinaron la propuesta por no restar fuerzas en sus luchas en Tierra Santa. Más tarde, instalados en la corona de Aragón, se especializaron en las repoblaciones y en la defensa de las tierras conquistadas. En Castilla y León, el monje cisterciense Raimundo de Fitero reclutó caballeros templarios para la defensa de la villa de Calatrava, y un grupo de ellos fundan la Orden militar de Calatrava, reconocida como tal por el papa Alejandro III (1164), bajo la dirección de un maestro que vive según la orden de los hermanos de Cîteaux, monasterio cisterciense fundado por Bernardo de Claraval en un poblado al sur de Dijon.

En los siglos XIV y XV nos encontraremos algunos caballeros de la nobleza castellana que sentían especial inclinación, no solo a las armas, sino también a las letras, a pesar de que muchos de los que procedían de ilustre linaje poseían pocas letras y eran excepción los que habían aprendido la lengua latina. Será en el Renacimiento y en el Barroco donde con más intensidad se reflexione sobre el arte de la guerra y la paz, y el tópico de las armas y las letras se entendió y analizó de diversas maneras. Así aparecen los testimonios de los capitanes-poetas de la época de Garcilaso hasta cristalizar en la idea cervantina de que los dos universos, armas y letras, que entraban en juego en aquella controversia eran independientes aunque complementarios, porque el arte militar entró de lleno en el arte de contar batallas literariamente con fines propagandísticos, las crónicas de guerra, tal y como sucedía con grabados, pinturas, obras de arquitectura o las esculturas funerarias. La imprenta jugó un papel fundamental haciendo que el libro llegará a muchos sectores de la población de entonces. 1470 marca el comienzo de la impresión de libros y aunque en un principio eran de temática religiosa, pronto se diversificaron los contenidos y a partir de 1500 se imprimieron obras de la materia militar, aunque solo fueran para un público muy reducido.

Miguel de Cervantes puso el topos en boca del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y nos dejó sus comentarios como huella imperecedera del pensamiento y sensibilidad de la historia de España hasta aquel momento. Y hasta llegar a él, trataremos de deducir sus rasgos específicos tal como han ido dejando escrito los españoles en sus obras a lo largo de nuestra historia literaria. La guerra siempre es destrucción, derramamiento de sangre, crueldad sea cual fuere el momento histórico en que produce. Es difícil encontrar en el arte y en la poesía testimonios realistas de esa experiencia vital; con demasiada frecuencia esos testimonios aparecen enmascarados con elogios a los héroes, a monarcas, las victorias, los ideales de paz... y hasta las derrotas pueden ser motivo de exaltación patriótica, de encomio del arte militar y de las necesidades de la guerra. En la época de Carlos V y Felipe II fueron demasiado frecuentes y del desencanto de la guerra dan fe soldados-escritores de la talla de Garcilaso de la Vega, Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, Alonso de Ercilla, Miguel de Cervantes...

Con todo, antes hemos de decir, sin miedo a equivocarnos, que cuando los hombres recurren a las armas, mueren las palabras; en ese mismo instante la irracionalidad se instala en sus mentes; ya no se trata de convencer, sino de vencer, de aniquilar al adversario. Y así brota la retórica bélica, porque no hay guerra sin retórica, cuya esencia viene a ser la misma para los bandos beligerantes, como si las trincheras igualaran las razones de los enemigos con la verdad de sus inevitables horrores. De ahí que la animalidad del hombre, instintiva, ciega y sangrienta, se transfigure en la ubre nutricia tanto de la guerra como de la retórica propagandística que la sustenta, haciendo del lenguaje un arma tan mortífera y peligrosa como los mismos arsenales para la destrucción y la muerte.

Los fenómenos culturales siempre aparecen vinculados a la vida de una persona individual y/o a una sociedad; nunca son realidades abstractas, en sí mismas, trascendentes, autónomas, un cuerpo ajeno desprendido de la idiosincrasia de los pueblos. Lo mismo sucede con la literatura. Por esta razón el tópico de Las armas y las letras, el Sapientia et fortitudo de los clásicos, además de constituir un valor individual, afirma también un valor social, y Cervantes lo recoge con acierto en su obra inmortal como huella imborrable del pensamiento y de los saberes acumulados hasta ese momento de historia en los reinos de España y en Europa. La literatura comparada, reciente o remota, depositadas como tesoros en las bibliotecas, nos desvela en toda su complejidad el contenido del mencionado topos.

1. [...] por el saber es el omne apartado de todas las animalias...

Por poco que nos detengamos, nos sorprende la pléyade de caballeros que, del siglo XIV en adelante, emergen en nuestra literatura. En este momento histórico nos encontramos con la divisa Alas que empuñan espadas de don Juan Manuel, sobrino y admirador del rey Sabio, regente antes del reinado de Alfonso XI y cumbre de la prosa castellana del s. XIV, no deja por eso de ser un activista en las luchas intestinas nobiliarias de su época hasta aliarse con el rey moro de Granada; peleó en la batalla del Salado y en la conquista de Algeciras; fue Adelantado del Reino de Murcia, Señor de Villena y Alarcón y uno de los nobles más poderosos e influyentes de entonces. Autor, entre otros, del Libro de las armas, lo escribió para glorificación de sí mismo y de su familia por medio de la explicación de sus armas y símbolos heráldicos. Las enseñanzas didáctico-moralizantes de su obra, impregnadas del cristianismo y de los valores tradicionales medievales, le llevan a escribir las excelencias del saber a su hijo en el prólogo del Libro de los castigos lo siguiente:

La mejor cosa que omne puede aver es el saber...por el saber es el omne apartado de todas las animalias... et por el saber se onra et se apoderan et se enseñorean los unos omnes de los otros. Et por el saber se acrecientan las buenas venturas et por saber se contrallan las fuertes ocasiones[2].

A pesar de estas palabras, no dejó don Juan Manuel de ser gran intrigante y guerrero, y aunque en su fuero interno solo le importase la obra literaria bien hecha, la belleza por sí misma no justificaba su existencia en aquella sociedad; por eso, quizás, su arte de escribir libros se le hizo problemático entre los suyos y en varias ocasiones se excusa ante los miembros de aquella nobleza, aves de rapiña de la política y de la guerra, de este modo o similares:

Et commo quier que yo sé [que] algunos profaçan de mí porque fago libros, digovos que por eso non lo dexaré... Et pues en los libros que yo fago ay en ellos pro et verdad et non danno, por ende non lo quiero dexar por dicho de ninguno...Ca devedes saber que todas las cosas que los grandes sennores fazen, todas deben seer guardando primeramente su estado et su honra. Mas esto guardado, cuanto más an en sí de bondades, tanto son más cumplidos... Et pienso que es meior pasar el tiempo en fazer libros que en jugar los dados o fazer otras viles cosas[3].

Además de don Juan Manuel, surgieron las figuras del aragonés Juan Fernández de Heredia[4], Gran Maestre de los Caballeros de S. Juan de Jerusalén (Munébrega, 1310-1396). Colaboró con el Papado y con los Reyes de Aragón y Castilla y León, a cuya disposición puso la fuerza militar más sólida de la Cruzada de aquel momento. Participe de la guerra de los Cien Años, herido en batalla de Crecy (1346), prisionero de los turcos (1381-84) en la expedición de Patras, es autor de la Grant Crónica de los Conquiridores y la Grant Crónica de Espanya. Su presencia en Rodas dará las primeras traducciones de Tucídides y Plutarco a una lengua romance. Organizó en Aviñón la edición sistemática de los primeros textos griegos traducidos, entonces sede de la Corte Papal; allí llegan clérigos procedentes de Oriente: Barlaam de Calabria enseñó griego y Simón Atumano, obispo de Tebas, tradujo Plutarco al latín (antes de 1373). También del XIV es: Gutierre Díez Games, historiador, autor de la Crónica de don Pero Niño, conde de Buelma, llamada también El Victorial, criado, compañero y testigo de las andanzas de don Pero, perseguidor de piratas por el Mediterráneo, aliado de Carlos VII de Francia contra los ingleses, o partícipe combativo en la guerra de Granada; ameno observador, refleja el ambiente caballeresco de su época y la idea de la fama en el medioevo castellano.

Don Pero López de Ayala, el más destacado de nuestras letras en la segunda mitad del siglo XIV; tuvo gran relevancia en la vida política, militar y diplomática de su tiempo; de vida longeva, conoció cuatro reinados cuyos hechos historió con la maestría de Tito Livio y Salustio. Sirvió a Pedro I el Justiciero, para otros el Cruel, y se pasa, como otros muchos nobles, al bando del bastardo don Enrique al proclamarse rey contra el primero; combatió en la batalla de Nájera contra los ingleses del Príncipe Negro. Fue embajador en la corte de Carlos VI de Francia; cayó prisionero en la batalla de Aljubarrota, bajo el reinado de Juan I, donde fue apresado por los portugueses durante más de un año hasta que fue pagado su rescate. Concertó la paz con la casa de Lancaster, defensora de don Pedro, y Enrique III le nombró Canciller de Castilla al conseguir un acuerdo con Portugal. Vivió una época de grandes turbulencias políticas y religiosas, y guerras internacionales y civiles, a pesar de lo cual fue un apasionado por la cultura y un auténtico precursor del Renacimiento. Autor del Rimado de Palacio llamado también Libro del Palacio o De las maneras de Palacio, se nos revela como un gran aficionado a los temas caballerescos; escrito en gran parte en cuaderna vía, constituye una sátira de la sociedad de su tiempo que no cede ante la corrupción de la Iglesia, tras el cautiverio de Aviñón[5] y del Gran Cisma de Occidente subsiguiente, ni ante los reyes, ni ante los vicios de sus contemporáneos. Cortesano y hombre de armas, su figura como escritor es una de las primeras de nuestra historia literaria. Y, por último, el siglo termina con don Pero González de Mendoza[6], abuelo del Marqués de Santillana, que poetiza entre las campañas caballerescas[7].

Cuando nos adentramos en el siglo XV, surgen dos miembros de la familia de ese don Pero González de Mendoza: don Pero Vélez de Guevara, caballero poeta, representante de la vieja escuela gallego-castellana, y luego su sobrino Iñigo López de Mendoza, hijo del Almirante de Castilla, Diego Hurtado de Mendoza, que luchó activamente en la política de su tiempo, unas veces a favor y otras en contra de su rey, Juan II, y combatió contra los moros tomando Huelma a sacomano como Capitán Mayor de la frontera de Jaén; intervino también en la batalla de Olmedo y ganó el título de primer Marqués de Santillana; fue enemigo de don Álvaro de Luna contribuyendo directamente a su caída. Nació en Carrión de los Condes (1398) y en medio de aquella turbulenta nobleza que, aunque galantes y corteses, mantenían todavía viva la primitiva rudeza feudal y caballeresca, de las que emergían como lavas volcánicas las banderías de sangre, de odio y de ambición, ligeramente suavizadas por cierto espíritu de rectitud y magnanimidad. Militar y político, fue un notable poeta y un humanista apasionado a pesar de no conocer el latín, pero sí el italiano, el francés, el gallego y el catalán; su médico Martín González de Lucena, en su Tratado de vita beata, señaló de don Iñigo que ni las armas sus estudios ni los estudios empachan sus armas. Algunos de los suyos le objetarán que su actividad literaria deslucirá sus acciones guerreras y a esos, en el prólogo que pone en sus Proverbios de gloriosa doctrina e fructuosa enseñanza, les dirá: la ciencia non embota el fierro de la lança, nin floxa la espada en la mano del cavallero. Esta aseveración quedó demostrada con sus hechos; el libro lo compuso para la educación del príncipe Enrique y refleja un altísimo ideal humano, en palabras de Rafael Lapesa, al diseñar un modelo de príncipe amador de sus vasallos, generoso y magnífico y adornado con la fe cristiana, las virtudes caballerescas y la serena prudencia de la sabiduría antigua. Y junto al Marqués de Santillana aparece también la figura de su enemigo, el Condestable de Castilla don Álvaro de Luna, combatido hasta la muerte por la nobleza en los campos de batalla y en la Corte, autor de poesías líricas y cortesanas y del Libro de las Claras y Virtuosas Mujeres.

En las postrimerías medievales, segunda mitad del XV, se nos presenta entre otros: Mosén Diego de Valera, futuro cronista de los RR.CC., que combatió no sólo en la península sino también contra los husitas, seguidores de Juan de Hus, reformador religioso checo del s. XIV, en aquellas lejanas tierras de Europa; aparece también un caballero de la corte de Juan II, cordobés, combatiente en la frontera meridional y autor de Andanças e viajes de un hidalgo español: Pero Tafur (1436-1439), donde él mismo nos narra sus propias correrías por Italia, Grecia, el próximo Oriente y el norte de África, guiado por el deseo de conocer nuevas tierras y nuevas gentes. Luego vemos a dos hermanos poetas, Rodrigo Manrique, herido gravemente en el sitio de Huéscar, conquistador de Jimena y gran luchador en Toro, Uclés y Ocaña; y Gómez Manrique (Tierra de Campos 1412-Toledo 1490), destacado político y hombre de armas; enemigo de don Álvaro de Luna, sirvió con lealtad a la princesa Isabel, una vez muerto su hermano Alfonso. Siendo Corregidor de Toledo, contuvo a su arzobispo Alonso Carrillo que quiso entregar la plaza a la Beltraneja. En nombre del rey de Castilla, retó al rey Alfonso de Portugal. Restauró el puente de Alcántara, y mandó grabar en las Casas Consitoriales toledanas la famosa inscripción: Nobles, discretos varones / que gobernáis a Toledo / [...]. Su figura es otro ejemplo de hombre de letras y de armas, auque él se valora más como soldado que como escritor, siguiendo las enseñanzas de su hermano el Maestre don Rodrigo en cuanto al empleo de las armas, mientras que las letras de nadie las aprendió, a pesar de ser un notable poeta como su sobrino Jorge Manrique. Su Cancionero trata de variados asuntos, amoroso o doctrinales fundamentalmente y de aquél queremos destacar las Coplas para el Señor Diego Arias de Ávila, contador de Enrique V, su mejor obra y precedente inmediato de las Coplas del sobrino. Compone además algunas piezas dramáticas por su tendencia a las formas dialógicas. En el prólogo de su Cancionero hace una defensa del matrimonio de las armas y las letras, un tópico ya de la época. Fernando de la Torre ya escribió:

...que qué perturbaua al que d´él (del saber) era acompañado para excitar en el animoso e diestro acto armas, o qué menguaua en su valentía, o sy por auentura quitaua las fuerças de sus armaduras defensibles, o sy ablandaua la lança e espada e armas defensibles, o sy disminuýa o desmayaua el vigor del coraçón, o sy era menos temido [...], (Díez Garretas, Mª. J., 1983, p. 189).

El prólogo del Cancionero de Gómez Manrique responde a una concepción prerrenacentista donde se afirman las ideas que mantuvieron los componentes del círculo de Santillana, defendidas después por Carrillo y los suyos; allí quedó escrito para la posteridad:

Que commo quiera que algunos haraganes digan ser cosa sobrada el leer y saber a los caualleros, commo si la cauallería fuera a perpetua rudeza condepnada, yo soy de muy contraria opinión, porque a estos digo yo ser conplidero el leer e saber las leyes e fueros e regimientos e gouernaçiones de los pasados que bien rygieron e gouernaron sus tierras e gentes[...] que las sciençias no hazen perder el filo a las espadas, ni enflaqueçen los braços ni los coraçones de los caualleros, antes tengo yo que la memoria de las honrras y glorias de los pasados engendra en aquellos una virtuosa enbidia, [...] (Cancionero, 2003, pp.98-100).

Esta idea es calco de la que Santillana coloca en su prólogo a sus Proverbios: la ciencia no embota el fierro de la lança, ni face floxa el espada en la mano del caballero. A esta misma frase aludirá Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua.

A la muerte de don Rodrigo Manrique, le sucede una nueva generación de caballeros poetas, vástagos de la misma genealogía, Pedro y Jorge Manrique. Ambos hermanos fueron poetas cortesanos y lucharon contra los Villenas al levantarse contra los Reyes Católicos. Sólo nos detendremos en Jorge Manrique (Pareces de Navas, 1440-1479), que como hemos podido ver perteneció a una de las más rancias familias de Castilla, entroncada con el linaje de los Lara, y parientes lejanos de Enrique IV. Todos fueron hombres de frontera y cabeza de facción nobiliaria; participan en las luchas de reconquista. De esta poderosa familia destacó el Conde de Paredes y Maestre de Santiago, que fue idealizado como ejemplo en las Coplas a la muerte de su padre; de noble intrigante, su hijo convierte al patriarca en símbolo de caballero cristiano en su vida y en su muerte, pero no fue ajeno a la turbulenta crisis social y política del siglo XV y a la propia crisis familiar de los Manrique, cuando una vez muerto, sufren una cierta pérdida de poder político, lo que causará un enfrentamiento de Jorge Manrique con los RR.CC. dando con los huesos del poeta en la cárcel. La quiebra de la sociedad feudal que se está produciendo en aquellos momentos hace que entren en cuestión la ideología caballeresca y cristiana medievales dominante. Situado en el bando de su tío y de su padre, apoyó a don Alfonso contra Enrique IV, y luego a la princesa Isabel por la que combatió en el Campo de Calatrava contra el Marqués de Villena, defensor de la Beltraneja; participó en los sitios de Uclés y Ocaña, y murió frente al castillo de Garci-Muñoz. Como hombre de armas y letras, así como por su muerte, ha sido inevitable su comparación con Garcilaso de la Vega. La fama de su padre, a la que él mismo contribuyó glorificándolo incluso después de muerto, y de sus Coplas han velado siempre su condición de capitán de la hermandad del reino de Toledo.

Y ahora, antes de proseguir, hemos de hacer un breve balance, pudiendo afirmar que entre los escritores medievales de los siglos XIV y XV, casi todos pertenecieron a las cortes políticas de Castilla y Aragón; en el conjunto de ese elenco figuran los nombres más importantes de nuestra literatura, habiéndose hecho realidad, ya a finales del periodo del que nos hemos ocupado hasta aquí, la transformación de las mismas en cortes literarias; aquellas señalaron las directrices poéticas de España. El desarrollo creciente de la cultura hizo posible que determinados miembros de la nobleza, hereditaria y poseedora de las armas, accedieran con su esfuerzo intelectual al mundo de las letras, de las ciencias y de las artes. Por eso quizás brote entre ellos el debate del valor social de las letras frente a la idea consolidada de que el prestigio de un pueblo se debía exclusivamente a su política militar, vinculada fundamentalmente a la antigua nobleza guerrera.

El precedente de aquel debate social, que continuará como ya iremos viendo, sobre el tópico de las armas y de las letras tiene su precedente en las conocidas disputas del clérigo y el caballero, en las que se evalúan las ventajas de cada una de estas profesiones, aunque siempre desde la perspectiva de las mujeres; ellas serán las que juzguen las excelencias del amor de unos u otros.

En todo caso, hemos de decir que en el resto de Europa el cultivo de las letras se envuelve en una aureola profesional hasta el punto de que en Alemania el Meistergesang[8] se constituye como un gremio en la nueva ciudad burguesa, mientras que en España destacaron aquellos caballeros guerreros que, aun desempeñando importantes tarea de gobierno, practican por afición y entretenimiento el arte de las letras, tal y como sucedió en la corte de Juan II de Castilla o en la del rey de Aragón Alfonso V el Magnánimo, que tras la conquista de Nápoles en 1443, aparecen en torno suyo una pléyade de poetas de todo condición, también guerreros, de procedencia castellana, aragonesa y catalana, entrando así en contacto con el Renacimiento italiano y cuyo influjo se dejó sentir en la Península.

2. Los Studia humanitatis

Al llegar el Renacimiento, la literatura clásica grecolatina será el vivero de donde las letras toman los géneros y temas. Cuando en 1543 se publican póstumamente las obras de Juan Boscán y Garcilaso, los dos pioneros en la defensa de la nueva poesía, y su rápida difusión, trajo consigo el triunfo de la poesía renacentista italianizante.

En todo Europa, en la primera mitad del XVI, se busca de conciliar los metros y las formas existentes, desarrollados en Italia por el petrarquismo, con los géneros poéticos grecolatinos (la égloga, el epigrama, la oda, la elegía, la sátira, la epístola, el epigrama, etc.) que el humanismo vuelve a sentir con intensidad y a cultivar. Así, toda una serie de tópicos clásicos reaparecen con fuerza inusitada: Carpe diem, College, virgo, rosas, Aurea mediocritas, Beatus ille...

El tema Sapiencia et fortitudino entra en el Renacimiento bajo la forma de tratado sobre los ideales cortesanos que se inaugura con El Cortesano[9] de Baltasar de Castiglione[10], que fue traducido por el barcelonés Juan Boscán de Almogaver, preceptor del duque de Alba y gran amigo de Garcilaso, que participó en la expedición a la isla de Rodas y figuró entre los caballeros que acompañan a Carlos V a levantar el cerco de Viena; esa traducción simboliza uno de los ejemplos más brillantes de la prosa en la época del César. Pietro Bembo, uno de los personajes de El Cortesano, contesta al conde Luis de Canosa:

Yo no sé por qué queréis que este nuestro Cortesano, teniendo letras y tantas otras buenas cualidades, tenga todas estas cosas por ornamento de las armas, y no las armas, con todo lo demás, por ornamento de las letras, las cuales, por sí solas, sin otra compañía, llevan tanta ventaja a las cosas de la guerra, cuanta es la que el alma lleva al cuerpo. (Lib. I, cap. IX, ed. “Libros de Antaño”, p.113, cit. por Américo Castro, 2002, p. 197).

Baltasar de Castiglione (Casatico, cerca de Mantua, 1478-Toledo, 1529) fue enviado a España como Nuncio pontificio ante la corte imperial para tratar la paz universal entre los cristianos; de viaje a España, en Lyon, conoce la noticia de que el Papa se había declarado a favor de Francia, lo que le produce un pésimo estado anímico al sentirse mal informado por la Curia pensando que sería muy mal visto en España y por interés de la Cristiandad; el Papa había elegido el peor partido. De camino también se entera de la derrota francesa de Pavía (25-II-1525) y de la prisión de Francisco I. Cuando llega a Madrid es mejor recibido de lo que esperaba por la corte imperial, pero al producirse el Saco de Roma, con el Papa encarcelado en el Castillo de Sant´Angelo, sus augurios más negros se ven cumplidos. Desde España reiteraba a la Santa Sede su convicción de que en interés de la Iglesia, de la Cristiandad y de Italia se hacía necesaria una paz estable entre el Papado y el Emperador; los acuerdos de Bolonia dieron la razón a su programa político pero no vivió lo suficiente para asistir a la reconciliación del Papado y el Imperio. Tras el Saco de Roma tuvo que afrontar críticas vivísimas porque muchos funcionarios erasmistas de Carlos V consideraron el hecho como justo castigo divino contra las perversiones y vicios de la corte romana. Alfonso de Valdés, en su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma atacó a la Iglesia Romana con argumentos, políticos y teológicos. Castiglione recurre al inquisidor general don Alonso Manrique, pero este le dijo que en el Diálogo no encontraba doctrina sospechosa; sólo se censuraban las costumbres del Pontífice y de los eclesiásticos. Su respuesta fue condenarlo como libelo denigratorio, por sus muchas ofensas contra Roma y la Iglesia que podían conducir al pueblo al luteranismo; llamó a Valdés impío, pérfido, vil gusano, furia infernal, desvergonzado, sacrílego, malvado... e invocaba todo tipo de males contra él. Sabía el Nuncio que su posición era difícil y diplomáticamente tuvo que distinguir entre las buenas intenciones de Carlos V y las de los que mandaban el ejército imperial o la maldad de su consejeros. Con aquel suceso trascendental, el ideal humano y político que había expuesto en El Cortesano quedaba destruido, pues aquél pasaba por el acuerdo entre Papado e Imperio, nunca en la humillación o aniquilación de uno de los dos poderes. Es en el Libro IV donde se discute de la paz y de la guerra y de las virtudes de cada una de ellas; defiende que las armas deben tener solamente una función defensiva, veamos:

Por eso conviene al buen príncipe poner sus pueblos en tan buenas costumbres y tenellos tan corregidos con tales leyes y orden que puedan vivir en sosiego sin peligro y con autoridad, gozando con honra del fin de todos los negocios, que debe ser el descanso: porque muchas veces se han hallado hartas repúblicas y príncipes, que en guerra siempre alcanzaron gran poder y florecieron mucho, pero luego que tuvieron paz, se perdieron y quedaron deslustrados,[...]. Y la causa de todo esto es no haber sido bien instruidos y acostumbrados en el vivir pacífico, ni saber gozar del bien del sosiego; y por cierto andar continuamente tratando la guerra, sin tener ojo a llegar a su fin, que es la paz, no es lícito; puesto que piensen algunos príncipes que todo su principal intento ha de ser señorear y tener sujetos los pueblos comarcanos; y así excitan a los suyos en un fuera guerrear de robos, de matanzas y de semejantes cosas, y hacen mercedes a los que saben tratar este oficio, al cual ellos llaman virtud [...]. Por eso deben los príncipes exercitar sus pueblos en las cosas de la guerra, no por codicia de señorear, sino por defender a sí y a ellos de quienes les quisiera hacer sobras, o también por echar los tiranos y por poder bien gobernar a los pueblos, no sufriendo que sean maltratados [...]. Y este mismo fin han de tener las leyes y todo lo que está ordenado por la justicia, castigando a los malos, no por sino porque no sean malos ni embaracen el sosiego de los buenos; porque en verdad es una cosa fuera de toda razon y dina de ser muy reprehendida mostrarse los hombres en la guerra, la cual en sí es mala, valerosos y sabios, y en la paz, la cual es buena, mostrarse inorantes y tan para poco que no sean para gozar del bien que les es concedido; así que como en la guerra deben los pueblos ocuparse en las vitudes útiles y necesarias para alcanzar dellas el fin, que es la paz, así en la paz por alcanzar su fin, que es el sosiego, deben ocuparse en las honestas, las cuales son el fin de las útiles.

(El Cortesano, Libro IV; ed. Pozzi, Mario, pp. 477 y ss.)

La controversia de las armas y de las letras que, a partir de la antigüedad y durante el Renacimiento, se debatió con tanto e interés y enardecimiento, hoy difícilmente nos podemos explicar sus razones. Su importancia en el Renacimiento no deja ninguna duda y quedó reflejado en un poema narrativo del poeta, caballero y humanista, el Orlando[11] innamorato (1483), de Matteo Maria Boyardo (Italia, 1441-1494); en el coloquio nocturno que mantienen los adversarios, Orlando y Agricano, leemos:

Rispose Orlando: “Io tiro teco a un segno, / Che l´armi son de l´uomo il primo onore; / Ma non già che il saper faccia men degno / Anzi lo adorna com´un prato el fiore”. (Orl. Inn., Lib. I, XXVIII)

El tema no era tan ocioso e inútil como piensan algunos críticos a tenor de la bibliografía que podemos encontrar sobre este tópico; más bien se trató de una cuestión muy reñida entre las armas y las letras. Aún no ha llegado el momento de plantearse ni por asomo que la gloria inmortal de los hombres se deba a Las Letras y al cultivo de la inteligencia. Para llegar a este punto tendremos que esperar a la llegada del Renacimiento. La vida universitaria produce una cultura laica y el universitario, el jurista y el escritor asciende al primer plano de la vida social y así brota el debate social de Las Letras con toda su intensidad, entrando en controversia con la vieja idea de que el prestigio de un caballero está relacionado con su intervención en la política militar, en manos, por otra parte de la nobleza guerrera.

El Renacimiento llevó al hombre a interesarse por lo popular, sirviéndose para ello de la razón, y defendió la preeminencia del docto al ignorante, sintiendo un cierto desdén por el vulgo[12], aunque su ignorancia, insolencia, indiscreción, grosería e incultura, rasgos que lo caracterizan, se puede atenuar con instrucción. También defendió, con arrogancia ingenua, que nada valía tanto como el saber y la inteligencia, lo que hizo que su fe en la cultura le llevara al ideal de aspirar a afirmar el valor social de la cultura, frente a las instituciones militares que hasta entonces representaban de forma excluyente la autoridad y el prestigio social.

Sin embargo, en ningún lugar ni época como en la España del Siglo de Oro han ido unidas con tanto esplendor y nobleza la vida artística con la vida guerrera: Colón, Hernán Cortés, Gonzalo Fernández de Oviedo, López de Gomara, Bernal Díez del Castillo, Francisco de Jerez, Pedro Cieza de León, Garcilaso, Barahona de Soto, Pérez de Hita, Hurtado de Mendoza, Cervantes, Lope de Vega, Guillén de Castro, Baltasar de Alcázar, Luis Carrillo de Sotomayor, Calderón de la Barca... y hasta un escritor como Baltasar Gracián (1601-1657), el máximo prosista del Siglo de Oro junto a Cervantes y Quevedo, aparentemente el más aristocrático e intelectual de todos, el que sin llevar una vida escandalosa como Lope de Vega o llena de penurias, prisiones y deudas como Cervantes, Quevedo o Góngora, enardeció a los soldados, en el mismo campo de batalla, durante el cerco de Lérida por los franceses, en la Guerra de Cataluña[13], de tal forma que los soldados le llamaron Padre de la Victoria. En El Criticón, al hablar de los fatales yerros de la vida humana, escribió: Varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el engaño en la entrada del mundo y el desengaño a la salida (Ibídem, 1980, Tercera parte, Crisi V, El palacio sin puertas, p. 634).

Todos fueron poetas, afirma Curtius (ibídem, 1976), que prestaron servicios militares. Ni en Francia ni en Italia se encuentran casos análogos; se comprende que la literatura española tratara muy a menudo el tópico de las armas y las letras.

Como es imposible hablar de todos, antes de centrarnos en el discurso de las Armas y de las Letras del Quijote, solo nos detendremos en Garcilaso de la Vega, que, como no podía ser menos, es descendiente del linaje de los Santilla y Pérez de Guzmán; su homónimo padre, que desempeñó importantes actividades políticas en la primera Regencia de Cisneros, tras la muerte de Felipe el Hermoso y el regreso del rey de Aragón Fernando el Católico, fue vástago de la poderosa familia Mendoza; su abuela doña Elvira Lasso de la Vega era hermana del Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza (1398-1458), hijo éste de Diego Hurtado de Mendoza; madre del poeta fue doña Sancha Guzmán, señora de Batres, nieta de Fernán Pérez de Guzmán (1376-1460), señor de Batres, autor de Generaciones y Semblanzas, sobrino del Canciller Ayala y tío del Marqués de Santillana. Así nuestro poeta vino al mundo bajo el prestigio de una nobleza hereditaria que detenta las armas y, en este caso además, cultiva las artes y las letras.

Fue educado en Toledo, quizás junto a los príncipes y bajo las directrices del humanista Pedro Mártir de Anglería, al que los estudiantes universitarios alzaban en hombros cuando explica las sátiras de Juvenal, luego cronista de los RR.CC. e historiador de América, de quien aprendería los Studia humanitatis (gramática latina, retórica, poesía, historia y filosofía moral) fusionando así el pasado medieval con las inquietudes transformadoras del humanismo renacentista. Se crea una nueva arquitectura influida por la obra de Vitruvio; se hace una nueva lectura de la Biblia con Eresmo de Rótterdam a la cabeza; se diseña una nueva política atendiendo a Tito Livio que tantas huellas dejó en El Príncipe de Maquiavelo; se estudia y practica una nueva geografía a la sombra de Pomponio Mela y Plinio (Colón descubre las Indias occidentales), y también se hace una literatura renovada para dignificar las corruptas lenguas vulgares (Bembo, el mismo Gracilazo, Du Bullay, etc.). Todo esto estaba en germen en aquellos Studia cuyas ideas acababan de ser importadas de Italia por Elio Antonio de Nebrija.

Garcilaso, en 1517, asistió en Valladolid a toma de posesión de sus reinos de España del joven rey, que había sido proclamado como tal anteriormente en Bruselas, de Castilla y Aragón (marzo, 1516) por sus consejeros , conjuntamente con su madre doña Juana. Cisneros tuvo que doblegarse ante ellos y se limitó a urgir al príncipe a que viniera a tomar posesión del trono, aunque tardó año y medio en hacerlo. En 1520, Garcilaso es nombrado contino de la guardia del Carlos I, que poco después, octubre de 1521, sería coronado Rey de los Romanos en Aux-la-Chapelle. La corte de Carlos el Flamenco es en esos momentos reflejo de la corte borgoñona; es el mundo de Carlos el Temerario, abuelo del Emperador, con rasgos típicos de novela de caballerías. No en vano, Carlos, durante toda su vida, sintió predilección especial por la Orden del Toisón de Oro, que introdujo en España en aquella misma época, y por el curioso libro Le Chevalier délibéré de Olivier de la Marche.

Como soldado, luchó contra los comuneros cayendo herido cerca de Olías del Rey, participó en defensa de la isla de Rodas contra los turcos, en la campaña de Francia de 1522, asistió en Bolonia a la segunda coronación del Emperador Carlos V; fue desterrado a una isla en el Danubio por actuar de testigo en una boda sin la autorización del César, y luego, por intercesión de su amigo el duque de Alba, fue destinado a Nápoles, donde entra en contacto con el humanismo renacentista que tanto influyó en su obra poética. Herido por los turcos en Túnez (1536), murió en Niza en octubre de aquél mismo año, tras el asalto a la fortaleza de Muy, cerca de Fréjus en La Provenza.

Al parecer, tuvo un hijo natural con doña Guiomar Carrillo pero casó con doña Elena de Zúñiga (1525), aunque estuvo enamorado de doña Isabel Freire, dama portuguesa de la emperatriz Isabel de Portugal, que tuvo gran influencia en su obra poética; hoy se discute si la Elisa de sus versos pudo ser la Freire u otra dama, cuestión de ninguna importancia. Caballero de la orden de Santiago, asistió en Sevilla a la boda de Carlos con Isabel de Portugal (1526). Entonces alrededor de los monarcas se movían eminentes literatos: el nuncio papal, Baltasar de Castiglione, autor de El Cortesano, el embajador veneciano Navaggiero, excelente prosista y poeta, y el mismo poeta español Garcilaso de la Vega, que ocupaba el puesto de gentilhombre de la Casa de Borgoña. Y hemos de terminar diciendo que Garcilaso encarna el ideal del cortesano renacentista, según lo define Castiglione, en cuya personalidad y formación se funden las armas y las letras. Hábil músico, capaz en el manejo de las armas, cultivó con ingenio la poesía y fue muy estimado entre damas y galanes. Quizás simboliza como ningún otro la idealización del poeta-caballero en la corte del emperador Carlos V.

Baltasar de Castiglione (Casatico, cerca de Mantua, 1478-Toledo, 1529) fue enviado a España como Nuncio pontificio ante la corte imperial para tratar la paz universal entre los cristianos; de viaje a España, en Lyon, conoce la noticia de que el Papa se había declarado a favor de Francia, lo que le produce un pésimo estado anímico al sentirse mal informado por la Curia pensando que sería muy mal visto en España y por interés de la Cristiandad; el Papa había elegido el peor partido. De camino también se entera de la derrota francesa de Pavía (25-II-1525) y de la prisión de Francisco I. Cuando llega a Madrid es mejor recibido de lo que esperaba por la corte imperial, pero al producirse el Saco de Roma, con el Papa encarcelado en el Castillo de Sant´Angelo, sus augurios más negros se ven cumplidos. Desde España reiteraba a la Santa Sede su convicción de que en interés de la Iglesia, de la Cristiandad y de Italia se hacía necesaria una paz estable entre el Papado y el Emperador; los acuerdos de Bolonia dieron la razón a su programa político pero no vivió lo suficiente para asistir a la reconciliación del Papado y el Imperio. Tras el Saco de Roma tuvo que afrontar críticas vivísimas porque muchos funcionarios erasmistas de Carlos V consideraron el hecho como justo castigo divino contra las perversiones y vicios de la corte romana. Alfonso de Valdés, en su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma atacó a la Iglesia Romana con argumentos, políticos y teológicos. Castiglione recurre al inquisidor general don Alonso Manrique, pero este le dijo que en el Diálogo no encontraba doctrina sospechosa; sólo se censuraban las costumbres del Pontífice y de los eclesiásticos. Su respuesta fue condenarlo como libelo denigratorio, por sus muchas ofensas contra Roma y la Iglesia que podían conducir al pueblo al luteranismo; llamó a Valdés impío, pérfido, vil gusano, furia infernal, desvergonzado, sacrílego, malvado... e invocaba todo tipo de males contra él. Sabía el Nuncio que su posición era difícil y diplomáticamente tuvo que distinguir entre las buenas intenciones de Carlos V y las de los que mandaban el ejército imperial o la maldad de su consejeros. Con aquel suceso trascendental, el ideal humano y político que había expuesto en El Cortesano quedaba destruido, pues aquél pasaba por el acuerdo entre Papado e Imperio, nunca en la humillación o aniquilación de uno de los dos poderes. Es en el Libro IV donde se discute de la paz y de la guerra y de las virtudes de cada una de ellas; defiende que las armas deben tener solamente una función defensiva, veamos:

Por eso conviene al buen príncipe poner sus pueblos en tan buenas costumbres y tenellos tan corregidos con tales leyes y orden que puedan vivir en sosiego sin peligro y con autoridad, gozando con honra del fin de todos los negocios, que debe ser el descanso: porque muchas veces se han hallado hartas repúblicas y príncipes, que en guerra siempre alcanzaron gran poder y florecieron mucho, pero luego que tuvieron paz, se perdieron y quedaron deslustrados,[...]. Y la causa de todo esto es no haber sido bien instruidos y acostumbrados en el vivir pacífico, ni saber gozar del bien del sosiego; y por cierto andar continuamente tratando la guerra, sin tener ojo a llegar a su fin, que es la paz, no es lícito; puesto que piensen algunos príncipes que todo su principal intento ha de ser señorear y tener sujetos los pueblos comarcanos; y así excitan a los suyos en un fuera guerrear de robos, de matanzas y de semejantes cosas, y hacen mercedes a los que saben tratar este oficio, al cual ellos llaman virtud [...]. Por eso deben los príncipes exercitar sus pueblos en las cosas de la guerra, no por codicia de señorear, sino por defender a sí y a ellos de quienes les quisiera hacer sobras, o también por echar los tiranos y por poder bien gobernar a los pueblos, no sufriendo que sean maltratados [...]. Y este mismo fin han de tener las leyes y todo lo que está ordenado por la justicia, castigando a los malos, no por sino porque no sean malos ni embaracen el sosiego de los buenos; porque en verdad es una cosa fuera de toda razon y dina de ser muy reprehendida mostrarse los hombres en la guerra, la cual en sí es mala, valerosos y sabios, y en la paz, la cual es buena, mostrarse inorantes y tan para poco que no sean para gozar del bien que les es concedido; así que como en la guerra deben los pueblos ocuparse en las vitudes útiles y necesarias para alcanzar dellas el fin, que es la paz, así en la paz por alcanzar su fin, que es el sosiego, deben ocuparse en las honestas, las cuales son el fin de las útiles.

(El Cortesano, Libro IV; ed. Pozzi, Mario, pp. 477 y ss.)

La controversia de las armas y de las letras que, a partir de la antigüedad y durante el Renacimiento, se debatió con tanto e interés y enardecimiento, hoy difícilmente nos podemos explicar sus razones. Su importancia en el Renacimiento no deja ninguna duda y quedó reflejado en un poema narrativo del poeta, caballero y humanista, el Orlando[14] innamorato (1483), de Matteo Maria Boyardo (Italia, 1441-1494); en el coloquio nocturno que mantienen los adversarios, Orlando y Agricano, leemos:

Rispose Orlando: “Io tiro teco a un segno, / Che l´armi son de l´uomo il primo onore; / Ma non già che il saper faccia men degno / Anzi lo adorna com´un prato el fiore”. (Orl. Inn., Lib. I, XXVIII)

El tema no era tan ocioso e inútil como piensan algunos críticos a tenor de la bibliografía que podemos encontrar sobre este tópico; más bien se trató de una cuestión muy reñida entre las armas y las letras, cuyos antecedentes los podemos encontrar, como ya dijimos, en las disputas[15] del clérigo y el caballero, procedente de la lírica provenzal, llamados recuesta, tensó o partiment; similar a este género, surgen los debates, muy difundidos por la Europa cristiana. La similitud entre un debate de Elena y María y el de Las Armas y Las Letras son puramente formales, pues se trata de contenidos totalmente distintos. El hombre de letras en la Edad Media tenía un gran prestigio social si era eclesiástico; en el Libro de los Estados, don Juan Manuel los llama oradores, cuando analiza la estructura social de la sociedad de su tiempo y nos habla de los tres estamentos básicos de la sociedad: defensores, oradores y labradores, aunque lo primero que tiene que hacer el clérigo es lidiar con armas contra los moros, que son nuestros enemigos. Aún no ha llegado el momento de plantearse ni por asomo que la gloria inmortal de los hombres se deba a Las Letras y al cultivo de la inteligencia. Para llegar a este punto tendremos que esperar a la llegada del Renacimiento. La vida universitaria produce una cultura laica y el universitario, el jurista y el escritor asciende al primer plano de la vida social y así brota el debate social de Las Letras con toda su intensidad, entrando en controversia con la vieja idea de que el prestigio de un caballero está relacionado con su intervención en la política militar, en manos, por otra parte de la nobleza guerrera.

El Renacimiento llevó al hombre a interesarse por lo popular, sirviéndose para ello de la razón, y defendió la preeminencia del docto al ignorante, sintiendo un cierto desdén por el vulgo[16], aunque su ignorancia, insolencia, indiscreción, grosería e incultura, rasgos que lo caracterizan, se puede atenuar con instrucción. También defendió, con arrogancia ingenua, que nada valía tanto como el saber y la inteligencia, lo que hizo que su fe en la cultura le llevara al ideal de aspirar a afirmar el valor social de la cultura, frente a las instituciones militares que hasta entonces representaban de forma excluyente la autoridad y el prestigio social.

Sin embargo, en ningún lugar ni época como en la España del Siglo de Oro han ido unidas con tanto esplendor y nobleza la vida artística con la vida guerrera: Colón, Hernán Cortés, Gonzalo Fernández de Oviedo, López de Gomara, Bernal Díez del Castillo, Francisco de Jerez, Pedro Cieza de León, Garcilaso, Barahona de Soto, Pérez de Hita, Hurtado de Mendoza, Cervantes, Lope de Vega, Guillén de Castro, Baltasar de Alcázar, Luis Carrillo de Sotomayor, Calderón de la Barca... y hasta un escritor como Baltasar Gracián (1601-1657), el máximo prosista del Siglo de Oro junto a Cervantes y Quevedo, aparentemente el más aristocrático e intelectual de todos, el que sin llevar una vida escandalosa como Lope de Vega o llena de penurias, prisiones y deudas como Cervantes, Quevedo o Góngora, enardeció a los soldados, en el mismo campo de batalla, durante el cerco de Lérida por los franceses, en la Guerra de Cataluña[17], de tal forma que los soldados le llamaron Padre de la Victoria. En El Criticón, al hablar de los fatales yerros de la vida humana, escribió: Varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el engaño en la entrada del mundo y el desengaño a la salida (Ibídem, 1980, Tercera parte, Crisi V, El palacio sin puertas, p. 634).

Todos fueron poetas, afirma Curtius (ibídem, 1976), que prestaron servicios militares. Ni en Francia ni en Italia se encuentran casos análogos; se comprende que la literatura española tratara muy a menudo el tópico de las armas y las letras.

Como es imposible hablar de todos, antes de pensar en el discurso de las Armas y de las Letras del Quijote, solo nos detendremos en Garcilaso de la Vega, que, como no podía ser menos, es descendiente del linaje de los Santilla y Pérez de Guzmán; su homónimo padre, que desempeñó importantes actividades políticas en la primera Regencia de Cisneros, tras la muerte de Felipe el Hermoso y el regreso del rey de Aragón Fernando el Católico, fue vástago de la poderosa familia Mendoza; su abuela doña Elvira Lasso de la Vega era hermana del Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza (1398-1458), hijo éste de Diego Hurtado de Mendoza; madre del poeta fue doña Sancha Guzmán, señora de Batres, nieta de Fernán Pérez de Guzmán (1376-1460), señor de Batres, autor de Generaciones y Semblanzas, sobrino del Canciller Ayala y tío del Marqués de Santillana. Así nuestro poeta vino al mundo bajo el prestigio de una nobleza hereditaria que detenta las armas y, en este caso además, cultiva las artes y las letras.

Fue educado en Toledo, quizás junto a los príncipes y bajo las directrices del humanista Pedro Mártir de Anglería, al que los estudiantes universitarios alzaban en hombros cuando explica las sátiras de Juvenal, luego cronista de los RR.CC. e historiador de América, de quien aprendería los Studia humanitatis (gramática latina, retórica, poesía, historia y filosofía moral) fusionando así el pasado medieval con las inquietudes transformadoras del humanismo renacentista. Se crea una nueva arquitectura influida por la obra de Vitruvio; se hace una nueva lectura de la Biblia con Erasmo de Rótterdam a la cabeza; se diseña una nueva política atendiendo a Tito Livio que tantas huellas dejó en El Príncipe de Maquiavelo; se estudia y practica una nueva geografía a la sombra de Pomponio Mela y Plinio (Colón descubre las Indias occidentales), y también se hace una literatura renovada para dignificar las corruptas lenguas vulgares (Bembo, el mismo Gracilazo, Du Bullay, etc.). Todo esto estaba en germen en aquellos Studia cuyas ideas acababan de ser importadas de Italia por Elio Antonio de Nebrija.

Garcilaso, en 1517, asistió en Valladolid a toma de posesión de sus reinos de España del joven rey, que había sido proclamado como tal anteriormente en Bruselas, de Castilla y Aragón (marzo, 1516) por sus consejeros , conjuntamente con su madre doña Juana. Cisneros tuvo que doblegarse ante ellos y se limitó a urgir al príncipe a que viniera a tomar posesión del trono, aunque tardó año y medio en hacerlo. En 1520, Garcilaso es nombrado contino de la guardia del Carlos I, que poco después, octubre de 1521, sería coronado Rey de los Romanos en Aux-la-Chapelle. La corte de Carlos el Flamenco es en esos momentos reflejo de la corte borgoñona; es el mundo de Carlos el Temerario, abuelo del Emperador, con rasgos típicos de novela de caballerías. No en vano, Carlos, durante toda su vida, sintió predilección especial por la Orden del Toisón de Oro, que introdujo en España en aquella misma época, y por el curioso libro Le Chevalier délibéré de Olivier de la Marche.

Como soldado, luchó contra los comuneros cayendo herido cerca de Olías del Rey, participó en defensa de la isla de Rodas contra los turcos, en la campaña de Francia de 1522, asistió en Bolonia a la segunda coronación del Emperador Carlos V; fue desterrado a una isla en el Danubio por actuar de testigo en una boda sin la autorización del César, y luego, por intercesión de su amigo el duque de Alba, fue destinado a Nápoles, donde entra en contacto con el humanismo renacentista que tanto influyó en su obra poética. Herido por los turcos en Túnez (1536), murió en Niza en octubre de aquél mismo año, tras el asalto a la fortaleza de Muy, cerca de Fréjus en La Provenza.

Al parecer, tuvo un hijo natural con doña Guiomar Carrillo pero casó con doña Elena de Zúñiga (1525), aunque estuvo enamorado de doña Isabel Freire, dama portuguesa de la emperatriz Isabel de Portugal, que tuvo gran influencia en su obra poética; hoy se discute si la Elisa de sus versos pudo ser la Freire u otra dama, cuestión de ninguna importancia. Caballero de la orden de Santiago, asistió en Sevilla a la boda de Carlos con Isabel de Portugal (1526). Entonces alrededor de los monarcas se movían eminentes literatos: el nuncio papal, Baltasar de Castiglione, autor de El Cortesano, el embajador veneciano Navaggiero, excelente prosista y poeta, y el mismo poeta español Garcilaso de la Vega, que ocupaba el puesto de gentilhombre de la Casa de Borgoña. Y hemos de terminar diciendo que Garcilaso encarna el ideal del cortesano renacentista, según lo define Castiglione, en cuya personalidad y formación se funden las armas y las letras. Hábil músico, capaz en el manejo de las armas, cultivó con ingenio la poesía y fue muy estimado entre damas y galanes. Quizás simboliza como ningún otro la idealización del poeta-caballero en la corte del emperador Carlos V.

Morros, B. (ibídem, 2003, 228 y ss.), al comparar la Égloga I de Garcilaso con la elegía por la muerte de su hermano Marco Antonio Turriano, llamada Opera omnia, del médico veronés Fracastorio contemporáneo suyo, hace un repaso a los pasajes en los que el poeta alude a la guerra y a la caza y dice que son escasos y, por tanto, insuficientes para saber realmente lo que pensaba Garcilaso sobre estos temas; lo mismo le ocurre con la religión. Entonces la caza se concebía no sólo como un pasatiempo de la nobleza, sino también como un entrenamiento para la guerra. De ellos podemos deducir que no son muchos los elogios que aparecen sobre el oficio al que se dedicó toda su visa; más bien se lamenta de haber tenido que ejercerlo y no porque fuera un pacifista, sino porque esta profesión le alejó a menudo de su hogar. Denuncia los estragos que ocasiona la guerra, aunque parece que tuvo un temperamento colérico dada la actuación arriesgada que manifestó en el asalto a la fortaleza de Muy en la Provenza, que lo llevó a la muerte, al ser uno de los primeros que se lanzó contra los franceses, comportamiento incomprensible en alguien que ensalzó más a los intelectuales que a los militares por el deseo de una vida tranquila que nunca logró.

Desde José Antonio Maravall a José Orozco, ya se señala ese desapego de Garcilaso por lo militar; parece que no aspiraba a ganarse ninguna gloria[18] especial por sus servicios. En la Égloga I, de carácter fúnebre, el poeta trata de consolar a su amigo don Fernando de Toledo, duque de Alba, por la muerte de su hermano Bernaldino en la campaña militar de Túnez. Alude al tipo de vida que llevaban los tres, siguiendo el epicedio o canto fúnebre de Fracastorio en Opera omnia[19], excesivamente ajetreada, esgrimiendo más la espada que la pluma:

¡Oh miserables hados, oh mezquina

suerte, la del estado humano, y dura,

do por tantos trabajos se camina,

y agora muy mayor la desventura

de aquesta nuestra edad cuyo progreso

muda de un mal en otro su figura!

¿A quien ya de nosotros el eceso

de guerras, de peligros y destierros

no toca y no ha causado el gran proceso?

¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro

del enemigo? ¿Quién no vio su vida

peder mil veces y escapar por yerro?

¡De cuántos queda y quedará perdida

la casa, la mujer y la memoria,

y de otros la hacienda despedida!

¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?

¿Algunos premios o agradecimiento?

Sabrálo quien leyere nuestra historia:

Veráse allí que como polvo al viento,

Así se deshará nuestra fatiga

Ante quien se endereza nuestro intento. (Vv. 76-96).

Fracastorio, entre elogios al difunto, evoca la amistad entre hermanos y recuerda el poder destructivo de la guerra, allí donde estalla, con la presencia inevitable de epidemias y los quebrantos de las leyes. Bernaldino, al igual que Marco Antonio Turriano, murió a causa de la peste, y no en la lucha guerrera; por esto, Garcilaso y Fracastorio, al entonar el canto fúnebre, insertan similares reflexiones sobre la guerra y la referencia a la perdida del entorno familiar, de los amigos o amantes. Tanto uno como otro coinciden con las reflexiones de Erasmo expresadas en diferentes obras. Además Fracastorio introduce una figura de la mitología, una de las furias, Erinia, para designar los enfrentamientos armados, tal y como hace Lucano en su Farsalia.

El poeta, en la segunda parte de la Égloga II, trata la guerra como una de las furias del Infierno, cuando presenta a don Severo Varini, el preceptor de don Fernando y su hermano Bernaldo, que abandonó su ciudad de origen, Piacenza, cansado de la sangre y los conflictos bélicos, en 1525, posiblemente por causa de la guerra entre españoles y franceses, y al que, en los versos de Garcilaso, se le encomienda la difícil misión, como mago, de devolver el juicio al cazador Albanio, haciendo una descripción previa de Alba de Tormes, tan vinculada a los duques de Alba. Rezan así:

NEMOROSO

En la ribera verde y deleitosa

Del sacro Tormes, dulce y claro río,

Hay una vega grande y espaciosa,

[...]

allí está sobrepuesta la espesura

de las hermosas torres, levantadas

al cielo con estraña hermosura,

no tanto por la fábrica estimadas,

auque estraña labor allí se vea,

cuanto por sus señores ensalzadas.

Allí se halla lo que se desea:

Virtud, linaje, haber y todo cuanto

Bien de natura o de linaje sea.

Un hombre mora allí, de ingenio tanto

Que toda la ribera adonde él vino

Nunca se harta de escuchar su canto.

Nacido fue en el campo placentino,

Que con estrago y destrucción romana

En el antiguo tiempo fue sanguino,

Y es éste con la propia la inhuma

Furia infernal, por otro nombre guerra,

Que tiñe, le rüina y le profana ;

El, viendo aquesto, abandonó su tierra,

Por ser más del raposo compañero

Que de la patria, que el furor atierra.

Llevóle a aquella parte el buen agüero

De aquella tierra de Alba tan nombrada,

Que éste es el nombre della, y dél Severo[20]. (Vv.1041-1073)

Bienvenido Morros (ibídem, 2003, p. 230) ve la huella de un pasaje de la Querella pacis de Erasmo:

Y después de estas cosas, ¿cuál es esta Erinia tan eficaz para el daño, que habiendo destruido, desvanecido, desmoronado todo esto, injertó esta irascible furia de lucha en los pechos de los humanos? [...] En fin, confunden todas las cosas, sagradas y profanas, con rapiñas, con sangre, con calamidades, con ruinas.

Como hemos podido ver en estos ejemplos, aunque se encuentras más, hay en Garcilaso reminiscencias de su contemporáneo Fracastorio en la representación de la guerra como de las furias infernales, así como en el lenguaje que describe sus efectos devastadores, desde el derramamiento de sangre hasta la profanación. Los dos, parece obvio, conocieron la obra de Erasmo para escribir algunos de sus versos; el veronés, un poco más viejo, señala como uno de los más graves problemas de la guerra es la absoluta falta de leyes y de justicia y la indefensión del hombre cuando estalla la guerra. El mismo B. Morros (ibídem, p. 231), convencido de la influencia de Erasmo sobre Garcilaso y Fracastorio, nos ofrece un fragmento de uno de sus adagios:

Por estas razones opino que aquellos antiguos poetas, que penetraron sagazmente la fuerza y la naturaleza de las cosas, y la bosquejaron con muy convenientes ficciones, nos transmitieron que la guerra fue introducida de los infiernos, y esto gracias al ministerio de las Furias, y no cualquier Furia es idónea para cumplir con este negocio. Se escoge a la más pestilente de todas, a la que `tiene mil nombres, mil maneras de dañar´.

2. El Elogio de la guerra[21] frente a Pax et unanimitas[22] .

2.1.El caso del sultán Saladino

Américo Castro (El pensamiento de Cervantes..., 2002, pp. 369 y ss.) nos ofrece una comparación del tratamiento que del sultán Saladino[23], el kurdo fundador de la dinastía de lo ayubíes (1170-1250), se presenta en las literaturas románicas de los siglos XIII y XIV en España, Francia e Italia, según las noticias que iban llegando a esas poblaciones y países, destacando o silenciando de aquel Soldán de Babilonia (del Cairo) lo que más les convenía a cada uno de ellos. Cada pueblo, cada literatura, verá en él el prototipo de las virtudes o de las pasiones que más les agradan.

En el caso de Saladino, las literaturas románicas muestran algo más que tolerancia con él en todos los países de Europa durante la Edad Media, porque la tolerancia, señala Américo Castro, es una actitud negativa respecto de lo tolerado, de lo que se siente como algo que no debía existir, pero que se soporta. Aunque las primeras manifestaciones sobre Saladino le son muy hostiles y lo presentan como un criminal que se alzó con el sultanato, fue un ejemplo que facilitó la armonía entre cristianos y musulmanes, situación esta que se dio antes del siglo XIII con mucha más frecuencia de lo que imaginamos y que quedó reflejada en la codificación de la tolerancia religiosa en las Partidas de Alfonso X el Sabio.

En todo caso, la generosidad política y militar del Islam destacó con Saladino (1138-1193), sultán de Egipto, califa de Bagdad y vencedor por las armas del reino cristiano de Jerusalén en 1187. Después de la victoria de Hittín y de la conquista de la ciudad santa, la obra de los cruzados se desmoronó. A lo largo del siglo XIII la Tierra Santa volvió al dominio musulmán y Saladino, cuyo nombre significa properidad, integridad de la fe, unificó eficazmente el oriente islámico, para mortificación de la Cristiandad, llegando a exterminar a los caballeros del Temple y del Hospital[24], representantes cristianos que pervirtieron las virtudes bélico-religiosas del Islam, a pesar de que el sultán permitió que saliera de Jerusalén la población cristiana. Su obra significó la ruina de las cruzadas y del poder cristiano en constante expansión hacia Oriente. Cada literatura, cada pueblo de Occidente, verá en él o un ejemplo de caballero generoso y genial o un audaz aventurero, vicioso y criminal que llegó a alcanzar el Sultanato, actitud crítica cambiante según la ortodoxia violenta del papado o siguiendo la idea de muchos de que el espíritu de Dios podría manifestarse a través de creencias que no fuesen las cristianas exclusivamente.

Desde entonces, dos civilizaciones de la Humanidad, con un potencial tan destructivo y duradero, aunque ni por asomo comparable con el de las potencias militares, económicas e industriales de hoy, y un poder a la vez espiritual y político, el de la Europa cristiana y el del Islam de los califas batalladores, dieron lugar a graves enfrentamientos bélicos que perduraron hasta la época de Cervantes. Cada una de estas fuerzas antagónicas, jamás vistas antes, ni en las confrontaciones entre Roma y Grecia, o entre Roma y Germania, ya contaban con más de diez años de existencia en la época del autor del Quijote. (Castro, A., ibídem, pp. 374 y ss.).

Gengis Kan no fue tema de los pueblos cristianos. En cambio, Saladino, modelo de grandes virtudes, aparece así durante los cuarenta y dos años del reinado de Federico II, el emperador del Sacro Imperio Romano (1215-1250) y rey de Sicilia (198-1212), quien dominó el árabe como un musulmán; su amistad con el hijo de Saladino, el sultán de Egipto Al-Kamil, permitió a Federico la ocupación pacífica de Jerusalén en 1229, aunque solo por dos días a causa de la excomunión lanzada contra él por el papa Gregorio IX. La armonía entre Federico y el sultán Al-Kamil, plenas de respeto mutuo y admiraciones, solo se puede explicar en el medioevo por la extensión de una koiné caballeresca en la que las barreras religiosas no eran un impedimento inviolable para la convivencia pacífica entre religiones. En realidad, el Islam genera a lo largo de la historia actitudes próximas al indiferentismo religioso, aunque también aparezcan periodos de radicalización, sin que por eso el musulmán o ciertos cristianos islamizados rechazaran lo indemostrable por la razón y la ciencia. El cordobés Ibn Hazm escribió a mediados del s. XI que algunos piensan que indudablemente habrá entre todas las religiones alguna que sea auténtica, mas a nadie se le manifiesta de modo evidente y claro, y por eso Dios no impone a nadie la obligación de profesarla. Este autor solo afirma lo que dice el Corán (en árabe, al-Qur'an, ´´lo leido´, ´lo recitado´), texto sagrado del islam, “Si vuestro Señor lo hubiese querido, en verdad que cuantos hay en el mundo habrían tenido la misma creencia”. El hombre del siglo XXI, cuando las creencias le resultan inadmisibles, las dejan a un lado y aceptan los postulados de la ciencia o las ideas políticas y sociales de las Humanidades. En los siglos XIII y XIV los seres humanos solo pueden aceptar las creencias tradicionales y a menudo oscilaban entre diversas creencias sin dejar por eso de ser religiosos. El gran Federico ansiaba conocer la naturaleza de este mundo y también la de otro, y con un pie en Roma y otro en el Islam, guiado por su curiosidad, preguntaban sin cesar a unos y a otros, intuyendo que el mahometanismo estaba a un paso de la espiritualidad cristiana. No sabemos como valoraban los musulmanes de Oriente la figura del Emperador del Sacro Imperio, el que fue coronado rey de Germania en Aquisgrán y emperador en Roma, pero Saladino fue concebido entre los cristianos italianos como un gran señor guerrero, pero generoso y magnánimo; por su liberalidad será el único musulmán libre de las penas del Infierno. Dante, en su Divina comedia, lo sitúa en el Limbo junto a otros héroes de la Antigüedad.

En Italia, se hizo tradicional el tema de los tres anillos, símbolo de las tres religiones –cristianismo, islamismo y judaísmo-. Un padre lega a sus hijos tres anillos, cada uno con una piedra preciosa; dos de ellas son falsas, aunque las diferencias no se perciben a primera vista. ¿Cómo distinguir la auténtica?. En la literatura de península Ibérica nada se escribe sobre esta parábola de los anillos, con lo cual se puede deducir que los escritores estaban condicionados por otras fuerzas. Sin embargo, en el siglo XV aparece la versión de un relato más antiguo, recogido de la tradición musulmana o judía, escrita por un judío español, Salomón Aben Vega, en La vara de Judá, en el que las piedras, símbolos de religiones, se hacen presentes. El rey Pedro I de Aragón (1094-1104) preguntó a un judío cual de las dos religiones era la verdadera, la cristiana o la judía. El hebreo respondió así:

Un vecino mío salió de viaje hace cosa de un mes, y para consuelo de sus dos hijos les dejó una piedra preciosa a cada uno. Han venido a verme los dos hermanos, y me han pedido que les explique la naturaleza de las dos piedras y la diferencia entre una y otra. “¿Quién puede saberlo mejor que vuestro padre? –les respondí-. Él es un experto lapidario; preguntárselo a él y os dirá la verdad”. Por haberles dado esta respuesta me han golpeado e insultado.

Al escuchar esto, el rey elogió el ingenio del hebreo y lo comprendió gracias a la situación de convivencia de las tres religiones entre los habitantes de la península Ibérica. En La realidad histórica de España, Américo Castro cita un texto de una crónica del XIV, en el cual aparece Dios como un vértice en el que se tocan cristianismo y mahometanismo. También en la Cantiga 305 de Alfonso X se alude a Cristo como a Aquel que perdoar pode / chrischao, iudeu, e mouro, / atanto que en Deu ajan / ben firmes sas entençoes.

En la literatura francesa, la parábola de los anillos no intervienen ni Saladino ni el judío, un silencio llamativo. Los franceses, activistas y calculadores ante la religión, se sienten enviados a realizar una misión en el mundo; en el siglo XII, Guibert de Nogent lo pone de manifiesto en su sentencia Gesta Dei per Francos, queriendo denotar que la hazaña, el impulso épico y la cruzada, figuran en primer término dentro de su ideario. La religión sostenía el poder real y feudal de Francia y por ello, no les interesó pensar ni filosófica ni teológicamente en la incierta autenticidad de las tres religiones. El Dios de los franceses aparece como un monarca constitucional, seguro e inconmovible, aunque compatible con la razón en muchos campos del saber humano, antes de llegar al ateismo. Cluny y el Cister fueron los instrumentos eficaces del imperialismo francés de Occidente, como los caballeros del Temple y del Hospital lo fueron en Tierra Santa.

2.2.Del Omne en sí de D. Juan Manuel a las controversias indianas

Si nos adentramos en la Castilla de los siglos XIII y XIV, allí se hablaba de los asuntos islámicos más que en ningún país de Europa, pero los ecos de Saladino son escasos y no se corresponden con los de otras literaturas románicas. El cuento de los anillos circuló por las juderías de España, como ya vimos anteriormente, pero no ha dejado huellas en nuestra literatura, como tampoco la dejaron la ciencia, la filosofía o la mística de moros y judios. El ejemplo de Saladino influyó en el concepto de la conciencia moral, fundamento de la búsqueda de personalidades serenamente heroicas, un heroísmo que tiende a la realización de acciones exteriores al tiempo que se refrenan las pulsiones vedadas del hombre, nada que ver con el Saladino inquieto y esplendoroso, gozador sensual y amigo de nigromantes; esta adaptación castellana de un tema internacional es lo que separa a España del resto de Europa; el tema queda sometido a la idea española del hombre esencial del siglo XVI y a la subordinación de los bienes de este mundo a la valía de la propia persona.

D. Juan Manuel habla del Omne en sí, capaz de bastarse a sí mismo y así vencer y subyugar a cualquier adversario, prescindiendo de lo que hacían moros y judíos. El en sí se refiere a la voluntad de vencer y subyugar y de renunciar a cuanto no sea eso, que en cierto modo prefigura la imagen del conquistador de remotas tierras y pueblos (Castro, A., ibídem, pp. 373 y ss.), que posteriormente se concretó en el magno descubrimiento de las Indias Occidentales; nuestros conquistadores no sólo necesitaban enriquecerse, sino ejecutar hazañas; para ellos, el dinero no era el único fin, sino el medio de adquirir un prestigio social y alcanzar la gloria por su gestas y esto quedó demostrado porque hubo conquistadores, que después de volver con fortuna de una expedición, volvieron a embarcarse y lo arriesgaron todo de nuevo, arruinándose o muriendo en combate. Bernal Díaz del Castillo declarará, en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, que las conquistas del Nuevo Mundo se hacen ...para servir a Dios y a su Majestad, por iluminar tinieblas y también por hacer riquezas [...].

Los hombres que participaron en los descubrimientos y las conquistas, procedían, en su mayoría, del centro y sur de la Península (las dos Castillas, Andalucía, Extremadura); pocos habían recibido una instrucción elemental como Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo o Cieza de León; eran gente sin fortuna, procedentes de las clases inferiores de la sociedad; no hubo nobles entre ellos; algunos pretendían ser hidalgos; los más eran hombres que no conocieron oficios ni técnica alguna. Todos eran sinceramente creyentes y su catolicismo a veces rayaba en la superstición. Todos ansiaban encontrar horizontes nuevos, bienestar, aventuras; querían ante todo medrar y valer más, es decir, salir de su condición baja y equipararse a la nobleza; para ello necesitaban hacerse ricos rápidamente. Las Casas y otros han censurado duramente la insaciable codicia y ambición que han tenido y esta negra codicia desordenada del oro; la acusación no carece de fundamento, y se ha transformado en otro lugar común; leamos los versos de Alonso de Ercilla y Zúñiga en el canto XXIII de La Araucana:

La ocasión que aquí los ha traído

por mares y tierras tan extrañas

es el oro goloso que se encierra

en las fértiles venas de esta tierra.

Y es un color; es apariencia vana

Querer mostrar que el principal intento

fue el extender la religión cristiana,

Siendo el puro interés su fundamento.

Como hemos podido leer, habían nacido las disputas indianas sobre un tema nuevo pero esta vez en el ámbito estrictamente cristiano. El inicio de las controversias colombinas se inicia el 21 de diciembre de 1511, con el conocido sermón de fray Antón de Montesinos, ante la esclavitud de los indios, los trabajos excesivos y los malos tratos, en nombre de los frailes dominicos, y lanzó su denuncia ante un auditorio de españoles: Diego Colón y su gobierno, conquistadores, encomenderos y colonos; decía entre otras:

Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes... ¿Con qué derecho y con qué justicia reducís a esclavitud a los indios? ¿Con qué autoridad les habéis hecho tan detestables guerras? ¿Es que no son hombres? ¿Es que no tienen ánimas racionales? ¿Es que no estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?. (Fernández Álvarez, M.., 1990, pág. 607).

Las famosas controversias indianas llegaron al fondo de la cuestión y se debatió sobre la licitud de la conquista de las Indias Occidentales; figura clave es el Padre Las Casas que entronca su pensamiento y modo de sentir con las ideas de Erasmo de Rotterdam. Francisco de Vitoria, catedrático en las universidades de Valladolid y Salamanca, es el que plantea en términos exactos el problema de América; le bastó recoger los principios de Tomás de Aquino, para desmontar teorías erróneas, y perfilar un nuevo derecho internacional. Fue repetidamente consultado sobre cuestiones indianas, y quedó impresionado por la magnitud de los problemas. En sus Relecciones sobre los indios (1539) planteó la legitimidad de la conquista. El debate fue tan fecundo que Las letras se pusieron al servicio de un Nuevo Derecho Internacional propiciado por Francisco de Vitoria, en defensa de los derechos de los nativos de aquellas tierras, aunque como siempre luego no se llegara a cumplir por parte de los detentaban el poder, auxiliados en la fuerza de Las armas.

2.3.La responsabilidad del Saco de Roma, a cuenta de Dios o el erasmismo al servicio de Carlos V.

Como el caso Salamino y su reflejo en las literaturas románicas, algo similar podríamos hacer con otros muchos asuntos históricos y literarios de tanta o mayor importancia para la Historia de la Humanidad, como el descubrimiento y conquista de la Indias Occidentales, ya señalado anteriormente, o el de la caída de Constantinopla en manos de los turcos, esto es, la desaparición del Imperio bizantino[25], que había brillado a lo largo de todo un milenio; aquel acontecimiento marcará el final de la Edad Media y dejará también otra huella indeleble en las literaturas románicas como no podía ser menos: Curiosamente, sería la España de Isabel I de Castilla la que daría, medio siglo más tarde, la réplica a ese avance musulmán, con la conquista del reino nazarí de Granada[26]. Además de los ya citados, me referiré a otro conflicto bélico, mucho más puntual, pero no menos trascendente, al estallar en el corazón mismo de la Cristiandad; me refiero al llamado saco de Roma, otro hecho de Armas de gran repercusión internacional y en las literaturas románicas, del que a continuación daremos unas breves pinceladas.

Erasmo de Rótterdam, en uno de sus adagios más célebres, -extraído de su obra Adagia, París, 1500, una colección de 800 proverbios latinos comentados-, insiste en la representación de la guerra cuya génesis la encuentra en los poetas clásicos. Por esto escribe:

Los gramáticos quieren que la guerra sea dicho por antífrasis, porque nada tiene de bueno ni de bello, y no por otra manera la guerra es bella que por la misma que las Furias son Euménides. Otros prefieren deducirla de bestia, porque pelear hasta la destrucción mutua es de bestias, no de hombres.

El holandés también maneja, sin duda, la Eneida de Virgilio (Libros VI y VII, esencialmente) sobre el descenso de Eneas al Averno en compañía de la Sibila, donde aparecen una serie de personajes alegóricos, entre otros la Guerra junto con las Euménides: motiferumque adverso in limine Bellum / ferreique eumenidum thalami et Discordia demens (VI, 279-280), que traducido dice: “y en el umbral opuesto la mortífera Guerra y en los tálamos de hierro las Euménides y la loca Discordia”. En el libro siguiente, una de las furias, la más pestilente, Alecto, presiona a la reina Amata y a las mujeres del Lacio a que inciten al rey a declarar la guerra a los troyanos e identifica la mencionada furia:

Mil nombres, mil maneras de dañar. Abate el pecho fecundo, desbarata la paz acordada, siembra pretextos de guerra [...]. A ésta [la reina] la diosa arroja una serpiente de sus cabellos oscuros, y la introduce en su seno hasta lo más hondo de su corazón, para que. Furibunda por el monstruo, desordene toda casa.

Puig de la Bellacasa, R. (Erasmo..., 2000, pp. 173-174) estudia las fuentes de Erasmo y para la etimología de bellum pudo utilizar como fuente alguna poliantea donde se citan todos los gramáticos antiguos:

Quiere Prisciliano que entre los latinos guerra fuera dicho así por antífrasis, ya que es muy poco bella. Otros la deducen de bueno, no por antífrasis, sino porque antiguamente las guerras se recibían con el favor del bueno, no para provocarlas, sino para apartar la injuria y preparar la paz [...]. Sexto Festo [la deduce] de las bestias, porque es de bestias combatir el despedazamiento mutuo.

En la Stultitiae laus o Elogio de la locura, el de Rótterdam también atacó la guerra:

Y aunque la guerra sea algo hasta tal punto monstruoso, que conviene más a las fieras que a los hombres, hasta tal punto insana, que los poetas fingieron ser introducida por las Furias, hasta tal punto pestífera, que conlleva la corrupción de todas las costumbres, hasta tal punto injusta, que suele ayudar perfectamente a los peores ladrones, hastal tal punto impía, que nada tiene que ver con Cristo, y sin embargo, [los Papas], descuidándolo todo, sólo se dedican a ella.

Garcilaso conoció la Eneida dado que la Égloga II la imita en muchos lugares, aunque cuando establece el paralelismo, tan claro, entre la guerra y la furia Alecto, la peor y más pestilente de las tres, hubo de fundamentarse en el adagio de Erasmo; el adjetivo de inhumana bien pudo tomarla de la rocopilación etimológica del humanista que, al citar Festo, la califica de belluarum sit, non hominum (Morros, B., ibídem, p.233). Poco antes de darnos esa idea de la guerra, el holandés invita a los lectores a imaginar los horrores de la batalla, las voces del enemigo o la carnicería que se ocasiona inevitablemente:

Piensa ya que ves bárbaras cohortes, espantosas por el mismo aspecto y por el sonido de las voces, tropas de uno y otro lado equipadas con corazas, el crujido terrible de las armas. [...]el zumbido detestable de tanta muchedumbre, los ojos amenazantes..., el terrorífico canto de las trompetas, el trueno de las bombardas, no menos terribles por verdaderos, sino más perjudicial, el loco clamor, el choque furioso, la monstruosa destrucción, las fuerzas crueles de los que caen y de los que matan, un montón de cadáveres, campos inundados por la sangre, ríos teñidos por la humana.

En mayo de 1527 se produce el saqueo de Roma por el ejército imperial. Clemente VII organiza la Liga de Cognac (1526) contra Carlos V; con el Tratado de Madrid de 1526 se pone fin a la primera guerra hispano-francesa de Carlos V, pero se dará paso rápidamente a una segunda conflagración en la que Francia se alía con Florencia, Venecia y el Papado contra el César en la Liga de Cognac o Liga Clementina, llamada así en honor de Clemente VII de la casa de Médicis que la preside. Se había producido la ruptura y pronto llegaría la guerra. El ejército imperial estaba capitaneado por un francés, el condestable de Borbón, enfrentado a Francisco I; se componía de efectivos procedentes de España, Italia, Suiza y de una importante partida de dieciocho mil lansquenetes alemanes, la mayoría de ellos luteranos; eran mercenarios ávidos de pillaje y extorsión; el condestable tampoco disponía de fondos y les retuvo con la promesa del botín de Roma; el día 6 se iniciaba el asalto y el Borbón murió el primer día; los soldados entraron a saco en Roma, saqueando casas e iglesias, profanando las reliquias, violando a las religiosas, humillando a los príncipes de la Iglesia, despojando a la población de todo cuanto tenían y entregándose al tráfico de obras de arte. El ejército imperial sale de Roma el 16 de febrero de 1528 llevándose un enorme botín. El Papa tuvo el tiempo justo de refugiarse en el castillo de Sant´Angelo, donde fue asediado. Mediante el pago de un importante tributo de guerra se le autorizó a salir de la ciudad, quedando ésta en manos del ejército imperial. Desde los tiempos de las invasiones bárbaras, la capital del mundo cristiano nunca había sufrido un ultraje semejante.

El día en que se supo en Valladolid la toma y el saqueo de Roma, el secretario Alfonso de Valdés[27] recibía a varios amigos; unos lo contaban con satisfacción, los otros con horror. Carlos, que desde hace muchos meses acusa al Papa de traicionar su misión y le urge a convocar un Concilio, tiene ahora al Papa en sus manos. Las atrocidades cometidas en Roma escandalizan a Europa; el descrédito creciente del papado, desde primeros de siglo, se convierte repentinamente en lástima. El Emperador seguía perplejo y cada día que pasaba hacía más inconcebible una solución radical como sería la supresión del poder temporal del Papa y la convocatoria de un Concilio. El gobierno imperial no tiene prisa en arreglar sus diferencias con Roma; quiere ganar tiempo y que la Cristiandad digiera las graves noticias. El Canciller Gattinara escribe una carta al Emperador sugiriéndole que decline toda responsabilidad, lamentar oficialmente lo sucedido y expresar sus mejores deseos por el restablecimiento de la paz universal, sometiéndose al juicio del Concilio general, único que puede acabar con tantos conflictos temporales y religiosos. (Bataillon, Marcel, 1966, págs.365 y ss.).

Alfonso de Valdés es quien, a finales de julio, redacta el mensaje de Carlos V a los príncipes cristianos. El Emperador recodaba los servicios prestados por él a la paz y a la Santa Sede: la libertad devuelta al Rey de Francia después de la batalla de Pavía (1525, 24 de febrero) y su negativa a escuchar los agravios de Alemania contra Roma; Valdés hace recaer la responsabilidad a los consejeros malintencionados del papa Clemente VII; además, acusaba a sus enemigos de haber exagerado sus horrores. Finalmente, expresaba la esperanza de que lo sucedido redundara en gloria de Dios, gracias a la pacificación y la curación de los males que aquejaban a la Cristiandad.

Poner el acontecimiento en la cuenta de Dios no era un hallazgo de Valdés, sino lugar común entre los imperiales persuadidos de la misión providencial de su señor; en los informes de la Cancillería recibidos de Roma, Bartolomeo Gattinara escribía que esto ha sucedido por juicio de Dios, porque la corte romana vivía en gran tiranía y desorden. Y Valdés proponía todo su empeño en defender, ante los diplomáticos acreditados en Valladolid, la tesis de la no responsabilidad imperial.

Varios días después escribió Carlos de su puño y letra al Papa expresándole su deseo de paz universal y de reforma. Invitaba a Clemente VII a convocar un Concilio para destruir las herejías, reducir a los infieles y restaurar la Santa Sede y le daba su real palabra de impedir que se planteara en él la cuestión de la deposición o suspensión del Papa; no era pequeño compromiso con el Papa prisionero en el Castillo de Sant´Angelo.

Valdés trata de interpretar lo ocurrido a medida que iba recibiendo minuciosos informes en Roma. Nunca el pensamiento religioso, moral y político del erasmismo de España se abrió paso con mayor resolución. Los fariseos se cubren el rostro y hacen correr las noticias gritando la palabra sacrilegio; Quiñones, general de los franciscanos, llega a Valladolid y se atreve a decir al Emperador que si no se conduce como debe para con el Papa, será imposible llamarlo Emperador, y habrá que llamarlo más bien “capitán de Lutero”. Para contestar a todos, se esboza en el espíritu de Alfonso de Valdés un coloquio satírico más áspero que los de Erasmo, el Diálogo de Lactancio y un Arcediano o De las cosas ocurridas en Roma. Tiene sobre su mesa, entre otros despachos venidos de Roma, las cartas de Francisco de Salazar; todos los horrores del saqueo están allí, con todo su patetismo. Este informador se transforma en el interlocutor que Valdés necesita en su Diálogo. (Marcel, Bataillon, 1966, págs. 364 y ss.).

Lactancio que representa al autor, se encuentra en una plaza de Valladolid con un Arcediano que llega de Roma y le cuenta los sucesos derivados de la conquista de la ciudad por las tropas del Carlos V. Frente a las lamentaciones del Arcediano, Lactancio disculpa al Emperador, sin cuya voluntad se había producido el asalto, y echa la culpa sobre el pontífice y sus consejeros, acusándole de provocar con su hostilidad hacia el Emperador, con sus intrigas y sus alianzas militares, la división de la Cristiandad, en el preciso momento de la mayor amenaza de los turcos. Tras exaltar la paz, subraya Valdés el escándalo monstruoso de un papa guerrero y plantea los derechos y deberes del pontífice en materia de política europea; en el fondo, escribe Bataillon, se trata de la significación del mismo papado, que está en la tierra para continuar a Cristo y encarnar el espíritu evangélico y no para defender sus posesiones materiales con las armas en la mano.

Valdés asegura, en la segunda parte, que Dios ha permitido aquellos sucesos para castigar la relajación y corrupción de costumbres de la corte papal y de la mayoría de los eclesiásticos; el saqueo de la ciudad, según Lactancio, es un castigo providencial contra una Iglesia corrompida. El autor, por boca de Lactancio, siguiendo las doctrinas de Erasmo, preconiza una religiosidad de tipo íntimo, con auténtica pureza de costumbres y caridad evangélica, y rechaza las meras formalidades del culto externo. A cada profanación de los soldados imperiales que aduce el Arcediano, Lactancio replica con una inmoralidad del clero pontificio o una prueba de su venalidad. Reprocha, sobre todo, el tráfago que hace la corte pontificia de todas las cosas santas, vendiéndolas como si fueran un privilegio de la riqueza:

Al baptismo, dineros; a la confirmación, dineros; al matrimonio, dineros; a las sacras órdenes, dineros; para confesar, dineros; para comulgar, dineros. No os darán la Estrema Unción sino por dineros, no tañerán campanas sino por dineros, no os enterrarán en la iglesia sino por dineros, no oiréis missa en tiempo de entredicho sino por dineros; de manera que parece estar el paraíso cerrado a los que no tienen dineros. ¿Qué es esto, que el rico se entierra en la iglesia y el pobre en el cimenterio? ¿Quel rico entre en la iglesia en tiempo de entredicho y al pobre den con la puerta en los ojos? ¿Que por los ricos hagan oraciones públicas y por los pobres ni por pensamiento?¿Jesu Cristo quiso que su Iglesia fuesse más parcial a los ricos que no a los pobres? ¿Por qué nos aconsejó que siguiéssemos la pobreza?. Pues allende desto, el rico come carne en quaresma, y el pobre no, aunque le cueste el pescado los ojos de la cara; el rico alcança ochocarretadas de indulgencias, y el pobre no, porque no tiene con que pagallas, y desta manera hallaréis infinitas cosas. Y no falta quien os diga que es menester allegar hazienda para servir a Dios, para fundar iglesias y monesterio, para hazer dezir muchas missas y muchos trentenarios, para comprar muchas hachas que ardan sobre vuestra sepultura...

Larga y apasionada atención merecen a Lactancio los motivos que andan mezclados en el culto de las reliquias, de los cuales existen múltiples copias, y son tenidas además en auténtica idolatría como objeto de superstición o de interesada piedad[28].

“¿Para qué pensáis vos que da el otro a entender que una imagen de madera va a sacar cautivos y que quando vuelve vuelve toda sudando, sino para atraer el simple vulgo a que offrescan a aquella imagen cosas de que él después se puede aprovechar?... Y desta manera os dan otros a entender que si hazéis decir tantas missas, con tantas candelas, a la segunda angustia hallaréis lo que perdiéredes o perdistes... en esta misma cuenta entran las nóminas que traéis al quello para no morir en fuego ni en agua, ni a manos de enemigos, y encantos, o ensalmos que llama el vulgo, hechos a hombres y a bestias... ¿Queréis ver otra semejante gentilidad, no menos clara que ésta? Mirad cómo havemos repartido entre nuestros santos los oficios que tenían los dioses de los gentiles.En lugar del dios Mars, han sucedido Sanctiago y Sanct Jorge; en lugar de Neptumo, Sanct Elmo; en lugar de Baco, Sanct Martín; en lugar de Eolo, Santa Bárbola; en lugar de Venus, la Madalena El cargo de Esculapio havemos repartido entre muchos: Sanct Cosme y Sanct Damián tienen cargo de las enfermedades comunes; Sanct Roque y Sanct Sebastián, de la pestilencia; Sancta Lucía, de los ojos; Sancta Polonia, de los dientes; Sancta Águeda, de las tetas; y por otra parte, Sanct Antonio y Sanct Aloy, de las bestias; Sanct Simón y Judas, de los falsos testimonios; Sanct Blas de los que estornudan.... Y de aquí viene que piensan otros, porque rezan un montón de salmos o manadas de rosarios, otros porque traen un hábito de la Merced, otros porque no comen carne los miércoles, porque se visten de azul o naranjado, que ya no les falta nada para ser buenos cristianos, teniendo por otra parte su invidia y su rencor y su avaricia y su ambición y otros vicios semejantes, tan enteros, como si nunca oyessen decir qué cosa es ser cristiano” (Alfonso de Valdés, ibídem).

Frente a todas las corrupciones de la Iglesia, Carlos V es presentado por Valdés como el hombre providencial destinado a restaurar el verdadero cristianismo, ayudado por el Concilio general. Bartasar de Castiglione, nuncio entonces del pontífice en España, pidió a Valdés que retirara el Diálogo, y aún advirtió al Emperador de que había en él conceptos heterodoxos. Aunque Valdés hizo repetidas protestas de su fe católica y afirmó que en materia dogmática acataba el juicio de la Iglesia, su sátira de las costumbres eclesiásticas resultó tan a lo vivo en el Diálogo que años más tarde, en marcha ya la Contrarreforma, la Inquisición lo incluyó en el primer Índice español de libros prohibidos, en 1547.

Pero entrar en esos rastreos y las huellas que dejaron en las Literaturas románicas y en cientos de documentos oficiales, ya sea el caso de Salamino, el descubrimiento y conquista de las Indias Occidentales, el Saqueo de Roma por las tropas de Emperador y otros muchos anteriores al Discurso de Las Armas y Las Letras de don Quijote, sería una tarea que trasciende con mucho a nuestro trabajo. De modo que continuaremos centrados en el topos que nos ocupa, pero siguiendo la literatura de la península Ibérica hasta llegar a Cervantes, aunque con alguna que otra digresión.

3. La caricatura de un Uomo universale en la España de Carlos V

El éxito de fray Antonio de Guevara (1480?-1545) en la Europa de los siglos XVI y XVII, que tanto influyó en el estilo de Cervantes y en las parodias que hizo de muchas de sus ideas, se debió a que negaba la validez de las conductas ajenas, lo que refleja una vida frustrada y un ansia de salvarse en aquel mundo de profundos cambios. Se regodeaba en hablar de inmundicias con inequívoca perversión, síntoma claro de despecho y amargura. La vida de Guevara, nieto de mujer soltera, con un relumbrante apellido de ilustre familia, trascurrió, de joven, en la corte de los RR.CC.. No le sedujo la empresa bélica, ni partió a la Indias Occidentales a evangelizar indígenas, y no pudo forjarse una vida acorde con su condición de ser un Guevara, por eso buscó en las letras lo que otros lograban con las armas: la riqueza y el poderío. No pudiendo emular a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, buscó su fama dándole consejos en una carta simulada y dirigida al ilustre soldado.

Sin embargo tuvo influencia notable sobre Carlos V, pues algunos discursos llevan su huella, quien le sacó del convento, obligado según él, y le nombró predicador oficial, cronista de la Corte, Inquisidor de Valencia, y luego obispo de Guadix, de donde salió para acompañar al Emperador en la campaña de Túnez y en un viaje a Italia. Murió en 1545 siendo obispo de Mondoñedo.

Su Rejox de príncipes, novela histórica con fines didácticos y moralizantes, incluye una historia imaginaria de Marco Aurelio, llena de invenciones e inexactitudes al citar a griegos y romanos, hasta tal punto que los humanistas y muy en especial los erasmistas le silenciaron o le despreciaron. Siempre es posible contar grandes mentiras tanto en forma maravillosa como estúpida, y éste lo hizo según la primera fórmula. La obra alcanzó de repente una gran popularidad y se puso de moda en la Europa de entonces, siendo traducida a varios idiomas. El episodio El villano de Danubio, recogido en una fábula de Lafontaine, relata cómo un germano protesta ante el Senado Romano por la esclavitud de su pueblo y clama por los derechos naturales del hombre; así defiende la tesis de la superioridad del hombre natural sobre el civilizado, tomada de Tácito y con gran resonancia en la obra de Gracián. Menéndez Pelayo, que no le regatea elogios, le llama predicador parlerista y comenta que su libro fue tan leído como el Amadís de Gaula y La Celestina. Este fraile siempre manifestó un ilimitado deseo de posesión de gloria, quizás porque no triunfó ni como caballero ni como amador.

A los 20 años profesó en la Orden de San Francisco, más por despecho del mundo que por ascetismo, confirmando que las órdenes religiosas sirvieron de refugio a muchos de sus contemporáneos como a él mismo; en el fondo, Guevara se sentía un caballero y un cortesano; la orden franciscana le ofreció hidalguía y prestigio; lo que no pudo conseguir con las armas y la riqueza, lo consiguió gracias a las letras y a su elocuencia natural, sintiéndose superior a todos los que escuchaban sus consejos y diatribas. En una ocasión dijo que le falta libertad; no es libre para amar bellas damas, no por ser viejo, sino por ser fraile, predicador y cronista del César Carlos V; huye del mundo y se siente atraído por él, una contradicción bastante frecuente en aquellos que bajo el hábito añora la armadura. Se sintió cristiano viejo y añoraba su origen nobiliario; cuando escribe al Condestable de Castilla le dice: bien sabéis, señor, que primero hubo condes de Guevara que no reyes de Castilla, y alejándose de la piedad cristiana, expone lo siguiente:

No dudéis que los cielos están llenos de caballeros, y los infiernos llenos de necios, [porque] ser caballero y ser cristiano muy bien se compadecen en la ley de Cristo; el bueno y valeroso caballero ha de ser animoso en el corazón, esforzado en el pelear, generoso en el dar, paciente en el sufrir y clemente en perdonar. Osaré deciros como cristiano y jurar como caballero...Os prometo como caballero y os juro como cristiano (188,124).

En este hombre, bajo el hábito de San Francisco late el caballero y el amador fracasado; uno, censura el imperialismo bélico; otro, se deleita describiendo cortesanas. Su mundanidad, letras y cargos eclesiásticos se aproxima al estado social del alto clero en la Italia del momento, al destacar como humanista, cortesano y obispo; pero su ideal de vida queda hecho añicos en su conciencia moral; su sueño de perfección fueron Alfonso X el Sabio en el XIII, su sobrino don Juan Manuel y pero López de Ayala en el XIV; algunos grandes maestres de las órdenes militares y el marqués de Santillana en el XV. Eso fue lo que vivió en la corte de la reina Isabel: la reina mandaba ejércitos, leía latín, hacía que humanistas italianos enseñaran a los miembros de su corte, e iniciaba la expansión imperial de España con el fin de evangelizar el mundo. La caballería, el saber de las ciencias, de la religión, del mundo... aparecen desintegradas en su obra, nada que ver con el uomo universale en la Italia del Renacimiento, del que Guevara era un mera caricatura. Quizás por eso se refugia en la oratoria y llena su vanidad con la elocuencia. Se contempla a sí mismo de esta guisa: Yo, señora, soy, en profesión, cristiano; en hábito, religioso; en doctrina, teólogo; en linaje, de Guevara; en oficio, predicador, y en la opinión, caballero y no comunero.

El moralista Guevara usa su estilo, entre otras cosas, como escudo y un freno para consigo mismo; se observa en su elegante y espectacular prosa un afán de realizar con la pluma lo que no pudo descargar con las armas; de ahí su inseguridad, su desorientación; quizás por eso, los lectores del siglo a quien se dirige colaboran con él, no muy seguros de su posición en la vida como él, en el momento histórico más dudoso de Europa. Cuando Europa analizó y vio lo que quería y podía hacer, los libros del obispo de Mondoñedo dejaron de imprimirse.

Su famoso alegato de El villano del Danubio en la falsificada Vida de Marco aurelio o Reloj de príncipes, las lamentaciones del villano del Danubio contra el imperialismo de Roma se vieron como una directa alusión a lo que estaba sucediendo en las Indias Occidentales: la crueldad de los conquistadores y el sacrificio de la libertad de los indios. Guevara, Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán (México, 1535), Las Casas y otros muchos quisieron proteger a los indios contra la opresión de aquellos cristianos descubridores de la Edad de Hierro. La utopía, puro platonismo, es en Guevara bella retórica de espíritu resentido y rencoroso, una admonición en la que se protege al débil para arrojárselo a la cara a los grandes de Castilla, que podían lo que querían, más que por amor cristiano; no Guevara ni otros como él no ignoraban que las víctimas del imperialismo romano (los villanos del Danubio) o español (los aztecas), cuando dominaron a otras tribus más débiles, su dominio fue ilimitadamente bárbaro.

La identidad de España es única entre los pueblos occidentales; se formó en torno a la creencia en la supremacía de los cristianos viejos. Solo aquí era posible que un fraile como Guevara fuera crítico y consejero del gobierno de Carlos V.

El humanismo cristiano de Las Casas, Guevara y otros muchos encubría, bajo el violento ataque contra la conquista y los justos títulos de los reyes a poseer las tierras conquistadas, el deseo de erigir un poder espiritual frente al Estado: vosotros conquistáis, con la espada, nosotros, con nuestra doctrina, os gobernamos a vosotros y a los indios. Ellos descubrieron un deseo de imperialismo eclesiástico y utópico, que significaba dominio y una compensación a la imposibilidad de luchar como un caballero, como un Guevara. Soñaron con repetir al revés la empresa del Islam, (la guerra santa, la yihad musulmana, que tanto influyó en la sociedad occidental en Oriente, durante las Cruzadas), y la conquista de América se estaba convirtiendo en un dominio del mundo sobre el que aplicar la política de Dios, un régimen supranacional en el que las órdenes religiosas ejercían un poder omnímodo porque el Estado no se opuso a la utopía universal de los teólogos, antes bien legitimaron el imperialismo con la excusa de la expansión del Cristianismo. Si se hubieran impuesto las tesis del humanista Juan Ginés de Sepúlveda, basada en la antítesis civilización-barbarie, como hizo el resto de Europa en sus colonizaciones, sólo unos cuantos indios hubieran quedado vivos en México o Perú. El fracaso de Sepúlveda fue absoluto y su tratado justificativo de la guerra contra los indígenas no se publicó hasta 1892.

Guevara, como funcionario de la Casa imperial, no se atrevía a citar a los indios de América e inventó la ficción del villano del Danubio; el emperador comulgaba con su idea del dominio universal en nombre de una pax crhistiana, hasta tal punto que algunos de sus discursos fueron redactados por Guevara, como ya dijimos. El espíritu pacifista de la Querela pacis de Erasmo era un debate continuo en la Corte del Emperador y corrió en castellano desde 1520, junto con la utopía de Tomás Moro; mientras y paradójicamente, en Europa y América el horror de las guerras se imponía a la paz. Al imperio de las armas se oponía el mesianismo defendido por los oradores religiosos, el mismo Guevara, el pueblo y hasta el Emperador, de tal modo que en la Querela Pacis, Erasmo entreveía una Edad de Oro en que la paz de aquel mundo sería posible. (Castro, A., op. cit., pp. 399 y ss.; Alborg, J. L., op. cit., pp. 726 y ss.).

A modo de conclusión

En nuestros días, la amenaza nuclear y la proliferación de las armas nucleares desarrolladas por la tecnología militar hasta llegar a las bombas atómicas de efectos incalculables, suponen una amenaza cierta para toda la Humanidad con la posibilidad real de destrucción del Planeta, enmascarados y movidos por otros intereses, sin duda distintos a los meramente religiosos, (Estado de Israel, Pueblo Palestino, petrodólares, el 11 S de EE.UU. o atentado de las Torres Gemelas, el 11M de Madrid, Guerra de Irak… y el último, brutal y sangriento ataque marroquí a los campamentos saharauis del Aaiún) perviven con la misma frecuencia y crueldad.



NOTAS BIBLIOGRAFICAS

[1]. Menéndez Pidal defiende que La disputa como armazón para desarrollar un tema literario, pertenece a la literatura universal. El mismo Menéndez Pidal estudió y dio a conocer La disputa de Elena y María en Revista de
Filología Española, I,
1914, pp. 52-96. Lo supone escrito en 1280, y su autor lo sitúa en el noroeste de la Península (León, Zamora, Salamanca); consta de 402 versos irregulares con predominio de los octosílabos, agrupados en pareados. Se trata de la disputa entre Elena y Maria, dos hermanas nobles, la primera enamorada de un caballero y la segunda, de un abad, y pleitean sobre cuál de ambos amantes es mejor.

[2] . Giménez Soler, Andrés: Don Juan Manuel. Biografía y estudio crítico. Zaragoza, 1983.

[3] . Castigos, cap. último; cit. por Giménez Soler, pp. 139-140.

[4] . Vid. M. Batllori, "El Gran Maestre don Juan Fernández de Heredia y el helenismo en la Corte de Avignon", en Humanismo y Renacimiento. Estudios hispano-europeos, (Barcelona 1987), pp. 52-60.

Las Vidas Paralelas de Plutarco se conservan en los Parisini esp. 70-72, códices que habían pertenecido a la biblioteca del rey de Nápoles. La traducción fue utilizada en la Grant Crónica de los Conquiridores y en la Grant Crónica de Espanya (poco antes de 1385). Los discursos de Tucídides fueron traducidos por encargo de Heredia; se conservan en el Matritensis 10.801, copiado ca. 1384 en Aviñón.

[5] .Aviñón fue la residencia de siete sucesivos papas católicos entre 1309 y 1377. Bonofacio VIII, que se llamó Benedetto Gaetani y nació en Anagni (Italia), fue hecho prisionero en su propio palacio de Anagni por el rey Felipe IV el Hermoso, rey de Francia y Navarra, al publicar el Papa la famosa bula Unam Sanctam (1302), declarando la supremacía papal, habiendo prohibido anteriormente que los clérigos pagasen impuestos al poder civil; escapó de su cautiverio y murió poco después.

Felipe logró que fuera elegido papa uno de sus partidarios, Bertrand de Got, con el nombre de Clemente VII (1305-1314) y le obligó a residir en Francia; así se inicia la conocida Cautividad de Babilonia del Papado. Cuando el 1307, Felipe IV detuvo al gran maestre de los Caballeros Templarios u Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, conocidos también como Caballeros del Templo de Salomón, obligó al papa a suprimir esta Orden religiosa y militar cuyas riquezas fueron confiscadas. La Orden templaria nació para proteger a los peregrinos que visitaban Palestina tras la Primera Cruzada; luego se estableció en el primer tercio del siglo XII en Aragón, Cataluña y Navarra, y posteriormente se extendió a Castilla y león con el objeto de la defensa fronteriza frente a los musulmanes; intervinieron en importante contiendas bélicas destacando su participación en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212).

[6]. Pedro González de Mendoza era hijo de Gonzalo Yáñez de Mendoza, el primer Mendoza emigrado a Guadalajara y de Juana de Orozco. Nació hacia 1340 y casó primeramente con María Fernández Rodríguez, hermana del célebre Pedro Fernández Pecha, fundador del Monasterio de San Bartolomé de Lupiana, donde se creó la Orden de los Jerónimos, la cual murió hacia 1354 sin descendencia. Entonces se casó primeramente con su prima Teresa López y viudo de nuevo, lo hizo en 1363 (según Pecha) con Aldonza Fernández de Ayala, nacida en 1346 y hermana de Pedro López de Ayala (1332-1407), el Cronista y Canciller que sirvió a Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III y que también cayó prisionero en Nájera y Aljubarrota. Pedro y Aldonza tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas, y se sabe que Aldonza vivía en 1389 pues instituyó seis capellanías cantadas en la iglesia monacal de San Francisco de Guadalajara.

Pedro I el Cruel hizo merced de los portazgos de Guadalajara a Pedro González de Mendoza en 1355. El reinado de Pedro I se ensombreció por la aparición de la Peste Negra (de 1348 hasta casi 1370) que despobló Castilla, así como por la guerra civil por el trono contra su hermanastro Enrique. Al comienzo Pedro González apoyó a Pedro I el Cruel pero igual que los Ayala y los Orozco, pasó en 1366 al bando de Enrique II de Trastamara cuando Pedro I huyó desde Burgos hasta Burdeos dónde obtuvo la ayuda del Príncipe Negro que vino con su ejército a España. Las fuerzas de Enrique II fueron derrotadas completamente en Nájera (1367) cayendo Pedro prisionero junto con su tio Orozco y el futuro Canciller Ayala.

Su importancia en la corte había aumentado en 1379 al suceder Juan I a Enrique II y apoyarse en la nueva nobleza que encabezaba su ayo Pedro, quien fue nombrado su Mayordomo Mayor, y al poco Capitán General de sus ejércitos.

A la muerte del rey de Portugal, Juan I optó a dicha corona. Pedro fue uno de los regentes del reino en 1384 en ausencia de Juan I y luego le acompaño en la campaña final. Pedro murió heroicamente en la desastrosa derrota de Aljubarrota (Portugal) en 1385 que se había iniciado contra su parecer. (Los inicios de la familia Mendoza. Apuntes históricos y biográficos compilados por Jose L. G. De Paz. Universidad Autónoma de Madrid).

[7] . Edwin J. Webber, “Plautine and Terentian Cantares in Fourteenth-century Spain”, en Hispanic Review, XVIII, 1950, pp. 93-107. Del mismo, “Further Observations on Santillana´s Dezir Cantares”, en Hispanic Review, XXX, 1962, pp. 87-93; en estos artículos Webber estudia el problemático significado de una frase de Santillana en su Carta Proemio al Condestable de Don Pedro de Portugal, cuando su abuelo alude a las formas poéticas puestas en prácticas por él: “Usó una manera de decir cantares así commo cénicos plautinos e terencianos, tanbién en estrinbotes commo en serranas”.

[8] . El ascenso de la burguesía en los siglos XIV y XV y las luchas de los campesinos contra la nobleza culminaron en la gran revolución religiosa del siglo XVI conocida como la Reforma. Este movimiento tuvo su reflejo en la literatura, especialmente a través de Martín Lutero, cuya traducción de la Biblia estableció el nuevo alto alemán como lengua literaria de Alemania. En la literatura secular se abandonó el aristocrático Minnesang en favor de las Meistergesang (‘canciones de los magistrales’), escritas por gremios de artesanos llamados meistersinger. (Literatura alemana, Enciclopedia Microsoft® Encarta® Online 2005).

[9] . Castiglione, Baldassare: Il Cortegiano, Venecia, 1528. Sigue el modelo de Cicerón en "De oratore". Esta obra tendrá gran influencia en la introducción del pensamiento y modo de vida renacentista en la corte española, al disertar sobre las virtudes que han de adornar al caballero y sobre el ideal platónico amoroso.

[10]. Uno de los mejores pasajes de la epopeya de Boiardo es la conversación nocturna sobre las armas y las letras (Orlando innamorato, I, 18, 4055). También Ludovico Ariosto recuerda el tema (Orlando furioso, 1516, X, 77; XX, 12) y lo mismo hace Rabelais (Pantagruel, cap. VIII); Spenser lo incluye en su Faerie Queene (II, III, 40) y en The Shepheardes Calender (October, versos 66-67), y Cervantes en el Quijote (I – XXXVIII), según señala Cutius (Las artes y las letras, 1976).

[11]. También Roldán (del francés) y Rotolando (del latín). Fue sobrino del emperador y uno de los doce Pares de Francia; murió traicionado por Genelón en Roncesvalles, mientras protegía la retirada del ejército del emperador Carlomagno con un puñado de caballeros. La Canción de Roldán (siglo XI) es la gesta histórica francesa por excelencia. Orlando enamorado (1486), poema de Boyardo, continuado por Arioso en su Orlando furioso, cuyo tema siguieron Barahona de Soto y un largo etcétera. La segunda parte de Orlando con el verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles (1555), obra de Nicolás Espinosa.

[12] . El desdén por el vulgo se halla atestiguado en forma razonada en los escritos más característicos del Renacimiento. En La Celestina se dice, traduciendo a Petrarca: Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión. Erasmo de Rótterdam , en el Enquiridión, afirma: La verdad es que el juicio común de la gente nunca jamás fue ni es regla muy cierta ni muy derecha para regirse hombre por ella.

El tema llega a Cervantes, como a otros muchos escritores, y esa actitud entre el vulgo le lleva escribir: La poesía no se ha dejar tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. (Quijote, II-XVI, De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha). La oposición que se establece con el concepto VULGO puede remontar a Horacio y está presente en muchos autores del Siglo de Oro. (Rico, Frco., Quijote, 2004, p. 826, n. 63).

[13] . La rebelión Dels Segadors el 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus, y la muerte del virrey de Cataluña, el conde de Santa Coloma dio comienzo a la Guerra de Cataluña, que duró doce años; terminó con la rendición de Barcelona en 1652; no fueron suprimidos los fueros. Algunos trataron de evitar la guerra dentro de España, pero el castigo fue decidido por la corte. Las alteraciones de Cataluña crearon una seria situación en la Compañía de Jesús; la provincia de Aragón –que abarcaba Aragón, Valencia y Cataluña-, se dividió por la parte catalana. El 22 de julio llega el rey Felipe IV a Zaragoza, y poco después el padre Gracián es nombrado vicerrector en Tarragona; en 1644 los franceses asedian Tarragona y allí conoce al caballero portugués Pablo de Parada, el Cid de nuestros tiempos; en septiembre del 46, Gracián se incorpora al ejército de socorro del marqués de Leganés, ordenado por su Orden, quizás como castigo por haber publicado varios libros sin las aprobaciones requeridas. Mientras se prepara el ataque contra Lérida, Gracián presta sus servicios espirituales y exhorta a los soldados que gritaban:¡Peleemos. Viva el rey nuestro señor y la Santa Fe Católica!. Durante toda la lucha, estuvo con la gente de Pablo Parada, que mandaba un tercio de la guardia. El conde de Harcourt fue rechazado y dio orden de retirada. Vio con sus ojos el valor de los combatientes y el triste despojo de las batallas, el espectáculo de la guerra con su ferocidad y nobleza, su exaltación y crueldad, su violencia mortal, sus desoladas consecuencias. Todos los muertos, que serían hasta 400, eran blancos como la nieve, y más –escribe Gracián en una larga carta a un jesuita de Madrid- melenas rubias, mezclados con los caballos, que en mi vida vi espectáculo tan horrendo. Confesé a algunos que estaban vivos; otros no querían confesar, que decían ser de religión, esto es, herejes. [...] En un instante desnudaron a todos, a todos los muertos, a los propios y a los extraños. La dura ley de la guerra. Hasta don Carlos de Mendoza estaba en cueros... El conde de Vagos, los mismos nuestros lo pillaron y echaron por el foso. Gracián, testigo ocular de la batalla, atribuye la victoria al valiente Pablo de Prada. Sin embargo escribe: Confieso a Vuestra Reverencia que yo tuve alguna parte; de modo que ahora todos me llaman el Padre de la Victoria....” (Hoyo, Arturo del, 1967, pp. LIII y ss.).

[14]. También Roldán (del francés) y Rotolando (del latín). Fue sobrino del emperador y uno de los doce Pares de Francia; murió traicionado por Genelón en Roncesvalles, mientras protegía la retirada del ejército del emperador Carlomagno con un puñado de caballeros. La Canción de Roldán (siglo XI) es la gesta histórica francesa por excelencia. Orlando enamorado (1486), poema de Boyardo, continuado por Arioso en su Orlando furioso, cuyo tema siguieron Barahona de Soto y un largo etcétera. La segunda parte de Orlando con el verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles (1555), obra de Nicolás Espinosa.

[15] . Menéndez Pidal defiende que La disputa como armazón para desarrollar un tema literario, pertenece a la literatura universal. El mismo Menéndez Pidal estudió y dio a conocer La disputa de Elena y María en Revista de
Filología Española, I,
1914, pp. 52-96. Lo supone escrito en 1280, y su autor lo sitúa en el noroeste de la Península (León, Zamora, Salamanca); consta de 402 versos irregulares con predominio de los octosílabos, agrupados en pareados. Se trata de la disputa entre Elena y Maria, dos hermanas nobles, la primera enamorada de un caballero y la segunda, de un abad, y pleitean sobre cuál de ambos amantes es mejor.

[16] . El desdén por el vulgo se halla atestiguado en forma razonada en los escritos más característicos del Renacimiento. En La Celestina se dice, traduciendo a Petrarca: Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión. Erasmo de Rótterdam , en el Enquiridión, afirma: La verdad es que el juicio común de la gente nunca jamás fue ni es regla muy cierta ni muy derecha para regirse hombre por ella.

El tema llega a Cervantes, como a otros muchos escritores, y esa actitud entre el vulgo le lleva escribir: La poesía no se ha dejar tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. (Quijote, II-XVI, De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha). La oposición que se establece con el concepto VULGO puede remontar a Horacio y está presente en muchos autores del Siglo de Oro. (Rico, Frco., Quijote, 2004, p. 826, n. 63).

[17] . La rebelión Dels Segadors el 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus, y la muerte del virrey de Cataluña, el conde de Santa Coloma dio comienzo a la Guerra de Cataluña, que duró doce años; terminó con la rendición de Barcelona en 1652; no fueron suprimidos los fueros. Algunos trataron de evitar la guerra dentro de España, pero el castigo fue decidido por la corte. Las alteraciones de Cataluña crearon una seria situación en la Compañía de Jesús; la provincia de Aragón –que abarcaba Aragón, Valencia y Cataluña-, se dividió por la parte catalana. El 22 de julio llega el rey Felipe IV a Zaragoza, y poco después el padre Gracián es nombrado vicerrector en Tarragona; en 1644 los franceses asedian Tarragona y allí conoce al caballero portugués Pablo de Parada, el Cid de nuestros tiempos; en septiembre del 46, Gracián se incorpora al ejército de socorro del marqués de Leganés, ordenado por su Orden, quizás como castigo por haber publicado varios libros sin las aprobaciones requeridas. Mientras se prepara el ataque contra Lérida, Gracián presta sus servicios espirituales y exhorta a los soldados que gritaban:¡Peleemos. Viva el rey nuestro señor y la Santa Fe Católica!. Durante toda la lucha, estuvo con la gente de Pablo Parada, que mandaba un tercio de la guardia. El conde de Harcourt fue rechazado y dio orden de retirada. Vio con sus ojos el valor de los combatientes y el triste despojo de las batallas, el espectáculo de la guerra con su ferocidad y nobleza, su exaltación y crueldad, su violencia mortal, sus desoladas consecuencias. Todos los muertos, que serían hasta 400, eran blancos como la nieve, y más –escribe Gracián en una larga carta a un jesuita de Madrid- melenas rubias, mezclados con los caballos, que en mi vida vi espectáculo tan horrendo. Confesé a algunos que estaban vivos; otros no querían confesar, que decían ser de religión, esto es, herejes. [...] En un instante desnudaron a todos, a todos los muertos, a los propios y a los extraños. La dura ley de la guerra. Hasta don Carlos de Mendoza estaba en cueros... El conde de Vagos, los mismos nuestros lo pillaron y echaron por el foso. Gracián, testigo ocular de la batalla, atribuye la victoria al valiente Pablo de Prada. Sin embargo escribe: Confieso a Vuestra Reverencia que yo tuve alguna parte; de modo que ahora todos me llaman el Padre de la Victoria....” (Hoyo, Arturo del, 1967, pp. LIII y ss.).

[18] . Después de la conquista de la Goleta, uno de los éxitos mayores de su carrera militar, Garcilaso, escéptico, no espera obtener gloria, ni recompensa alguna; para eso se inspiró en unos versos de la Consolatio ad Liviam o Epicedion Drusi, atribuido erróneamente a Ovidio, que rezan así:

Facta ducis vivent operosaque gloria rerum: / Haec manet, haec avidos effigit una rogos. / Pars erit historiae totoque legetur in aevo / Seque opus ingenius carminibus dabit. (Consolatio...), que traducidos:

“Los hechos del general y la gloria difícil de adquirir perduran: él conserva ésta a la vez que la rechaza con ávidos ruegos. Será parte de la historia y será leída en cualquier tiempo, y el esfuerzo se estregará a los ingenios y a las canciones.”

Si el anónimo de la Epicedion... tiene claro que el difunto pasará a la historia y constituirá el tema de muchas canciones, Garcilaso desconfía totalmente en que a él y a sus compañeros de armas le reconozcan los méritos alcanzados en el campo de batalla. (Morros, 2003, p. 229).

[19] . Cfr. Morros, 2003, pp. 228-229: Fracastorio, Opera omnia. Venecia, 1584, fols. 199-200.

[20] . Severo, en el verso 1073, representa al monge benedictino italiano Fr. Severo Varino (1470-1548), preceptor del futuro duque de Alba y de su hermano muerto, a cuya carrera dedica el resto de esta égloga.

[21] . Diálogo de Mercurio y Carón, otro ensayo literario de Alfonso de Valdés, es una defensa no menos ardiente que el Lactancio de la política del emperador. Comienza con un proemio al lector, en que Valdés declara por qué escribió esta obra.

El desafío es la declaración de guerra que los representantes de Francisco I y Enrique VIII notificaron al Emperador en Burgos, el 22 de enero de 1528. Al romper la paz, Alfonso se acuerda de aquel Charon en que su maestro, mezclando la ironía de la Moria con la amargura de la Querala pacis, pone en boca del barquero infernal una especie de Elogio de la guerra. A su vez, imagina un diálogo a la orilla del río de los muertos; nos muestra a Caronte desesperado por haber comprado una galera nueva cuando corre el rumor de que en España se ha firmado la paz, y a Mercurio que lo reconforta con la noticia de la declaración de guerra solemnemente notificada en Burgos. El mensajero de los dioses ensarta toda la historia de la reyerta francoespañola con el advenimiento de Carlos V. Para aligerar la monotonía de esta exposición política, Mercurio pide permiso a Caronte para interrogar a las almas que pasan por allí, ya para embarcarse a la galera infernal, ya para subir la montaña prometida a los bienaventurados, y estos interrogatorios serán interludios morales que reflejan el pensamiento de su autor, entre los que se ven la cuestión del gobierno de los pueblos, basado en la Institutio principis christiani, cuyo tema fundamental es que el príncipe reina para servir al pueblo, no para servirse de él. Presenta al Emperador como el que hará una total reforma de la comunidad cristiana, de acuerdo con las ideas erasmistas. El Emperador, para Valdés, es quien ha de encauzar y dirigir a la Cristiandad, la encarnación de la idea de un príncipe político cristiano que ya definió Erasmo; un monarca que supiera instaurar, sin sangre, sin terrores, la monarquía universal cristiana.

Querela pacis o Demanda de paz, una de las últimas obras de Erasmo, donde manifiesta su espíritu de tolerancia y paz, cuando llega a discutir con Lutero de lo esencial, en torno al tema del “libre albedrío” y se encuentra con una discrepancia radical, un auténtico diálogo de sordos. (Valverde, J.Mª., 1984, pp. 559 y ss.; Blanco Aguinaga, Carlos et al., 1978, 198 y ss.).

[22] . Pax et unanimitas , que traducido significa Paz y concordia o armonía, podría ser el lema erasmista. Defensor de una religiosidad pura y escueta, desprovista de ceremonias exteriores y de hipocresías, Erasmo propugnaba, simplemente, la secularización del cristianismo, un humanismo tan clásico como cristiano, que sirviera, al propio tiempo, para llevar a cabo una auténtica reforma política y social, conducente, en fin, a la construcción de un estado universal y pacífico. (Valverde, José María, 1984, págs. 556 y ss.; Blanco Aguinaga, Carlos et al., 1978, págs. 198 y ss.).

[23] . Sucesor de los califas fatimíes (969-1171), que no reconocieron la autoridad de los califas abásidas (anticalifas). Todas las dinastías menores en el Mogreb se sometieron a los fatimíes (909-972), que reivindicaron la soberanía sobre los creyentes invocando su descendencia de Fátima, hija del Profeta, y lograron conquistar Egipto en 969. (Kinder H. y Hilgemann,W., Atlas histórico, 1972, p. 143).

Saladino derrotó en Hattin al rey de Jerusalén (1187) y consiguió que la guardia turca de los mamelucos paulatinamente adquirieran mayor influencia en el Islam hasta rechazar en 1260 la invasión mongola de Egipto, con lo que el Kanato mongol de Il, fundado tras la conquista de Persia por Halagu (1251-65), con la destrucción de Bagdad (1258), la aniquilación del califato abásida y la toma de Alepo y Damasco, no lograra rebasar la línea del Eufrates; h. 1300 el norte de África se hallará ya muy islamizado, iniciándose la fusión de los mongoles con la población autóctona. (Kinder H. y Hilgemann,W., ibídem, 172, p. 185).

Tras las conquistas de Gengis Kan se reanuda el comercio intercontinental (ruta de la seda, esmaltes, tapices); posteriormente se inician intercambios con Occidente por medio de Génova y Venecia. Anterior al Kanato de Il, Kublai conquistó toda China; además de gran Kan (1260-94) se proclama Emperador de los chinos; estableció su corte en Pekín en 1275 y acoge a Marco Polo (1254-1324) quien viajó a través de China para preparar un plan económico por encargo del mismo Kublai. El relato de sus viajes, Libro de las maravillas, determina la imagen geográfica y política de Asia entre los europeos, durante los siglos XIV y XV (Kinder H. y Hilgemann,W., ibídem, p.219).

[24] . Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, orden militar cuyo nombre completo es Soberana Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Su función inicial fue proteger un hospital construido en Jerusalén antes de las Cruzadas; durante un corto periodo, sus miembros fueron llamados Hospitalarios o Caballeros Hospitalarios. La Orden fue fundada después de la formación del reino latino de Jerusalén, aprobado por el papa Pascual II en 1113 y confirmado por el papa Eugenio III en 1153. Los hermanos prestaban juramento de pobreza, obediencia y castidad, y se comprometían a ayudar en la defensa de Jerusalén. Su primer jefe, Gerard, era llamado rector; los siguientes, recibieron el nombre de grandes maestres. Por motivos de necesidad, en la Orden primó la actividad militar, en la que todos los caballeros armados eran de origen noble. Formaron una comunidad que se guiaba por la Regla de san Agustín. En un principio se dedicaron al cuidado de los peregrinos y de los cruzados, hasta que, debido al fracaso del reino latino, tuvieron que abandonar Tierra Santa. (Encarta, 2000).

[25]. Imperio Bizantino, parte oriental del Imperio romano que sobrevivió a la caída del Imperio de Occidente en el siglo V d.C., su capital fue Constantinopla (la actual Estambul, en Turquía) y su duración se prolongó hasta la toma de ésta por los otomanos en 1453.

Constantinopla se convirtió en la capital del Imperio romano de Oriente en el 330, después de que Constantino I el Grande, el primer emperador cristiano, la fundara en el lugar de la antigua ciudad de Bizancio, dándole su propio nombre. De forma gradual la desarrolló hasta convertirla en una verdadera capital de las provincias romanas orientales, es decir, aquellas áreas del Imperio localizadas al sureste de Europa, suroeste de Asia y en la parte noreste de África, que también incluían los actuales países de la península Balcánica, Turquía occidental, Siria, Jordania, Israel, Líbano, Chipre, Egipto y la zona más oriental de Libia. Los investigadores lo han llamado Imperio bizantino según el antiguo nombre de su capital, Bizancio, o también el Imperio romano de Oriente, pero para los coetáneos, y en la terminología oficial de la época, era simplemente Roma y sus ciudadanos eran romanos (en griego, rhomaioi). El griego era la lengua principal, aunque algunos habitantes hablaban latín, copto, sirio, armenio y otras lenguas locales a lo largo de su historia (330-1453). Sus emperadores consideraron los límites geográficos del Imperio romano como los suyos propios y buscaron en Roma sus tradiciones, sus símbolos y sus instituciones. El Imperio, regido por un emperador (en griego, basileus) sin una constitución formal, lentamente formó una síntesis a partir de las instituciones tardorromanas, del cristianismo ortodoxo y de la cultura y lengua griegas. (Encarta, 2000).

[26]. La conquista de Granada supuso un esfuerzo bélico de 10 años; movilizó una masa de capitales puestos en funcionamiento para realizar esta empresa de más de 5 millones de ducados en gastos directos. Con la repoblación de la zona, quedó configura plenamente Andalucía.

El emirato de Granada desde su constitución formal entre 1232 y 1247, era la última de las grandes fronteras medievales entre el Islam y Occidente en la península Ibérica. (LAREDO QUESADA, M.A.,1988, p. 303 y ss.).

[27] . Nace en Cuenca hacia finales del XV y parece que estudió en Alcalá. Entró joven en la Cancillería Real al servicio de Gattinara y llegó, en 1526, a Secretario y latinista oficial del Emperador. Actuó de parte del emperador como uno de los principales intermediarios con los protestantes en la Dieta de Augsburgo (1530), y tuvo conversaciones con Melanchton. Asistió más tarde a la Dieta de Ratisbona y fue nombrado Archivero de Nápoles, cargo que no llegó a desempeñar, porque murió de la peste en Viena en 1532. (Alborg, J.L., 1979, págs. 707 y ss.).

[28] .“¿Para qué pensáis vos que da ell otro a entender que una imagen de madera va a sacar cautivos y que quando vuelve vuelve toda sudando, sino para atraer el simple vulgo a que offrescan a aquella imagen cosas de que él después se puede aprovechar?... Y desta manera os dan otros a entender que si hazéis decir tantas missas, con tantas candelas, a la segunda angustia hallaréis lo que perdiéredes o perdistes... en esta misma cuenta entran las nóminas que traéis al quello para no morir en fuego ni en agua, ni a manos de enemigos, y encantos, o ensalmos que llama el vulgo, hechos a hombres y a bestias... ¿Queréis ver otra semejante gentilidad, no menos clara que ésta? Mirad cómo havemos repartido entre nuestros santos los oficios que tenían los dioses de los gentiles.En lugar del dios Mars, han sucedido Sanctiago y Sanct Jorge; en lugar de Neptumo, Sanct Elmo; en lugar de Baco, Sanct Martín; en lugar de Eolo, Santa Bárbola; en lugar de Venus, la Madalena El cargo de Esculapio havemos repartido entre muchos: Sanct Cosme y Sanct Damián tienen cargo de las enfermedades comunes; Sanct Roque y Sanct Sebastián, de la pestilencia; Sancta Lucía, de los ojos; Sancta Polonia, de los dientes; Sancta Águeda, de las tetas; y por otra parte, Sanct Antonio y Sanct Aloy, de las bestias; Sanct Simón y Judas, de los falsos testimonios; Sanct Blas de los que estornudan.... Y de aquí viene que piensan otros, porque rezan un montón de salmos o manadas de rosarios, otros porque traen un hábito de la Merced, otros porque no comen carne los miércoles, porque se visten de azul o naranjado, que ya no les falta nada para ser buenos cristianos, teniendo por otra parte su invidia y su rencor y su avaricia y su ambición y otros vicios semejantes, tan enteros, como si nunca oyessen decir qué cosa es ser cristiano” (Alfonso de Valdés (1928): Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, ed. de José F. Montesinos, “Clásicos Castellanos”, Madrid.).

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